Escrito por Juan Carlos Linares - Cubanet
Publicado el 05 Noviembre 2011
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Yo te estafo, tú me estafas, él nos estafa. Y todos nos estafamos. Dentro de ese ámbito social transcurre la vida de los cubanos. Estafar al prójimo es la inducción cotidiana de lo natural, más allá del lucro personal. Es el instinto de supervivencia humana.

Olga tiene 75 años. Su pensión mensual es de 117 pesos, equivalentes a 4 dólares 50 centavos. Una mañana fue al mercado agropecuario, pidió a la vendedora una libra de frijoles negros. Mientras la anciana contaba lentamente los diez pesos que costaba el producto, la pesa marcaba tres cuartos de libra. El incidente pasó inadvertido.

Hechos similares se repiten a diario en comercios estatales y privados. Los practicantes activos de estafas son parte inseparable del sistema y no respetan barreras morales ni sentimentales.

El Nene vende gasolina clandestinamente. Su cuñado, que es quien le entrega el combustible, maneja un ómnibus en una empresa estatal. Ambos, para mantener las ganancias, adulteran la gasolina con un petróleo, que compran a 2 pesos el litro. Luego venden la mezcla en 15. Un día compraron una botella de ron Habana Club en una tienda "dolarizada". Se fueron a celebrar, la descorcharon, y con el primer trago exclamaron, casi al unísono:

- ¡Coñoooooooooo, nos estafaron!

No era ron ajeño como anunciaba la etiqueta sino aguardiente casero.

Así coexisten las fuerzas del bien y del mal donde abundan los pillos. Nadie escapa, ni los mismos estafadores. La trampa puede estar en el interior de una caja de tabacos o de cigarrillos; dentro de una lata de cerveza, o una de leche condensada. O tal vez en el frasco de shampoo, detergente, refresco o agua mineral. Decenas de mercancías con marcas registradas son elaboradas o reenvasadas por productores furtivos. Estas mercancías trascienden las fronteras del mercado negro y se introducen en hoteles, restaurantes y cabarets.

Un señor ya entrado en años me contó que llevó su televisor a un taller del estado, ubicado cerca de su casa, para que lo arreglaran. Allí le cambiaron componentes buenos por defectuosos.

- ¡Ahora el equipo está peor! -exclamó.

Después de conversar conmigo durante un tiempo, reflexionó acerca de lo que él considera una causa del mal. Me dijo, por lo bajo:

- En 1959 este gobierno anunció que nunca sería comunista, y meses después se lo cogió todo. ¡Nos estafó!

Hasta el momento no se ve solución al problema generalizado de la estafa. Y mientras el palo va y viene, los ciudadanos honrados se aferran a la paranoia, y los pícaros se acogen a la lógica del sepulturero: "no deseo la muerte a nadie, pero que mi negocio prospere".

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