|
Casandra tiene nombre de actriz de telenovela, su tía
Isabel se gozó enteritos treinta capítulos de la misma en una viaje que hizo a
Colombia, y de allá le trajo el nombre.
Mi amiga jinetera se levanta todas la mañanas pensando
que será éste su gran día, sueña despierta que hoy conocerá al hombre rico que
la sacará del solar y de su podrida miseria. El tun tun de sus caderas deja miradas al paso: ese
shorcito que ella se pone le marca hasta el intestino, y la blusa transparente
como sus mismas intenciones, se le pega al cuerpo y la hace sudar. Lleva unas
sandalias cruzadas hasta las rodillas, las manos llenas de anillos, cada uno de
una persona diferente, de una promesa distinta.
De momento se conforma pues hubo buena noche, pero está
loca por sentenciar a una presa que le asegure los zapatos blancos de tacón que
acaba de ver en la calle 12. A veces aún sin un kilo arriba entra a las tiendas
a oler lo que un día comprará, como cualquier española o francesa o italiana.
La muy inconsciente piensa que afuera el maní cae del cielo y los dólares son
moneda fácil. Sueña con los perfumes de Gucci, Armani, con ponerse ropas de
alta costura y se pasea como una actriz desubicada, pero orgullosa de su última
película.
Va dispuesta calle abajo, buscando la Rampa y el Malecón;
merodea por los hoteles huyendo de los hombres de azul. A Casandra no le gusta
buscar extranjeros en las discotecas; esas relaciones suelen ser temporales,
durando lo que duran sólo las vacaciones, ya que el extranjero suele salir en
retirada después sin dejar huella. Pero las relaciones sustanciosas son la que
acontecen y se “manufacturan” en la parada de la guagua, en una cabina de
teléfonos, en un parque, o visitando las casas de alquiler, presentándose como
amiga de la familia - previo consentimiento de la misma, claro está -, y previo
regalito. Este último tipo de acercamientos son los perfectos, pues la presa no
advierte interés y todo queda como el más casual de los encuentros y la más
auténtica de las amistades.
Llegando a 23 y O, Casandra ve lo que quiere; para allá
va con mente fría y corazón caliente. Está para lo que está y se llama Dólar.
Alguna vez le han dicho que no tienes escrúpulos; ella
dice:
-No tengo escrúpulos, verdad, no los tengo pero quiero
irme y es la única salida que encuentro. Me gusta el baro, porque eso engaña mi
añorada felicidad. ¿Engaño a alguien?, sí, lo hago, y lo siento, pero lo hago.
El extranjero es mi tabla de salvación, mi esperanza más fiel. Los hombres con
los que tengo sexo son dueños de mis posibilidades y yo callada pongo mi
destino en sus manos, y así las horas se vuelven frescas con la llegada del
amanecer.
A pesar de todo, ella no soporta los besos; las manos le
saben a piel de otra, se envuelve en halagos que no siente y no para de mentir
como una descosida... Sí mi amor, eres el único, el mejor hombre que he
conocido, como tú nadie, - mientras un dolor en el vientre le da arcadas, pero
piensa en los zapatos que se va a comprar y en los antibióticos para la mamá,
cierra los ojos y actúa interpretando un guión majestuoso pero seguro
fácilmente arrinconable.
Martín es el viajero. Visita Cuba porque ya todos sus
amigos lo han hecho y está ansioso por conocer de primera mano si es cierto o
no la fama de las jineteras cubanas. Él es ingeniero de caminos, pero al ser
soltero y vivir aún con su madre, si le miras la forma de vestir, te parece
medio paleto, aunque está muy lejos de serlo. Caminaba con su maletín de Guamá
y unos corazones rojos, cruzado de lado a lado diciendo sin decir, a gritos,
“Soy extranjero, vengan a mí”.
Vive en Zamora capital, y de España, en este viaje, sólo
ha extrañado la comida. El clima le gusta porque le da seguridad en sí mismo.
Allá en Zamora, cuando hacía frío, su carácter se resquebrajaba de hoy para
mañana; es un tipo débil en ese sentido.
Martín no se enamora fácil; ha tenido varias
oportunidades y en sus cincuenta años sólo amó a una mujer. En Cuba es cómodo.
Se hace fácil engañarse a sí mismo pensando que la cubana lo adora como a un
Dios. Sabe cierto que para ella sólo es un número más en la lista y este amor
improvisado es como un contrato, un “tu me das yo te doy y ninguno
preguntamos”...
De esta forma, el susodicho pasa veintiún días en La
Habana, montado arriba de la ola, y paseando de la mano como un quinceañero,
una preciosa mujer a su lado, sumiso en la más profunda de las mentiras pero
feliz de vivir esa quimera.
El día del adiós, a dos metros del control de la Aduana,
él cree oír de ella un “te quiero” susurrante, que le hincha el pecho; se
enriquece de un imaginario metal precioso, y en el vuelo, vuela de verdad, pero
dentro de sí mismo.
En España los días se hacen eternos, la rutina lo mata,
su madre lo obstina, la soledad y la ausencia de una bonita mentira le golpean
el cerebro. La echa de menos, la extraña como una fuerza subliminal; como
huracán de categoría cinco se plantó en su vida y Casandra no se va. Intenta
borrarla del pensamiento, de su cama vacía, poniendo color a lo que antes no
tenía, pero sin ella, sigue siendo al final una vida en blanco y negro.
A los tres meses Martín viaja a La Habana; va a buscarla
y no está. Se pasa cuatro horas esperándola fuera del solar donde la recogió
tantas veces... Se convence que ya es otro carro el que aparca, un chofer diferente,
un hombre diferente, una Casandra diferente... está viviendo el siguiente
numero de su lista, y no es él.
Ni siquiera se acerca. Es muy duro ver a tu “linda
mentira” besarse con otro, dejarse tocar por otro... es muy duro mirar.
Casandra
se casó con un alemán al año de suceder esto. Vive actualmente en Alemania, se
divorció y es bailarina en una discoteca. Martín no supo más de ella; sigue
solo, aunque la recuerda siempre. |