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Al fallecer mi suegra me tocó a mi la triste labor de
recoger sus cosas.
Insegura y confusa, en un minuto me vi rodeada de sus
pertenencias personales, cajones llenos de fotos, de papeles, y lo más
llamativo de todo era con qué meticulosidad había guardado año tras año las tan
preciadas tarjeticas del Día de la Madre; no faltó un año, no faltó un vecino
cercano al que no le dedicara feliz día. 
Con cuánto detalle ella guardaba en sus nylon las citadas
postalitas, muchas de ellas repetidas en la imagen pero diferentes en si por la
dedicatoria.
Cada vez que abría un sobre me sentía invasora de su
intimidad, y es que ella lo guardaba todo; aquello que le supusiera sentimiento
lo atesoraba: las notas de colegios de los hijos, las felicitaciones de
cumpleaños, las largas cartas de la familia del norte, en fin, esa extensa
colección de fotos que suman toda una vida y su trayectoria.
Mi suegra cubana, matancera, fue sensible, noble, madre
por encima de todo. Crió a dos hijos quedándose viuda muy joven. Jamás vi unos
hijos tan atentos con la madre, jamás vi tanto apego; un amor en silencio a
veces porque ella era muy cohibida y tímida. Fue una mujer penosa, callada,
pero de esas mujeres que se recuerdan como amiga inigualable, de las que se
visita después de los años y siguen siendo las mismas y te siguen tratando
igual.
Mi suegrita, aún muerta, vive dentro de nosotros pues
todo lo que tengo me recuerda a ella; tengo a su hijo y a su Cuba, tengo la
herencia de su última semana, cuando nos sentábamos en la entrada de la casa a
hablar hasta las tantas de la noche.
Si alguna vez por los lazos de esta inexplicable
existencia ella me pudiera sentir, me acomodaría a su lado como tantas veces y
le diría todo aquello que nunca le dije, porque a veces uno ve las
circunstancias tan evidentes que piensa que son así por naturaleza y que todo
nos lo merecemos, y no es así: el cariño viene en pomo pequeño, y no es fácil
que exista de forma sincera. ¡Cuánta alegría me regalaste, y de que manera....!
Me abriste tu casa de 30 metros cuadrados, dejaste la puerta abierta y me diste
en la mano, Caridad, la llave para aprender de los demás, un día sí y otro
también.
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Si te volviera a ver,
por monumento mis ojitos,
mis pies nuevos en tu paseo,
aquel veinticinco de marzo
pariste entregada
un porvenir incierto.
De parques todas mis huellas,
en la azotea de tender,
decisiones y respeto crónico,
espacio de confidencias ciegas.
Entre casas nuevas, vigas, madera,
la vega y el ganado
en silencios de calidad,
y campos de clorofila transparente.
Tus manos, dueñas del tiempo,
llenos y pausados los pasos,
sin cuentas pendientes, fiel,
orgullosa de tu espacio,
triunfas y la vida, mira...
porque te has ido sin despedirte.
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