De visita en La Habana, un paisano que reside en Europa decidió cuidar de su salud negándose a beber agua corriente. Me ha dicho que sólo consumirá la que se vende embotellada en las shopping con una etiqueta en la que consta que es agua mineral marca Ciego Montero. No pude contener la carcajada. Y él creyó que me burlaba de su desarraigo, pues aquí únicamente los extranjeros se gastan el chavito en agua mineral. Pero el motivo de mi risa era otro.

En un mercado en el que en que los productos más singulares se adulteran, desde el habano, el aceite de oliva, la viagra el perfume francés, hasta los atributos de los dioses del panteón yoruba, se necesita ser no ya extranjero sino mártir del fideísmo para confiar en la autenticidad del agua mineral embotellada.
Mucho más cuando hasta el gato sabe que esto de dar gato por liebre constituye aquí una tendencia tan vieja como las shopping mismas, algo en lo que no se notan los efectos de esas numerosas campañas que ha llevado a cabo el régimen contra acciones delictivas y actitudes que violan la legalidad.
Lo nuevo en todo caso es que hoy por hoy la tendencia ha devenido norma, sello de identidad que todos reconocemos y criticamos, pero que al parecer a ninguna de las autoridades implicadas le interesa corregir. Como no sea que son muchas y muy influyentes aquellas a quienes les interese que no se corrija.
Para colmo, el desabastecimiento que en los últimos meses ha hecho estragos particularmente notables en las tiendas que comercializan en pesos convertibles, está provocando un punto de clímax en esta epidemia de los falseos.
Mientras más pobre es la oferta, más suplen la carencia en las tiendas con productos falseados. Mientras menos ganan los empleados, debido a que el desabastecimiento limita sus posibilidades con las propinas y otras "búsquedas", más y con mayor indolencia es alterado el precio de la mercancía.
Basta con recorrer un grupo de shopping habaneras para comprobar a simple vista las diferencias en los precios para un mismo producto en tiendas de igual categoría. Es obvio que se debe a lo que aquí llamamos "multas", es decir, impuestos ilegales que los empleados aplican a los artículos.
En los establecimientos de la cadena DITÚ, cafeterías dedicadas a la comercialización de alimentos ligeros y otros productos con precios supuestamente asequibles, las croquetas proceden en aplastante mayoría de fabricantes particulares a quienes los empleados hacen pedidos por la izquierda. De cualquier manera, aún las que proceden originalmente de las empresas elaboradoras del estado, como exige la ley, no constituyen por ello crédito de calidad ni garantizan que sus ingredientes básicos sean los que se anuncian.
En medio de este panorama se comprenderá que sustituir el agua mineral embotellada por agua de la pila o de algún tanque gusarapiento, resulta tan fácil como beberla. Agua por agua, da igual, dirán los falseadores. Lo único que las diferencia son las consecuencias de su ingestión.
Domingo, 10 de Agosto del 2008
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