Jineteros barra as

Pues las autoridades Cubanas, que tanto critican a los norteamericanos, son por un estilo. Que cuál es el fin de tu visita, que dónde te vas a alojar (para que te permitan entrar, en tu visado debe constar el sitio donde te vas a alojar, que deberás haber reservado con antelación, o decírle al oficial que lo has hecho); que cuánto tiempo te vas a quedar y demás. Comprueban y vuelven a comprobar tu pasaporte y te piden que les mires a los ojos para cercionarse de que efectivamente la portadora del documento es la misma que la de la foto. Finalmente, el oficial de turno decide que no eres una amenaza para la revolución y que no le vas a poner una bomba camuflada bajo el arroz con frijoles a Fidel Castro, con lo cual se te autoriza la entrada en la preciada "perla del Caribe".

"¡Uf! ¡Que pesados, no?"

"Uy, ¡qué va! El chico que me ha atendido a mí era cantidad de majo, y por cierto, que estaba…¡Cómo estaba!", contesta mi amiga mientras nos dirigimos hacia el hall de salida.

¿Ves? Si ya te digo yo, que hay gente que tiene suerte por su cara bonita. Generalmente los turistas no tienen por qué tener ningún contacto más con oficiales de Inmigración, ni ninguna de estas instituciones hasta su salida del país. Sin embargo yo, debido a mi larga estancia en Cuba, he tenido bastantes roces con ellos, y no siempre agradables. De hecho, nunca son agradables. Te vigilan, te hacen esperar durante horas cuando vas a renovar tu visado, y nunca contestan a tus preguntas abiertamente. En fin.

Hacemos nuestra entrada triunfal en el hall con nuestras mochilas recién compraditas y con nuestra cara de "atención: turistas novatas" puesta. Creo que esa cara de perdidas-aturdidas-desorientadas la llevamos puesta desde que llegamos a Ciudad de México cinco días antes. Yo estoy convencida de que alguien en Heathrow nos puso, antes de salir, un cartel en la espalda que indicaba que éramos las turistas más inexpertas del planeta. Somos presa fácil, extremádamente fácil, para los avispados jineteros. Este tiene unos ojos que te encandilan desde el primer momento, no se si es por el contraste del azul verdoso con el color de su piel mulata, o si es sólo por la intensidad con que te miran, o si es sólo que nunca me había fijado en unos ojos de semejante hermosura. ¡Jesús! Que si necesitamos casa particular, nos dice. Que su primo, o su hermano, o su tía, no me acuerdo, tiene una casa con un cuarto en tal sitio y que es barato y que está a cinco minutos en carro. Nuestro primer encuentro con un jinetero. Sin saber qué es un jinetero, ni que éste es un jinetero, ni que nos están jineteando.

Se llama jinetero o jinetera a todo aquel que intenta ganarse la vida ya sea gracias, o a costa de, los turistas. Yo diría que éstos, los que ofrecen casas particulares y paladares, son como una especie de combinación entre relaciones públicas y agentes independientes de turismo.

Después de separarnos del jinetero, un policía con cara de malas pulgas me muestra, muy serio él, su identificación y me pide el papelito que el chaval me ha dado con la dirección de la casa particular. Me da las gracias, se va y yo me quedo con una horrible sensación de culpabilidad, como si yo hubiese delatado a un pobre desgraciado. Si era pobre y si era desgraciado, nunca lo sabré, pues en el mundo del jineterismo hay de todo. Gente que se las arregla de puta madre y tiene un "montón" de dinero y gente que no. Gente que me da lástima y gente que no. Gente que me parece, a pesar de ser jinetero o jinetera, muy honrada y gente que no. Todo depende del nivel de honestidad con que se trate al turista. ¿Quién no ha hecho algún negocio o llegado a algún acuerdo de cualquier tipo por medio de alguien, siendo totalmente consciente de que ese intermediario se va a llevar una comisión? ¿Qué es lo que hacen las agencias de viajes, más que eso? ¿No actúan como intermediarios de las lineas aereas y de los hoteles? ¿Y las instituciones bancarias? ¿No nos cobran un porcentaje de comisión por ciertos servicios? ¿Y las agencias inmobiliarias? La diferencia es que en nuestro mundo predecible somos conscientes de ello y en el caso de los jineteros, no. Y por eso nos sentimos engañados y traicionados y frustrados y estúpidos. También es verdad que, si un jinetero se me acerca honradamente a decirme que él se va a llevar cinco de los veinte dólares que tal casa particular me va a cobrar por noche, pues le mando a freir espárragos. Voy sola y negocio yo con el dueño de la casa.

