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Página 1 de 8 Una guagua es una enorme caja rectangular y por lo general metálica que descansa
sobre seis ruedas, casi siempre cuatro detrás y dos en la parte delantera que
sirven para doblar. Tiene mucha semejanza con una jaula aunque no lo es, posee
unas ventanillas que algunas veces van provistas de cristales y otras veces no.Las ventanillas tienen sus usos exclusivos, sirven para que la gente disfrute el
panorama exterior cuando viaja dentro de ellas, para que se sirvan del aire que
alimenta su interior cuando viajan en un clima asfixiante, para que la gente que
va sentada se burle de la gente que no puede abordar la guagua en determinada
parada, para que los que se encuentran sentados se hagan los guillados y no le
ofrezcan el asiento a una mujer embarazada, para que los ladrones le arrebaten
una cadena de oro del cuello a uno de los viajantes, sirven también para que le
roben la gorra a cualquier pasajero sentado en lo que arranca la guagua, en fin,
sirven también para dedicarle un piropo a una de esas mujeres con un desarrollo
fenomenal de sus glúteos o simplemente para gritar groserías. Sus usos han
cambiado con los tiempos y actualmente el más importante es, que la ventana
sirve también para entrar en la guagua. 
Antiguamente tenían dos puertas de donde
colgaban como guirnaldas multicolores pantalones y sayas, luego los colores se
redujeron y aumentaron otra puerta, pero la guirnalda se mantenía. Las guaguas
que fueron de producción nacional, contaban con un sistema de regadío interior
en tiempos de lluvia para complacer a los pocos viajeros que transportaban
plantas, en su defecto y en tiempos de sequía, poseían unos enormes agujeros en
el piso que mantenían en contacto al viajero con la tierra. Las personas que se
encontraban muy cercanos a los guardafangos, disfrutaban de una justa y
agradable cuota de polvo. En no pocas oportunidades había que sortear los huecos
experimentados en el piso, de la misma manera que los soldados las minas durante
la guerra, por tal razón nuestra gente se encuentra en óptimas condiciones
combativas.
Las guaguas tenían infinidad de usos
independientes al principal para la que fueron concebidas, por ejemplo, podía
considerarse como un centro de trabajo, a ellas asistían diariamente los
"carteristas" para realizar sus faenas. Muy bien podía interpretarse como un
centro de satisfacción sexual, no olvidemos a nuestros destacados "jamoneros".
La guagua era usada como un centro de recreación, no podemos pasar por alto
aquella época donde comenzaron a distribuirse los radios rusos Zelena y VEF por
méritos laborales. Cada quién abordaba una de nuestras guaguas exhibiendo
aquellos radios (novedad del tiempo), con diferentes emisoras sintonizadas a
todo volumen y el ganador era aquel que tuviera las pilas más nuevas. Solo se
observaba coincidencia a la hora del programa "Nocturno". La guagua le rompía el
luto a cualquiera.
Una guagua va conducida generalmente por una
persona sin nombre y a la que todos conocen por guagüero, antiguamente eran
seres conocidos y algunos admirados por la población, basta recordar a los que
realizaban sus recorridos en horarios matutinos. Muchos trabajadores les
llevaban su buchito de café en pomitos de los empleados para envasar benadrilina
en ausencia de termos (artículo de lujo durante muchos años). Recuerdo a uno
guagüero del reparto Párraga al que todos conocían como "bigote", poseía un
aspecto agresivo tremendo por las dimensiones de su bigote y sin embargo era una
persona muy servicial y social con los pasajeros.
Por razones inexplicables que surgieron con el
sistema de la "dictadura del proletariado", aquellos guagüeros se fueron
convirtiendo en enemigos acérrimos del pueblo, impusieron sus reglas
incomprensibles para los que llevaban horas haciendo sus colas en las paradas,
como aquella de llevar en el asiento detrás del suyo a "jevas" excluidas de
hacer colas, parar donde les diera la gana, romper las guaguas donde les
conviniera y hasta ofender al pasaje. Aquellos seres carentes de nombres propios
rompieron todos los records mundiales de personas a los que les mentaran la
madre en pocas horas, por lo general y de acuerdo al criterio popular, todos
eran hijos de mujeres que dedicaron su vida al negocio de la prostitución. El
"Camello" es una aberración clonizada de aquello que una vez se llamó guagua,
por lo tanto, el camellero debe ser mucho peor que el guagüero por ley natural
de la vida.
En el caso de las guaguas con servicio
interprovincial son otros cantares, pero guaguas al fin y al cabo tienen sus
historias y guagüeros. Aquí el guagüero solía usar una camisa blanca y una
corbatica que lo distinguía del algo vulgar conductor de nuestros barrios. Un
buen guagüero interprovincial para darse a respetar, debía poseer una buena jeva
como querida en cualquiera de los pueblos donde realizaba sus viajes. En
términos generales, el primer asiento era el trono de aquella hembra y o en su
defecto de la próxima víctima a conquistar. No por poseer corbatica los
guagüeros interprovinciales se distinguieron mucho de nuestros queridos chóferes
del barrio.
