
Los muchachos prefieren no casarse. Les resulta complejo y comprometedor. Vivir romances alegres y concubinatos despreocupados se les aviene más con los tiempos que corren, por lo menos en Cuba. El matrimonio, para ellos, se torna engorroso, excesivamente costoso, y sobre todo, poco prometedor si no se contrae con un cónyuge rentable (esto es: extranjero, funcionario, "maceta") no importa edad, creencia religiosa, tendencia política.
Casarse en Cuba es una locura, opina la mayoría. No sólo por los costos de la ceremonia y celebración sino por lo que supone después. Es imposible obtener una casa para vivir con independencia. Es imposible, caso de que se consiga, avituallar una casa con lo mínimo indispensable. Es imposible con la solvencia de los jóvenes, aún graduados universitarios, sostener una casa. Y como dice el viejo refrán: el que se casa, casa quiere. Y si no la puede tener, ¿para qué casarse?
El matrimonio ha dejado de ser el feliz enlace de una pareja amorosa para constituir una familia honorable, para convertirse en una cacería de oportunidades. Ambos sexos tienen como ideal la conquista de un extranjero o extranjera que les propicie la oportunidad de emigrar sin que esa emigración constituya un problema político que les impida el retorno al país, a la vez que los libere de la vida de precariedades en que se hallan sumergidos.
Las relaciones entre los jóvenes ha tomado un cariz irresponsable que convierte el amor, más bien, en un divertimento, un pasatiempo sin lazos fuertes, hasta tanto llegue, no el príncipe azul sino el extranjero dorado, el temba macetú, el pincho grande, o viceversa. El gusto, las afinidades, las normas morales han pasado a un segundo plano.
Esto, claro está, ha aumentado el índice de promiscuidad, de embarazos no deseados, y con ellos el consecuente número de abortos o hijos fuera del matrimonio, con lo que la familia, como punto inicial de toda sociedad, sufre cierto deterioro.
Los padres, aunque preocupados, poco pueden hacer por enmendar una conducta que se ha desvirtuado a consecuencia de la disminución de la autoridad que ellos representan frente a una "autoridad superior" que dicta todas las formas de conducta y desde los primeros años de la vida toma las riendas de la educación de la sociedad.
No es culpa de los jóvenes la vulnerabilidad que padece hoy la pareja, el matrimonio, la familia en la sociedad cubana. Las raíces de esta vulnerabilidad hay que buscarlas en el decursar de una educación más preocupada por el adoctrinamiento -que al final sobresatura, aburre e impele a la ruptura desesperada- que por una formación moral con valores verdaderos.
Martes, 11 de Diciembre del 2001
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