Escrito por Jorge Olivera Castillo
Publicado el 23 Octubre 2011
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Un desayuno discreto y una comida al día. Fuera de estas realidades comienza la suspicacia, el desconcierto y las batallas cotidianas por aumentar en calidad y cantidad las demandas del estómago. Son las reglas que dicta el hambre en Cuba.

Por más esfuerzos que se inviertan, nadie va encontrar estadísticas que ilustren las dimensiones de una catástrofe humanitaria a causa de la falta de alimentos.

En el laberinto de la escasez, existen varias salidas de emergencia. Solo hace falta ingenio y determinación para descubrir la de más fácil acceso. Todas las rutas de escape tienen estampado en el dintel el sello de la ilegalidad. Al otro lado aguarda el vasto territorio de la economía subterránea: el lugar santo de todos los cubanos, el sitio donde único es posible amansar el hambre con su repertorio de furias.

Vivir con lo que vende el estado a través de la libreta de racionamiento es una ficción creada a partir del burdo intento de crear patrones de consumo igualitarios.

Con suerte, los suministros no pasan de cubrir algunas de las necesidades de los primeros 10 ó 12 días del mes. El éxito en la adjudicación de los productos per cápita radica en las dotes administrativas y el dominio propio de los integrantes del núcleo familiar ante las pequeñas raciones, sobre todo cuando se trata del plato fuerte.

Una mirada crítica hacia este desolador panorama invita a preguntarse: ¿Cómo se explica que en Cuba, un país de tierras fértiles y benignas condiciones climáticas existan tan deficientes resultados en la agricultura? ¿De qué sirvió la Ley de Reforma Agraria puesta en vigor el 17 de mayo de 1959, que presuntamente viabilizaría un notable crecimiento en las producciones agrícolas? ¿Cuál es el éxito que se proclama en este rubro, si en la actualidad el 80% de las demandas alimentarias deben adquirirse en el mercado internacional a precios astronómicos?

A 50 años de la implantación de esta medida que acabó con el latifundio y creó en un principio las bases de un programa revolucionario con vistas a potenciar mejoras en el sector, es menester subrayar que el gesto no fue más allá de un alarde populista.

Al analizar el tiempo transcurrido desde la socialización de la tierra, los nuevos métodos de producción y la euforia que esto desencadenó en el campesinado, hoy es oportuno categorizar la situación como una derrota que no se limita al área económica, sino que las bases ideológicas que la sustentaron, y aún la sustentan, demuestran su impracticabilidad y el desfase entre las grandilocuentes proyecciones teóricas y unos efectos prácticos que podrían catalogarse de marginales de acuerdo a los bajísimos niveles de productividad y eficiencia.

En la prensa se promociona la existencia de una oferta de productos del agro estable y con perspectivas de crecimiento, se diseñan proyectos que acabarán –dicen- por convertir a la Isla en un emporio agrícola a nivel regional.

Con el tiempo, estos cantos de sirena se reciclan con nuevos ensamblajes de retórica y cinismo. En diez lustros el hambre ha cambiado de forma, de tonalidades, pero no desaparece.

El cubano ironiza frente al plato semivacío. Es uno de sus subterfugios para esquivar los dientes del hambre. No le interesa nada en relación con aquella Ley de Reforma Agraria que superaría en eficacia a su predecesora basada en normativas capitalistas.

Su máxima preocupación se centra en el pobre acceso a los frutos de la tierra. La inflación y los salarios de miseria son valladares infranqueables para la idea de garantizar una alimentación digna.

Desde hace algunos meses el gobierno trata de poner en práctica un discreto paquete de medidas con el propósito de incrementar los índices de producción agropecuaria. Los avances son imperceptibles. La burocracia se resiste a revolucionar sus costumbres. Apuesta por mantener las cosas como están.

Se puede pronosticar, sin apenas margen para el error, que el hambre prevalecerá en Cuba. Aún quedan armas para matarla. Lo peor es que tiene el don de la resurrección.

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