
Estafas anónimas
Los "innovadores" graduados con notas sobresalientes en las academias de socialismo real, vuelven a poner en alto sus habilidades para manufacturar una nueva hornada de productos.
El ingenio demostrado en sus propuestas cobra cada día mayor trascendencia y no precisamente por la satisfacción de los clientes.
Basta conocer el drama sufrido por la señora Joana Lima, el pasado 31 de diciembre, para cerciorarse de que todo lo que brilla no es oro, ni el turrón de Gijón una sabrosa golosina.
Dentro del estuche sellado no había nada parecido a ese producto, que en Cuba cuesta alrededor de 5 dólares, equivalentes a más de una semana del sueldo promedio. En su lugar, Joana encontró un trozo de madera rectangular, cortado a la medida del envase de aproximadamente 20 centímetros de largo, 10 de ancho y 2 de grosor.
La nota no aclara si la desdichada Joana llegó a darle al "turrón" la primera y única mordida, pero es dable imaginar que si lo hizo urgió una visita al odontólogo.
La víctima asegura que el tablón tenía la misma tonalidad de un turrón, lo que presupone el pesar de una mordedura, quizás realizada hasta con los ojos entornados como previo reflejo de una degustación de lujo.
Para colmo, la atribulada no pudo conseguir la reparación de la falta, pues la adquisición la había realizado 11 días antes. Según normativas vigentes, solo se admiten reclamaciones sin son hechas el mismo día en que se efectuó la compra. Salvo unas pocas mercancías, donde es factible el reemplazo, lo normal es que los engaños queden impunes.
El incidente publicado hace unos días en la sección Acuse de recibo del periódico Juventud Rebelde, es apenas una brizna en medio de un vendaval de fraudes.
La regularización del despojo en las redes comerciales y de servicios del estado, y también en muchos de los negocios pertenecientes a trabajadores por cuenta propia, es una práctica que se agudiza en medio de estériles llamados a la honestidad.
Entre los productos que suelen ser alterados o sustituidos como en el caso referido aquí, se encuentran desodorantes, cremas para el cuidado del cabello, pasta dental, perfumes, cosméticos y bebidas de diversos tipos, por solo mencionar unos pocos.
Es notable el número de cubanos que ha sufrido amargas consecuencias tras la ingestión de un refresco en una cafetería, el uso de un desodorante que hasta conservaba su fragancia original, o el consumo de una carne aparentemente en buen estado. Cada día es necesario estar listos para sortear una interminable cadena de deficiencias que se traducen en serios peligros para salud.
A modo de ilustración en esta interminable fiesta de la desvergüenza, viene a mi memoria el caso de un vecino que esperaba recibir de sus familiares un paquete con frutas y alimentos, enviado a través de la entidad estatal dedicada a estas operaciones, desde la ciudad de Cienfuegos, situada a más de 200 kilómetros al este de La Habana.
Al abrir la caja de cartón solo encontró piedras, tres cocos secos y una cazuela sin tapa y con múltiples abolladuras. Todavía insiste en que fue una brujería y en que desde entonces sufre de insomnio y de problemas gastrointestinales.
No podría explicar de forma convincente la asociación entre los padecimientos de mi vecino y el contenido de la caja. Solo sé que en Cuba se pierde la capacidad para asombrarse. Insisto en que el caso de Joana y el falso turrón es una menudencia.
Algo así como una gota de agua en el mar.
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