
Augusto tiene unos 65 años, pero parece andar por los ochenta. Duerme en el portal de la vecina más cercana a su propia casa. Augusto no entra a la casa familiar. Pasa el día sentado en la esquina del supermercado, bebiendo con sus compañeros de desamparo, alcohólicos como él, quienes con un lenguaje incomprensible discuten y rivalizan por tomarse el último trago de una botellita que guardaron de la noche anterior.
Por una ventanilla del supermercado se vende ron barato. Es el denominado ron C, de pésima calidad, pero mejor que aquellos rones que aparecieron en el período de la crisis de los años 90: el chispa de tren, el hueso de tigre, el calambuco, etc.
Ricardito también vive en el barrio. Es solícito y agradable. Se mantiene económicamente haciendo mandados a los vecinos. Lo que usted le pida, él lo busca y se lo trae a la puerta de su casa. Luego, el dinero que gana con esos mandados y comisiones lo invierte en comprar ron. En la cafetería de la calzada puedes encontrar a Ricardito desde las primeras horas de la mañana. A eso él le llama "ir a la oficina".
En 1953, la OMS (Organización Mundial de la Salud) reconoció el alcoholismo como una enfermedad que provoca daño social, biológico y sicológico, y la definió como una enfermedad crónica identificada por la ingestión incontrolada de bebidas alcohólicas.
Si al menos el 70 % de la población mundial bebe, solamente 10 % de esta cifra son considerados por la OMS como "bebedores problema". En Cuba, entre los mayores de 16 años existe un 4 % de alcohólicos, según especialistas del programa de rehabilitación y control del alcoholismo en la isla.
No obstante, especialistas en alcoholismo y adicciones, pertenecientes al Hospital Psiquiátrico de La Habana, expresan preocupación por "esa forma que se ha ido instaurando en la isla, de ingerir alcohol a cualquier hora, sin ninguna razón especial, ni límite; en parques, aceras, transportes públicos y privados". Además, es lamentable que la actitud comunitaria sea de tolerancia o permisividad hacia la ingestión no responsable de bebidas alcohólicas, afirman estos especialistas.
A fines de la década de los noventa, un estudio nacional de un equipo de médicos especializados en el tema del alcoholismo determinó que 50 % de la población cubana consumía alcohol con frecuencia. Mientras, a inicios del año 2000, otros expertos aseguraron que entre 7 y 9 % de la población lo consumía con asiduidad.
Otras investigaciones territoriales ofrecen datos inquietantes al respecto, al afirmar que hay localidades donde hasta 70 % de la población bebe. Por ejemplo, en el oriental municipio Caimanera, al este de la isla, el consumo regular de alcohol alcanzó 97 % entre poco más de mil entrevistados, 98,6 % de hombres y 95,8 % de mujeres.
Si hace unos veinticinco años había una mujer alcohólica por cada 20 hombres, la proporción varió a una mujer por cada 12 hombres entre los adictos al alcohol. Las mayores cifras de consumidoras aparecen en mujeres de 25 a 30 años de edad, y entre las de 50. Se ha constatado que un buen número de ellas comienzan a consumir alcohol para complacer a su pareja, o debido a su relación con hombres bebedores, y por haber tenido madres o padres alcohólicos.
En el caso de las más jóvenes, el consumo inmoderado de alcohol obedece a causas que van desde las disfunciones familiares hasta el estrés. Y las mujeres de 50 años se dan a la bebida para enfrentar la separación marital o de los hijos, o para encarar los cambios del climaterio.
Por otra parte, el alcoholismo es también un causante de importancia en los accidentes de tránsito, en los homicidios y en los suicidios. En Cuba, 30 % de los homicidios y los suicidios, así como actos de violencia intrafamiliar se debe al consumo exagerado de alcohol y al alcoholismo crónico.
Ayudan a estos patrones de consumo la presencia notable de bebidas alcohólicas en el mercado, la escasez de lugares de esparcimiento para invertir el tiempo libre que ofrezcan alternativas sanas, que no sean bares, discotecas, cafeterías donde siempre hay expendio de bebidas alcohólicas, sobre todo ron.
Aunque existen programas de ayuda y de prevención, así como de rehabilitación dirigidos por especialistas del Ministerio de Salud pública, son muchos los patrones culturales tradicionales que habría que vencer para disminuir el consumo de bebidas alcohólicas en la isla. Mientras, la copa seguirá rota y se perderán lamentablemente vidas ahogadas en el alcohol.
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