Click for Havana, Cuba Forecast
RSS Feeds
Sanidad
Morgue

Hace más de veinte años, mientras cursaba la carrera de medicina, fui alumno ayudante en la especialidad de Anatomía Patológica. Pasé muchas horas metido en la morgue de un antiguo y quebrantado hospital en medio de la Ciudad de La Habana.

Me gustaba y me gusta esa especialidad. Me permitía investigar, cortar, y bucear en las entrañas de otros cuerpos. Soy un tipo muy curioso.

Se creaba cierto espíritu de camaradería entre el médico y el eviscerador. Había gente muy buena entre ellos, pero la mayoría eran dados a beber de manera despiadada. Creo que era una forma de ahogar las horas entre aquellas paredes de colores imprecisos e inmersos en un hedor nauseabundo.


Yo aprovechaba los domingos para mis incursiones al lado menos atractivo de la muerte, la morgue.

Estaba en un enorme pabellón, el “Ciro Redondo”. Vetusto y arcaico se alzaba a la izquierda de la entrada al hospital. Llegabas a el a través de unas estrechas callejuelas salpicadas de baches y jardines abandonados.

Accedías al pabellón por una amplia escalera de mármol blanco. Como a un palacio, entonces ésta se abría a un portal de baldosas de granito, y allí estaba el enorme portón, pesado, resistente, con más de un siglo.

Atraviesas un largo pasillo y al final, a un lado, está la morgue. Unos metros antes se auto anunciaba con sus hedores de mierda, muerte, y abandono.

---¿Cómo anda la cosa, Víctor?--pregunto a modo de saludo.
De antemano sabía la respuesta del negro:

--Ahí tirando--mientras serraba un cráneo senil colocado encima de un zócalo de madera, como al descuido. Sin máscaras, sin espejuelos de protección, sin bata. Sólo cubriendo sus manos con unos desastrosos guantes de látex, agujereados, manidos.

-- ¿Hay muchos más?--vuelvo a preguntar.
--Cinco, doctor, pero sin lucha. Yo voy a mi paso.
---¿Y por qué tantos, negro?

---No ve el invierno que hay, doctor. Lo mata como moscas. Y no hay relleno. El aserrín que había para la semana entera se acabó hace tres días. Les estoy metiendo de todo lo que parezca: íntimas, papeles viejos, zapatos, tela podrida, guata. Ná, lo que aparezca...

Y sigue desguazando. Ahora toma el costótomo y corta las costillas. Sabe lo que hace. Los huesos se quiebran, como ramas secas. Es el sonido, crac, crac, crac....Muy familiar para mis oídos.

Extrae limpiamente el bloque cardio pulmonar. Es una labor tediosa, rutinaria. Con la mano ensangrentada toma de un estante próximo una botella que contiene ron. Se da un trago largo, hace una mueca con los labios y la vuelve a colocar en su sitio.

Debe trabajar rápido. Hay cinco cadáveres en la nevera, pero puede llenarse a lo largo del día.

No lo entrego más y me voy a la oficina. Organizo mi exigua taquilla. Saco un libro de anatomía humana y lo coloco bajo mi brazo izquierdo, también me pongo un par de guantes. Cierro con llave y regreso y a la morgue.

Ha comenzado el segundo cadáver. Está medio borracho. Se balancea. Canturrea. Es una vieja tonada. La mesa tiene los desagües tupidos y la mierda, la sangre y los intestinos sobrenadan en un líquido de color impreciso. Hay mucha peste. Al principio me provocaba náuseas, ya no. Estoy saturado.

Eso que solemos llamar acostumbramiento no es más que saturación. La vida es una continua saturación. Eso es curtirse. Me he curtido en medio de la mierda, la muerte y los excrementos.

Tocan a la puerta. No hay timbre a la entrada del pabellón por que se oyen unos sonoros golpes propinados por un objeto duro contra la madera del grueso portón. Los oigo. Le hago señas a Víctor de que iré a ver quién es. No quiero que lo vean tambaleante, borracho.

Cuando abro la puerta, no sin cierta dificultad, pues hay que halarla desde dentro y no hay picaporte. Sólo un pedazo de alambre de cobre. Grueso.

Es una señora de mediana edad, muy elegante y atildada.
--Buenos días, ¿es usted el médico?

--Casi, señora. El jefe de la guardia está en una diligencia, pero soy estudiante de medicina ¿Puedo ayudarle en algo?

Me mira con expresión dubitativa. Piensa, duda, pero al final se decide.

