Los cubanos viven en La Habana en antiguos palacios que se desmoronan a su alrededor, algunos para subsistir, hasta utilizan alguna habitación para criar un cerdo que le quite el hambre a su familia; fuera de las capitales o en las periferias de ellas, el chabolismo o viejas casas semiderruidas son hogares comunes en Cuba. También, cómo no, hay otra clase de viviendas, para los más favorecidos casas que nos hacen viajar en el tiempo cuarenta o cincuenta años atrás, para los más favorecidos aún, casas perfectas con toda clase de comodidades, para los turistas, magníficos hoteles a las espaldas del mundo real.

A pocos minutos del centro de La Habana, asentamientos de madera y chapa alojan a miles de cubanos que no salen en las estadísticas oficiales. Viven marginados por ser inmigrantes del interior, sin dinero para comer y sin servicios básicos ni ayuda estatal
Lysyelis Garde de la Caridad tiene 10 meses. Su madre Yaimara muestra orgullosa el álbum de fotos que le ha armado, con el rostro de bebé sonriente fundido en playas paradisíacas, iglesias doradas o soles incandescentes. "Las hace alguien de aquí, que tiene una computadora", explica la joven, que ya inició los preparativos para el primer año de la pequeña. Con restos de placas radiográficas ha confeccionado decenas de gorritos de fiesta. "Falta mucho, pero tengo que aprovechar cuando entra algo de dinero", se justifica. Se espera para ese día una gran celebración: la familia Garde es un verdadero clan en el asentamiento San Francisco de Paula, el más grande de La Habana. Padres, tíos, hermanos, hijos y nietos se han establecido allí hace unos 5 años, cuando el cerro, hoy herido de calles serpenteantes, era sólo una maleza impenetrable. A 40 minutos de auto del centro de la capital cubana, el barrio ha crecido sin control bajo torres de alta tensión, a sólo cinco calles de la Finca Vigía que sirvió de residencia al escritor Ernest Hemingway. Unas 2.000 personas viven allí, hacinadas en casas de cartón y chapa que vuelan con cada tornado.

Con la nueva ley de la vivienda desaparecen algunas trabas burocráticas y otras se agilizan. Ya que ahora se puede vender y comprar libremente la casa, un número progresivo de personas acude diariamente a las diferentes entidades encargadas de viabilizar los trámites.
La cola para hacer gestiones en la Dirección Municipal de la Vivienda del municipio habanero de Playa comienza desde las primeras horas de la madrugada. La oficina no abre hasta las ocho y media de la mañana. Hay tiempo suficiente para que los integrantes de la cola se conozcan y conversen sobre sus aflicciones frente a la burocracia.
Muchos son asiduos y han tenido que aprenderse todos los recovecos de la nueva ley de la Propiedad, porque están lidiando con ella. Los que vienen por primera vez a iniciar trámites, escuchan atónitos el tortuoso camino que les espera por recorrer. Los reincidentes se consideran presos de la burocracia, vienen una y otra vez, a veces por lo mismo.
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