Conozco docenas de jineteros. Hay unas señoras jineteras que viven cerca de casa de Made (perdón, de casa de Maritza, su mamá) en el Bosteso . Este barrio es uno de los más humildes de Viñales, si no el más humilde. Está a la derecha de la entrada al pueblo, construído sobre una loma que debe de tener, mínimo, un diez por ciento de inclinación, o por lo menos eso les parece a mis piernas cada vez que subo allí arriba a comer (cenar para los españoles). Las casas del Bosteso, edificadas a los lados de la calle Sergio Dopico (la lomita) son en su gran mayoría de madera, no tienen agua corriente dentro y son de lo más básico. La casa de Maritza es una de las últimas y queda a mano izquierda. Es decir, que tienes que subir la loma y luego, más. Qué casualidad, no podía estar a mitad o al principio.

Recuerdo la primera vez que subí la loma del Bosteso, en busca de Made y Bertica, pero fue en moto. No sabía dónde exactamente vivía Made, pues mi relación con ella hasta entonces había sido meramente circunstancial. Tenía la esperanza de encontrarme con alguien conocido por el camino para preguntar y tuve la suerte de toparme a mitad de la loma con su medio-hermano Michel - con acento en la "e" - quien me informó que Made y Bertica no estaban allá arriba. Así que no llegué a subir hasta la casa; viré y continué buscándolas por el pueblo. No tardé mucho en encontrarlas. Estaban sentadas en el parque. El día anterior, yo había regresado desde México de sorpresa. Made y Bertica no sabían todavía que estaba de nuevo en Viñales. Mi regreso había sorprendido a todo el mundo, pues me había marchado tan sólo cinco días antes, para, supuestamente, proseguir mi viaje por América Latina con Amanda. Pero esa es otra historia.

Las jineteras del Bosteso van siempre juntas. Son tres. El Viazul llega siempre en hora, cargado de yumas, a las doce y cuarto, así que un poco antes de las dose'l día, ellas bajan al pueblo a la caza del turista. Por supuesto, no son las únicas. Hay muchos más jineteros y jineteras esperando que algún yuma pique el anzuelo. Su anzuelo, y no el anzuelo del de al lado, que en estas cosas hay aquí mucha competencia. También están los propios dueños de las casas particulares, pero éstos tienen que ir con pies de plomo, pues recientemente salió una nueva ley en Viñales, dictada por el Presidente del Poder Popular, o el señor alcalde, que prohibe a los dueños de las casas particulares caminar por la calle Salvador Cisnero entre las doce del día y la una de la tarde. Tremenda putada, pues Salvador Cisnero es la calle principal del pueblo, además de ser donde Viazul descarga a los turistas. Ah. Nosotros: los turistas; esa especie - aparentemente - tan protegida por el gobierno cubano. No será por estar en vías de extinción. Una especie aparte, que no se puede mezclar con el cubano, más que en determinadas ocasiones, y siempre y cuando puedan ser controladas por las autoridades. Esa especie, a la que es necesario apartar del cubano, para que permanezca ajena a los sucesos del día a día de sus ciudadanos, sin que por otro lado deje de soltar fula en la isla. Que el turista se deje los dólares en Viazul, en hoteles, en bares, en chopitiendas y complejos turísticos. Que experimente nuestra cultura, pero de lejos. Que se relacione con nuestra gente, pero donde a nosotros nos convenga. Que haya separatismo, pero que el yuma no lo note. Viazul es la linea de autocares exclusiva para turistas y su lema dice así: El destino lo decide usted, la exclusividad la ponemos nosotros. ¿No es vergonzoso?

La multa por sospecha de jineterismo (de pescar turistas para casas particulares en este caso) puede ser, en Viñales, de hasta mil quinientos pesos, más retirada de licencia de alquiler. Es decir, retirada de sustento. Las jineteras del Bosteso y los jineteros que sólo cobran comisión lo tienen mejor. A ésos, sólo les ponen la multa de mil quinientos . Pero fíjense, que hablo de "sospecha", pues en Cuba, parece ser que toda persona es culpable del delito del que se le acusa, aunque sea injustificado, hasta que se demuestre lo contrario, lo cual es imposible en este régimen totalitario.

