
Cidra, Matanzas (PD) - Las críticas formuladas por la disidencia cubana tendientes a desenmascarar a los periodistas oficialistas agobiaron ¡y de qué manera! al señor Luis Báez Hernández, símbolo de la propaganda distorsionadora en Cuba.
Su marcada irritación lo llevó a cometer un gravísimo error: confesar que no es objetivo ni independiente a la hora de informar. El susodicho demostró con sus palabras que es más fiel a los apóstoles del totalitarismo criollo que a su propio pueblo.
Ni a los atrevidos redactores de la primera publicación periodística conocida como "Acta diurna" que en la antigua Roma, por orden de Julio César, colocaban diariamente un boletín en el Foro de esa ciudad se les hubiera ocurrido cometer semejante pifia. Si lo hubiesen hecho, al menos, tenían la ventaja de justificarse porque fueron los iniciadores de esta hermosa aunque difícil profesión que hoy llaman periodismo.
"Yo soy, primero que todo, un revolucionario", señala el veterano Báez, (quien hace tiempo peina canas), en una entrevista que concedió, el pasado 26 de noviembre, al diario oficial Juventud Rebelde. Durante la misma dice que lo más importante que le ha ocurrido en la vida es haber tenido contacto directo con Fidel Castro. El pueblo de Cuba ¿para el que él escribe? está en un segundo o quincuagésimo plano.
Este "mítico ángel" castrista declara que un periodista no tiene que ser "objetivo e independiente". Para él un informador que no se somete a los mandatos de una dictadura, como la existente en la isla, no ejerce cabalmente una profesión que con tanto mérito cultivaron patriotas como José Martí, Juan Gualberto Gómez y Guillermo Cabrera Infante, quienes escribieron con objetividad, independencia y honradez.
No recuerda, al parecer, el ilustre Luis Báez, que fue el apóstol de la independencia cubana, magistral periodista, quien calificó como "estilista cuidadoso e independiente" al comunicador Martín Morúa Delgado cuando éste publicó en La Habana del siglo XIX, La Nueva Era. El Héroe Nacional depositó en él "grandes esperanzas". Así lo manifestó en el periódico Patria el 11 de junio de 1892.
Cuando el señor Báez afirma: "... yo soy castrista de Fidel y de Raúl" no hacen falta más palabras para describir su sumisa parcialidad a la hora de informar. Propagar las opiniones impuestas por un gobierno (dictatorial), eso no es periodismo, sino propaganda. Tanto esta última, como la publicidad, son parientes pero no hermanas de la profesión que ha intentado ejercer el señor Luis Báez.
Según manifestó la periodista norteamericana Deborah Potter (Directora Ejecutiva, 2006, del Newslab) "... el periodismo es algo más que la distribución de una información basada en hechos", ya que la propaganda también se basa en éstos, aunque los presenta de manera tal que ejercen su influencia sobre la opinión de la gente.
Por su parte, la publicidad, como aseguró la misma periodista estadounidense, nos muestra sólo una parte de los hechos y excluye lo que "pudiera dar una imagen negativa" del medio, institución, partido, o gobierno que se representa. A eso se le llama falsificar la realidad y por consiguiente es mentirle al lector.
Cuando Luis Báez señala que él es un ciudadano normal, se distancia de la verdad porque una persona tal expresa lo que piensa, lo que percibe de la realidad, y no lo que les imponen otros, esos que lo utilizan y toleran mientras le sea fiel como empleado. El día que incumpla las órdenes de su gerente recibirá una ¿merecida? patada en el trasero e incrementará la fila de los desempleados.
Así las cosas ¿podrá alguien creer en alguna información suministrada por éste sujeto que ignora los criterios y necesidades de la comunidad para ganarse el favor de una caprichosa corte marxista? Por supuesto que no. Un periodista es creíble cuando ama a su pueblo, por encima de todo (y de todos) y defiende e informa la verdad sin parcializarse a favor de los gobernantes, quienes muchas veces violan los derechos ciudadanos como sucede en Cuba.
Y es que se nota la decadencia espiritual del señor Báez cuando miente al asegurar que él mismo se censura al no publicar lo que perjudica al régimen. No dice este bufonesco personaje (quien con su postura dramática se gana el desprecio de muchos lectores cubanos) que en la ínsula existe una terrible censura que no es suya: la derivada de las implacables órdenes de los comandantes que se adueñaron del país hace medio siglo. El aludido los aplaude porque les teme.
Coincido plenamente con este vocero del castrismo cuando afirma que para ser periodista hay que ser revolucionario. Todo depende de lo que llamemos revolución, concepto bastante ajeno a lo que existe hoy en Cuba.
Si los periodistas cubanos, a través de la historia nacional, se hubiesen guiado por el disminuido pensamiento de este flamante sietemesino, no hubieran cuestionado el despotismo colonial español del siglo XIX, ni el proceder de algunos gobiernos corruptos y autoritarios que precedieron a la dictadura castrista. Más bien los habrían apoyado.
Pero, gracias a Dios, el pueblo conoció a eminentes periodistas como Guillermo Cabrera Infante quien por su patriótica labor fue encarcelado a inicio de los años cincuenta y, en lo adelante, no pudo firmar más sus trabajos con su propio nombre.
Aunque el señor Luis Báez, muy irritado, confesó, hace pocos días, que no es objetivo ni independiente a la hora de informar, al menos, ha sido el único periodista del oficialismo que desde las mismísimas entrañas del régimen reconoce esa gran verdad. Él dice que muchos jóvenes periodistas no piensan así (es lógico) pero que los respeta, "porque los jóvenes de ahora no tienen las preocupaciones de nosotros". ¡Qué interesante!
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