
Al amanecer del lunes pasado, al cruzar la calle 23, entre 10 y 12, Vedado, una señora muy delgada, mal vestida, medio ciega y con bastón, me suplicó la encaminara a la cuadra siguiente, es decir, hasta la esquina de 12 y 21, donde toma café cada mañana pues carece de cocina en su cuarto, donde vive con un hijo que oscila del manicomio a la vecindad. Mientras la acompañaba le pregunté algunas cosas; al dejarla en la cafetería le di diez pesos para que desayunara; supuse que almorzara y comiera en uno de esos tugurios habilitados para indigentes.
No es agradable tropezar con personas que al caminar exhiben su miseria sin proponérselo. La llevan en el rostro, en la ropa sucia y descosida, en los zapatos, el peinado y hasta en el alma. Salvo excepciones, parecen zombis insepultos, espectros bajo el sol en las calles de nuestras ciudades. Nadie como ellos revela la crisis y la falta de oportunidades del país.
La pobreza es mayor de lo que suponemos. Basta con mirar la presencia gris de quienes caminan sin rumbo. A esa legión de seres alienados por el hambre, víctimas de la desproporción entre el salario y los precios de las mercancías, no solo pertenecen los mendigos, los locos sin apoyo estatal, los borrachos que deambulan de la casa al bar y los viejitos cuya pensión mensual les dura una semana.
Cada día crece el estamento de la pobreza. Existen los pobres de solemnidad, los desamparados totales, parciales y de circunstancias. Todos en interacción gremial, un gremio sin representantes legales, cuya presencia desdice las consignas oficiales y cuestiona las estadísticas, tan solidarias con el papel y limitadas en su aplicación.
Si bien los mendigos, los alcohólicos, los locos y los ancianos que vagan por el día y se esfuman de noche, integran la nómina más representativa, al escuadrón de la pobreza extrema se suman las viejitas de barrio, esas que cuentan las pesetas y maldicen al joven dependiente que altera la balanza. A las viejitas les siguen las nueras y las hijas sin empleo, casi todas amas de casa con maridos “que no inventan los pesos” y las obligan a revender cualquier cosa o putear con el bodeguero, el carnicero o el vendedor del kiosco agropecuario.
Se suman al club no exclusivo de pobres de solemnidad los millares de personas que se acostumbran a sobrevivir del trabajo devaluado y la chequera simbólica: pedigüeños de todo tipo, ladronzuelos de bagatelas, huéspedes de terminales de ómnibus y de trenes, visitantes de bares pestilentes, casas de putas baratas, casas de juegos prohibidos, solares de gentes agresivas y ladrones de almacenes y cafeterías que arriesgan el puesto por un poco de azúcar o arroz, un pedazo de jamonada o unas cajas de cigarros.
Es cierto que a pesar de las tensiones cotidianas los parias de Cuba todavía gozan de “prebendas” en las farmacias, policlínicas y funerarias; aún los entierros son gratuitos aunque los dolientes pagan las flores, el café y los autos que acompañan al difunto en su último paseo; más resulta conmovedor el panorama creciente de gentes que sobreviven en la precariedad en La Habana y otras ciudades de la isla.
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