Milquinientos es el único nombre de los inspectores de vivienda que me aprendí. (Mil quinientos pesos equivalen a aproximadamente setenta y cinco dólares. El sueldo medio mensual, por lo que yo he podido comprobar, oscila entre los seis y ocho dólares al mes. El sueldo de un médico, un ingeniero o un profesor de la Universidad de La Habana es de aproximadamente doscientos pesos mensuales, es decir, diez dólares).Le llaman así porque todos saben de cuánto va a ser la multa si son sancionados por él. Otros sancionan por diferentes cantidades, supongo que después de un rápido análisis mental de la infracción cometida por el jinetero o el arrendatario: estar en la calle a las doce del mediodía. Como si a mi me arrestan por mirar un escaparate repleto de joyas por sospecha de hurto o por mirar con detenimiento a alguien por sospecha de intento de asesinato. Es cierto que casi siempre su intención es clara, pero, ¿no deberían esperar a que se cometiera el delito? (Que ni siquiera debería serlo, claro).

Milquinientos siempre va acompañado por el otro negro prieto, el que tiene un ojo a la virulé. Yo les llamo la pareja Ping y Pong, pues nunca les ves por separado. Durante el primer mes que pasé en casa de Barby, siempre les veía a los dos juntos por las calles, en busca de alguna pobre víctima; es decir, arrendatarios que estuviesen pasándose las normas por el forro. Todos lo hacen. Sin excepción. (Bueno, quizá la única excepción sea precisamente Barby, que fue mi casera durante más de un mes). Por eso Milquinientos y su compañero fiel son en el fondo temidos, a pesar de que los arrendatarios se llevan muy bien con ellos, por la cuenta que les trae. Cuántas veces no habré oído yo susurros en las casas, por las calles, avisando que viene el lobo feroz. Entonces ves a todos los arrendatarios apurados por poner todo en orden. El libro (donde te registran a diario), el frío, el cuarto ilegal.

Además de lo mencionado anteriormente, hay muchas otras infracciones dignas de mención. Está prohibido tener pescado, langosta o camarones en la casa. El objetivo del gobierno es el comercio único y exclusivo de estos productos en los hoteles, donde los turistas pagarán un huevo y parte del otro por ellas. Las casas particulares que alquilan, tienen generalmente dos frigoríficos: uno, que es el que muestran cuando se les inspecciona la casa, y otro que está escondido, con la langosta y el pescado.

También es ilícito en Viñales rentar una habitación a un turista que vaya acompañado por un cubano, así como alquilar un cuarto sin tenerlo declarado. Por cada cuarto que los arrendatarios alquilan, pagan al estado ciento setenta y cinco dólares al mes, sin excusa. Hayas tenido ingresos por alquilar ese mes o no. Si has tenido mala suerte, no te ha llegado ningún turista y no puedes pagar, te retiran la licencia y punto. Generalmente las casas particulares sólo tienen o declaran una habitación. Yo por ejemplo, estuve en una habitación que el Pipy no declaraba (la que es normalmente la suya), de manera que cuando le llegaban turistas, tenía disponible el verdadero cuarto de alquiler y se ganaba otros diez o doce dólares por noche, además de los cinco que yo le pagaba. De este modo, estaba alquilando dos habitaciones, pero solamente declaraba y pagaba al estado por una.

También está prohibido dar comidas en casas particulares a turistas que no estén alojados en las mismas, pues también son ingresos no declarados. De hecho, no se les permite ofrecer ni un café gratuito a un turista que no esté hospedado en la casa, porque el inspector pensará que el arrendatario está haciendo algún negocio clandestino.

