Los conductores habaneros de bicitaxis están poniendo el grito en el cielo, debido a los altos impuestos que deben pagar por una actividad tan útil socialmente, pero con beneficios económicos tan exiguos para quienes la ejercen.

La carga impositiva, dicen, se agrava hasta el colmo cuando se le suman los pagos por una seguridad social cuyas dudosas ventajas no parecen ser de su interés.
Haciendo tabla rasa a la hora de aplicar dogmas político-económicos, el régimen incurre en el soez absurdo de aumentarle las tributaciones para impedir que estos conductores de triciclos a pedal (una tarea parecida a la de mulos carretoneros) se hagan ricos cobrando sus recorridos a cinco pesos en moneda nacional, o sea veinte centavos de dolar.
Son pobres, particularmente brutos, con muy escasa instrucción, la mayoría no alcanza a puntuar –o puntúa a duras penas- el coeficiente de inteligencia de las personas normales. Son parias por lo general. Jóvenes procedentes de las provincias del interior de la Isla, que han encontrado en el oficio de bicitaxistas una disyuntiva para sobrevivir en esta selva de ruinosa mampostería que es La Habana.
Por supuesto que los bicitaxis no son suyos. Las ganancias no les alcanzan para comprarse vehículos propios. Así que otros pobres diablos un tanto más hábiles que ellos se los rentan. Y en tanto dueños, se embolsillan los mayores dividendos.
No es difícil entonces calcular los recursos con que cuentan estos infelices para enriquecerse.
Entre los impuestos, los descuentos para esa entelequia a la que llaman seguridad social, y las mordidas del dueño del triciclo (lastimoso pichón de empresario que ha conseguido comprar cinco o seis vehículos con el objetivo de operar desde la sombra, echándose fresco en la gandinga a su costa), a los bicitaxistas no les queda sino hacer ley del refrán: apretar las nalgas y darle a los pedales.
Luego, para el completo, están la policía y los inspectores estatales. La primera, los asedia por “palestinos” e indocumentados sin residencia fija. Los segundos, atacan a cada minuto, en cada esquina, buscando su tajada por soborno.
Podrán decirme que no constituyen excepción. En modo alguno. Menesterosos, lerdos y aturdidos para carne de cañón de los pillos es lo que más abunda hoy en cualquier parte del mundo. De modo que por mucho que nos aflija, no es para escandalizarse el caso de los bicitaxistas (entre otros) de La Habana.
Lo que escandaliza y revienta el ánimo es la actitud cínica, el engañoso paternalismo y la zafia torpeza del régimen, que a la vez que protege celosamente a los superricos de Atabey y Siboney, inventa a diario nuevas regulaciones para impedir que saquen la cabeza los superpobres del Parque de la Fraternidad. Y luego hay que oírles autoproclamándose representantes del pueblo.
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