Guillermo Ferrer fue un guajirito que un día abandonó los aperos de labranza, se quitó las espuelas con las que imponía velocidad a su caballo y lo soltó a pastar por la rebelde manigua cubana. Tomó la guardarraya más cercana y corrió en busca de La Habana sin mirar para atrás. Un mundo nuevo se abrió ante sus ojos y debía conquistarlo, solo que ahora se sentía algo indefenso por la ausencia de su machete.
Cursó estudios en la capital cubana y comprendió muy pronto que, el espacio consumido por el asfalto y la contaminación de sus guaguas, limitaban sus ambiciones y sueños. Se armó de un sextante con el que fusilaba a todas las estrellas que encontraba a su paso, invadió cuanta playa obstaculizó su camino y luego conquistó varios continentes. El amor, el peligro, el contrabando y el alcohol, formarían parte de ese equipaje que lleva todo marino en sus naves. Sin embargo, las borracheras de Ferrer eran lúcidas y nunca le nublaron la vista. Fue engañado por cantos de sirenas como muchos jóvenes de su generación hasta un día, ese momento fue fatal en su vida y lo obligo a divorciarse de su tierra. Aquella guardarraya se extendió hasta Buenos Aires, donde hoy, atacado por las rabias comunes de los nuestros y repentinas caídas producidas por la nostalgia, Ferrer desea regresar y ser nuevamente aquel guajirito inocente de su campo natal.
Con mirada de águila y una pluma incisiva, este marino cubano sobrevuela su pasado y ataca con saña sus defectos, plasmando cada combate suyo en excelentes crónicas y artículos que te obligan a reflexionar y montarse en su nave. Hoy, atacado por la melancolía y el dolor de una vida perdida entre promesas que nunca llegaron, Ferrer quiere ser guajiro, regresa al batey por un sendero preñado de trampas, miedos, silencios. Un grito desesperado se escucha en Buenos Aires, sus bueyes protestan ante el pinchazo recibido y aceleran el paso, se mezclan sextante y machete, se protege del sol con un sombrero de yarey.
Tengo el honor de presentar a un viejo conocido que transpira sal por los poros y esa picardía de nuestros campesinos que se va borrando con el paso de muchas galernas. Se levanta al cantío de los gallos y trata de adivinar entre las nubes la fase de la luna, no recuerda si para sembrar boniato es mejor el creciente o el menguante, pincha la tierra y deja caer una semilla con la esperanza de que pueda crecer mañana.
Esteban Casañas Lostal