
En aquellos años cincuenta, comprar un carro no era tan difícil, según escuché a los mayores. A mi entender, era cosa de pagar unas letras, lo que para mí -con pocos años- significaba que con saber el alfabeto y algo de dinero todo estaría resuelto. Algunos viejos cubanos recuerdan el eslogan de la Buick que da título a esta columna.
Todavía recuerdo la palabra "paragüero", un adjetivo que se aplicaba a los choferes poco diestros al conducir. Desde la distancia de casi seis décadas, las bromas sobre los paragüeros de la familia vienen a la mente.
Tuve un primo en Santa Clara que quiso entrar a dar los buenos días a un señor sin bajarse de su Buick, contaban los chistosos de la familia. Resulta que la casa de Pairol quedaba en la calle Tristá a una o dos puertas de la esquina de la calle Lubián y cuando dobló la esquina con el auto en lugar de enderezarlo, continuó y entró directamente en la sala de la casa, interrumpiendo al dueño que leía el periódico. El carro estaba acabado de comprar.
También tuve un tío político, excelente médico, pero no muy diestro en eso de conducir su Chevrolet 56 azul cielo. Demoré años en averiguar el misterio de por qué mi tía Josefa nunca se sentaba en el asiento delantero del automóvil. Siempre mi prima y ella se sentaban detrás. Hasta un día que me enteré por su propia boca, en medio de un jolgorio familiar, de que tenía miedo porque el esposo manejaba tan mal que ella prefería no ver la muerte de cerca.
Después de los años sesenta, con la confiscación estatal de todos los negocios, el fin de las importaciones de automóviles y la prohibición de la compra y venta de autos entre particulares, lo de tener un automóvil adquirió rasgos muy complejos porque, primero, no se importaban autos para venta a particulares y era indispensable la "merced" estatal para poseer uno nuevo. Los pocos autos que entraban al país eran "asignados" por el gobierno a funcionarios, miembros del Partido Comunista, alguna que otra personalidad famosa.
Fueron llegando por marcas. Aparecieron los autos socialistas, los rusos Volga, los checos Skoda, los alemanes Trabant, y los exclusivos Alfa Romeo, italianos, destinados sólo a los altos dirigentes. Después, rodaron los FIATS y los Fords argentinos y los diminutos "polaquitos", de los que todavía quedan algunos por las calles. Mientras los carros estadounidenses sobrevivían, convertidos en Frankesteins rodantes con piezas de todos los orígenes, gracias a la magia de los mecánicos cubanos.
Tener un carro se convirtió en un inalcanzable privilegio, un verdadero símbolo de status social. Poseer un Lada, significaba pertenecer a la Ladocracia. Solamente los mandamases alcanzaban uno. Incluso había niveles dentro de la Ladocracia; recuerdo que tener un Lada "azul ministro" era indicativo del más alto nivel social. En aquellos años 70 y 80, muchas mujeres sucumbían al perfume de la gasolina.
Años después, para adquirir un auto había que recibir la opción de compra del mismísimo Carlos Lage, el ex super vicepresidente, hoy defenestrado. Con el tiempo, ya en los finales de los 90, como extraordinaria prebenda, el gobierno dio la oportunidad de comprar autos a los artistas, músicos y deportistas famosos, etc. Pero el pueblo siguió a pie.
Llegó el momento en que mi primo, ya fallecido, entonces viviendo en Marianao, no pudo usar más su Buick verde, que se hizo pedazos parqueado en la puerta de su casa, por falta de piezas de repuesto y el alto precio de los remiendos y reparaciones. Cuando algún domingo iba a visitarlo, contemplaba con tristeza aquel Buick verde, que se oxidaba, y sentía como si muriera, poco a poco, un miembro querido de la familia.
Así vivimos hasta hace muy poco, cuando autorizaron la compra y venta de autos, todavía con muchas limitaciones.
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