---Es que mi madre murió esta mañana y quería saber si ya la tiene lista. Somos del campo. De San Antonio de los Baños, y la tirada hasta allá es larga.

---¿Cómo se llama su madre, señora?

---Arcadia Ramírez

--Espere usted. Enseguida le digo.

Hago el camino de vuelta y me encuentro al negro dormitando encima de la anciana que descuartizaba hace unos momentos. La cabeza contra la cara de la muerta y un brazo lanzado, al descuido, por encima de sus ajados pechos.

--¡Cojones, Víctor, despierta compadre!

Da un salto. Se me queda mirando con una expresión ausente. Sus ojos inyectados en sangre carecen de una expresión definida.

--Disculpe, doctor, disculpe. No vaya a decirle nada a Marañón.

--No compadre, no voy a chivatearte, pero ponte para esto. Hay una señora allá fuera que pregunta por una fallecida, una tal Arcadia Ramírez.

---Mira ahí en el registro de la morgue. Porque yo abro y abro, pero no me sé los nombres de ninguno. Lo mío es meter caña y ya....

Busco en un grueso tomo de hojas salpicadas de sangre. Arcadia, le corresponde el número cuatro. Entonces es la que está terminando ahora.

--Oye acaba con eso rápido. Rellena y cierra. Está la familia ahí y son del campo.

---Ya casi está lista. Le metí buen relleno. Oscar me trajo toda la mierda que encontró en el basurero del hospital y va premiada. Mira, hasta cogió unas libritas de más. Hasta barriguita echó después de muerta...

Y ríe. Es una carcajada amplia.

No me gusta eso. Soporto la peste, la mierda, el desgaste de este trabajo, pero no esos juegos macabros. Si hay que meter trapos en el interior de un cadáver se hace porque no hay otra solución, se hace, pero sin darle al asunto mayor trascendencia.

Le doy la espalda.

Al rato llega la funeraria. Los que la trasladan para introducirla en el ataúd no conciben que una anciana tan delgada pueda pesar tanto. Resoplan, se quejan, pero terminan por colocarla en el interior de una pobre caja de pino, forrada con una delgada tela de color gris. Se ve rasgada, en algunos sitios.

Los órganos de la fallecida reposan en el interior de dos cubos viejos, de aluminio. En la enorme nevera que alberga muchos cubos más. Ahora son dos cubos con un número atado a sus asas, el 1251. Sino quitan la luz habrá tiempo para dedicarse a ellos y anotar los hallazgos. Si nos dejan sin fluido eléctrico lo más probable es que se pudran y sean pasto fácil para las auras tiñosas que merodean por el patio del hospital.

En otros países, en algunos, los patios de los hospitales están adornados por majestuosas plantas decorativas y los habitan palomas. En el nuestro, en nuestro hospital, construido hace más de un siglo por unos emprendedores asturianos, hay enormes patios cubiertos por densa maleza done habitan toda clase de bichos, incluidas esas aves de color negro y que son de rapiña.

En unas horas, quizás mañana, enterrarán a la vieja rellena de objetos inútiles. Pero en esos momentos no pensaba en eso, sino en destripar cuanto antes aquellos órganos y sacar algún partido de ellos, tomar algunas anotaciones, antes que fuera tarde. Antes de que quitaran la luz.

Comentario[s]

Escribe tu comentario
Si lo que deseas es hacer una pregunta, por favor hazlo en el foro o en gestoría
Nombre:
Título:
BBCode:Web AddressEmail AddressBold TextItalic TextUnderlined TextQuoteCodeOpen ListList ItemClose List
Comentario:



Código de seguridad
Entre código de seguridad:

Miércoles, 02 de Febrero del 2005
© Copyright
Conexión Cubana no tiene porque compartir las opiniones expresadas en estos escritos. Esta web se considera un espacio libre para que todo aquel que lo desee exprese sus opiniones, sin limitación de ideologías u otros aspectos. Por tanto, todo lo expresado aquí es total responsabilidad del propio autor.
A pesar de que mucha de la información que figura en esta sección ha sido enviada directamente por sus autores, reconocemos públicamente que unos pocos artículos que figuran en esta sección, son extraídos directamente desde Internet. Nuestra intención solo consiste en dar a conocer las diferentes opiniones sobre Cuba y su entorno. Por todo ello, queremos hacer saber a los autores de los artículos, que si no están de acuerdo en aparecer en Conexión Cubana, nos lo hagan saber al correo electrónico info@conexioncubana.net y procederemos a retirarlo de nuestra web. También recibiremos con sumo placer la autoría de los mismos con el fin de hacer figurar sus datos en esta página web.


Conexión Cubana