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Esta sección está dedicada colaboradores esporádicos, a aquellos con alma de escritores, poetas o ensayistas que sienten la necesidad de contarnos algo, de gritar algo, de compartir sentimientos y emociones con los demás, para que no todo concluya en un apagado grito en el silencio.
Aquí pondremos todos esos escritos que por falta de tiempo o cualquier otro motivo, no pueden o no están interesados en tener aquí una sección propia y mantenerla actualizada.
Todas esas personas solo tienen que rellenar este formulario (en construcción), para enviarnos sus cuentos, historias, ensayos, poesías,.. Tan solo pedimos que los que no sean cubanos solo nos escriban sobre Cuba y los cubanos de lo que quieran. No se admiten opiniones, para eso ya hay una sección específica en Conexión Cubana.
Animo y adelante. Muchos comenzaron con nosotros y terminaron publicando sus libros.
Allá por los años 70, circulaba por las calles de los barrios habaneros un negro pulcro y elegante a más no poder. Lucía siempre una impecable bata blanca, almidonaíta y planchaíta como en los viejos tiempos, que llevaba bordado en el lado izquierdo del pecho "Dr Charles".

Sobre sus ojos llevaba unos espejuelos de fondo botella con montura de plástico imitando carey y en sus pies, zapatos como espejos, en los cuales te podías sacar las espinillas de la cara. Ah, se me olvidaba que en sus manos siempre portaba un maletín de piel negro tipo médico y un periódico.
Aquella ciudad tenía su barrio pobre, como todas las ciudades del mundo. Una hilera de mendigos denotaba la otra cara de la opulencia. Casi nadie reparaba en ellos a excepción de un excéntrico millonario, el cual dedicaba un día de la semana para ejercer la caridad entre los desamparados.

Nadie sabía por qué el señor Mahoney escogía un día de la semana para regalar su dinero a tantos menesterosos, sólo había trascendido el hecho de que Dean Mahoney no tenía descendencia y sí una gran fortuna. Sin embargo, para los desahuciados era una fiesta el día en que Mahoney descendía de su limusina y comenzaba a repartir billetes a manos llenas. Aquello era más que una simple limosna; parecía otra manera de ejercer el poder. La gente que lo tiene todo no llega a comprender a veces el egoísmo de los que no poseen nada. La vileza de los desalmados comienza a manifestarse en el instante en que son conscientes de que pueden apropiarse de algo más de lo que obtienen. Pero el buen Mahoney vivía ajeno de las mezquindades de los pobretones que malvivían sus horas día a día. Y entre él y ellos sólo existía una diferencia: los pobres ambicionaban ser ricos y los ricos más poderosos. Sólo que a Mahoney le tenía sin cuidado si incrementaba o no su fortuna. Hacía tiempo había hecho sus cálculos y estaba convencido de que moriría dejando todo un imperio sin herederos.
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