Los viajes interprovinciales tenían también
sus encantos. Me vi en innumerables oportunidades a realizar esos viajes hacia
diferentes puertos del país. Para los marinos significaban en oportunidades un
sacrificio, casi siempre nos bajábamos en todas las terminales y no nos
separábamos del espacio dedicado al equipaje para evitar que nos robaran. Como
nuestras maletas y maletines eran de procedencia extranjera eran el blanco de
muchos rateros. En lo personal siempre preferí viajar con un maletín llevando el
mínimo indispensable de ropa, pero, hubo situaciones que me obligaron a cargar
con todo. Cuando viajaba con un maletín tampoco lo colocaba en el porta equipaje
que existe encima de cada asiento, por lo general trataba de acomodarlo en el
piso aunque fuera incómodo y de noche me lo ataba con una cuerda a la pierna.
Una situación muy común durante muchos años lo fue; que la policía detuviera un
ómnibus al azar y realizara un sondeo en busca de paquetes con café, en ese
caso, los propietarios colocaban los paquetes en medio del pasillo y luego no
aparecía el dueño de la carga. La policía se los llevaba y sabe Dios cuál era su
posterior destino.
Como quiera que sea, viajar en una guagua
constituye uno de los placeres más grandes que pueda tener una persona, si está
deseosa de encontrarse en contacto directo con el mundo que le rodea, porque una
guagua es la suma de todos los mundos guardados en su interior. Es uno de los
pocos sitios donde no existe diferencia de clases, solo por los intervalos de
tiempo que dura un viaje, es una guagua, el lugar donde comparten parte de su
destino, seres de las más elevadas culturas con el simple obrero o tal vez con
una prostituta. El roce accidental o intencional de dos cuerpos separados
solamente por el grueso de dos telas, allí no es condenable y fuera de ella es
pecaminoso y hasta peligroso. Dentro de una guagua surgen amistades espontáneas
con duraciones muy cortas, unas veces se extienden más allá de sus fronteras. Es
un sitio muy seleccionado para las conquistas amorosas cuando existe
coincidencia de horarios. Se disfruta de las jaranas inoportunas, dicharachos de
moda, grandes peleas provocadas por un simple empujón, intercambios de miradas
provocativas que en oportunidades desvisten a una buena hembra. Viajando en una
guagua se miran decenas de rostros que ocultan el verdadero mundo interior de
cada persona, se respiran todo tipo de olores y hasta se intercambian nuestros
sudores. El mundo de una guagua es misterioso, porque desaparece tan pronto se
baja la escalerilla y se regresa al contacto con el verdadero, el de las
desilusiones, esperanzas, sueños, ambiciones, tristeza que muchos prefieren no
compartir y alegrías que guardamos con espantoso egoísmo.
Los viajes en estas enormes jaulas
contaminantes es una experiencia a la que nunca he renunciado, hablar de todos
los casos insólitos que uno vivió en ellas roza los límites de la credibilidad y
obligarían a dedicarles un libro.
Viajando en una ruta 31 desde Santiago de Las
Vegas hacia La Víbora y a la altura de la calzada de Bejucal, se siente un
fuerte mal olor. Las miradas acusadoras de varios pasajeros, se dirigieron
inmediatamente a un pobre viejo que viajaba parado en la parte delantera del
mismo. El hombre al darse cuenta de la situación comenzó a protestar alegando
que él no se había tirado ningún "peo". Los jodedores la emprendieron contra
aquel pobre hombre, y al parecer, se proponían realizar el resto del viaje a
costa de él. Entre broma y broma se consumía gran parte del viaje y la peste no
desaparecía. Recuerdo que aquella guagua era una Pegaso de las que fueron
compradas a España. Cuando nadie lo esperaba el chofer detuvo el ómnibus y se
bajó, todos seguíamos sus movimientos con atención y nos mantenía atado a su
figura, el hecho de que en ningún momento se dirigiera a revisar los neumáticos
para comprobar si estaba ponchado, algo muy normal en nuestro país, donde los
chóferes hacían esa inspección dándole patadas a las gomas, como si poseyeran en
sus pies equipos especiales para ello. El tipo recorría con minuciosa
observación la cuneta en busca de algo que no comprendíamos. De buenas a
primeras con alegría reflejada en su rostro, recogió un palito y abordó
nuevamente la guagua mientras permanecíamos víctima de la intriga en todo su
recorrido. Luego, con aquel palito se inclinó muy cerca de su asiento y comenzó
a empujar un mojoncito de unos diez centímetros de largo por dos de diámetros,
lo hacía con la maestría de un jugador de golf tratando de llevarlo hacia la
escalerilla de la guagua. Los que se encontraban cerca del lugar nos iban
narrando todos los acontecimientos de aquella maniobra deportiva hasta que
finalmente y frente a la puerta de la guagua, el hombre le dio el golpe final y
aquel sólido mojoncito cayó en la cuneta. Los que se encontraban cerca de él le
brindaron un fuerte aplauso que luego contagió a toda la guagua.
-¡Cojones! Llevo treinta años de chofer y esta
es la primera vez que me sucede algo como esto.- La gente se echó a reír con
ganas, mientras el pobre viejito al que habían culpado por el peo tomó las
riendas del asunto.
-Y todavía me estaban echando la culpa a mí,
esa fue una mujer porque los hombres no pueden cagar sin orinar al mismo
tiempo.- Las risotadas continuaron y los jodedores seguían echándole leña al
fuego hasta el paradero de La Víbora.
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