Jinetero,... ¿y qué?

El país de las máquinas

cuba

Me levanto a las 7:57 AM cada mañana. Tres minutos antes de que mi esposa se levante. A su vez ambos, ella y yo, 15 minutos antes de que vuelva en sí el primero de los niños.

Preparo el desayuno: 2 huevos, 9 y media tostadas, 5 tazas de café, 4 llenas y una al 75%…

Cubro los 157 metros hasta la parada del autobús en 164 pasos. Bueno, a veces 171 si tengo que sortear una cagada de perro en mi camino.

Siempre tomo el autobús de las 9:14. Allí en la parada, encuentro a las mismas personas desde hace 3 años. Todas siempre iguales, invariablemente en el mismo orden. Primero el señor de sombrero y periódico, le sigue la muchacha del mercado, lo sé no porque me lo haya dicho, sino porque se baja frente a un Super y entra a él corriendo. Delante de mí va la dama del perrito, el mismo que a veces caga en mi camino. Jamás hablamos. Basta un ligero movimiento de cabeza para estar al corriente de que no somos invisibles a los otros, pero nunca hemos cruzado palabra. De ningún modo rompemos el curso de los pensamientos de cada cual. Tras de mí y junto con el bus, llega siempre corriendo una señora con dos pequeños.

Siempre idéntico ritual.

Estoy en mi oficina, pero mis interlocutores están quien sabe donde. Contacto con clientes y proveedores vía Internet, discuto en el chat el precio de los nuevos productos y por e-mail reservo las ventas para la nueva temporada. Hago mis pagos al banco y me entero de lo que he recibido. Doy la vuelta al mundo en ordenador cada día.

En la pausa de almuerzo abro los periódicos del día, constantemente on line. Al principio leía todo, ahora que soy mas ducho, uso la opción de búsqueda para ir directo a las noticias de Cuba.

Al retornar a casa, mientras reviso el buzón me cruzo con algún vecino. No sé cuantos ocupantes tiene el inmueble, no los conozco a todos. A decir verdad no conozco a nadie pues no intercambiamos palabras. A veces, cuando no queda más remedio que cruzarnos en la escalera, emitimos un sonido sordo, ininteligible, en son de saludo.

Sólo con el vecino contiguo he cruzado unas palabras. Se quejó de que las vibraciones del bajo de la Charanga Habanera alteran a su perro. Ahora escucho la música con audífonos y he notado que me estoy quedando sordo. Total para lo que me sirven aquí los oídos…

Ayer una ambulancia rompió la paz diaria. Vino a recoger el cadáver de la vecina de arriba. Si bien vive aquí desde el fin de la guerra, la vi por primera vez hace sólo dos meses. Dijo la TV que llevaba más de diez días fallecida. -¿Cómo es posible que se dieran cuenta?- Explica el noticiero que los vecinos se quejaron al dueño de la casa por olor a rata muerta. Cuando la TV lo dice debe ser cierto.

Han dicho también en el noticiero, que van a ponerles un número europeo de identificación a los perros mediante un chip bajo la piel y que el agua en el grifo ha alcanzado el 99,99% de pureza.

Nos gustan las veladas en el salón de casa. Desde hace 159 años la familia se reúne en este recinto a oír el radio o ver Televisión. Hoy hay siempre silencio. Compartimos las noches, frías o no, sentados alrededor de la antigua mesa, cada uno con la mirada fija en su ordenador. Mi esposa revisa una nueva colección de IKEA, yo entro en Conexión Cubana y mis hijos leen indistintamente el resultado del fútbol o la lista de los Grammi. Más tarde, cuando ya los ojos se nos cierran y el día emerge en el oriente; nos vamos a la cama a esperar otro día y otra semana. Otra semana…

Los domingos llevo a los niños a jugar al parque, allí los dejo y conduzco un par de kilómetros hasta el otro lado de la arboleda y camino hasta el acantilado frente al mar.

Permanezco por 10 minutos, cara al océano, tratando de escuchar desde aquí la algarabía de La Habana, gente que se saluden, perros que ladren o ver niños empinando papalotes en la azotea del vecino.

Nadie me responde aunque les grito, les grito, les grito…

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