Aún recuerdo el día que, no Milquinientos, sino el Jefe de Inmigración de la provincia, Irán, vino a revisar el libro. Visita sorpresa. Eran mis últimos días de estancia en casa de Barby, y había perdido mi visado. Cuando Irán se presentó en la casa, Barby era un manojo de nervios, empezó a sudar y su cara se convirtió en el círculo de la bandera japonesa. Intentaba disimular todo lo que podía, haciéndole gracias al Supremo y, sin dejar de sonreir un segundo, mientras Irán le pedía que le mostrase el libro. El libro es donde se inscribe a los turistas alojados en una casa. Los dueños deben llevarlo todos los días a Inmigración para que sea revisado exhaustivamente y sellado por las autoridades. Intentando actuar lo más naturalmente posible, Barby se lo entregó, mientras le ofrecía una taza de café. Todo lo concerniente a mí y mi alojamiento, estaba en regla, pero en el patio de atrás había tres turistas francesas, que Zenaida había cazado para cenar. No se cómo, Barby se las arregló para avisar a Zenaida que pidiera a las turistas que no hablaran, que no se movieran, que no rozaran un plato con el tenedor, que permaneciesen inmóviles hasta nuevo aviso. Irán se demoraba. Sentado a la mesa, en el comedor de la casa, no dejaba de pasar incesantemente las hojas del libro, de la primera a la última, de la última a la primera, y vuelta a empezar. Lo revisó de arriba a abajo, varias veces. Yo le miraba de reojo desde mi asiento mientras aparentaba estar muy interesada en la televisión. Después de preguntarme dónde estaba mi visado, y yo contestarle correctamente, revisó también mi pasaporte varias veces. Todas y cada una de las hojas, de los sellos, de las anotaciones. Barby estaba muerta de miedo. Finalmente, después de tres cuartos de hora de infierno para Barby, se despidió con un gesto amable y desapareció por la puerta principal. Esto es por lo que tienen que pasar los arrendatarios, no una, ni dos veces, sino casi a diario.

Está prohibido hasta que un cubano amigo del turista entre en la casa particular donde el último se aloja. La razón verdadera de ésta última todavía escapa a mi entendimiento. Dicen que es porque, cuando Cuba abrió de par en par sus puertas al turismo, - o sea, cuando Castro dejó de recibir las subvenciones socialistas de la Unión Soviética - y hasta que impusieron esta ley, había cientos de denuncias de turistas que llevaban a su cuarto a un jinetero o jinetera, para singar generalmente, y al día siguiente se daban cuenta de que les había desaparecido dinero, u objetos de valor, como unas Nike. Así que, no sólo está prohibido y sancionado que un arrendatario aloje en su casa particular a un turista que vaya acompañado de un cubano, sino que ni siquiera tus amigos pueden entrar en la casa mientras estás tú, por si te roban las Nike. Cuando Milquinientos y su pareja Pong, pasaban por la calle Adela Azcúy, yo tenía que botar a Tony, Made y Bertica del portal de casa de Barby, por si acaso.

Conocí a Milquinientos personalmente en casa de Barby, aunque fue cuando ya no estaba hospedada allí. La pareja Ping y Pong, siempre inseparables, iban muy a menudo a tomar café porque tenían sospechas de que Barby me tenía alojada en su casa sin declararme en el libro. Los inspectores bromeaban e incluso flirteaban conmigo, cosa que no soportaba, sabiendo sus verdaderas intenciones. Por aquel entonces, mi entendimiento del sistema y del modo en que funcionan algunas cosas en Viñales, era bastante básico y metía la pata cada dos por tres, criticando la política de Fidel Castro en las narices de dos de sus emisarios. Cuando por fin se marchaban, Barby me decía que tuviese cuidado, que esa gente era del Partido y me advertía que aunque a mí "sólo" podrían deportarme por expresar abiertamente mis ideas, a ella le podían quitar la licencia y hasta meterla en prisión si sospechaban que esas ideas podían haber sido inculcadas por algún miembro de su familia. ¡Alabao! Cuando volvían al cabo de tres o cuatro días, supuestamente a tomar un cafesito, yo seguía en mis trece, porque es que hay cosas que una no se puede callar. A pesar de lograr ser más sutil en mis comentarios anti-revolucionarios, Barby me volvía a leer la cartilla y terminaba bromeando diciéndome que el Partido me iba a botal del pueblo y de Cuba, para siempre.

Aunque Milquinientos es inspector de vivienda, y generalmente su tarea diaria se limita a pasar por las casas revisando los fríos y tomándose el café de rigor, también pone multas a los jineteros y jineteras. Las jineteras del Bosteso se cambian de acera cuando le ven venir a lo lejos, a eso de las doce del día. Nunca se "parquean" demasiado cerca de la parada de Viazul, aunque siempre van las tres juntas y su objetivo es más que obvio. Una vez recogen sus equipajes, los turistas se van desperdigando hacia norte, sur, este y oeste, generalmente sin rumbo, pues la mayoría no trae ninguna dirección. Viñales suele ser uno de los primeros destinos del turista después de La Habana, pues está relativamente cerca, a tan sólo unos ciento sesenta kilómetros y el Valle tiene muy buena fama. De modo que el pobre yuma llega generalmente sin haber adquirido todavía la suficiente experiencia en sus relaciones con este "tipo" de jineteros. Con su mochilón al hombro y un tanto aturdido, se ve de repente rodeado por un grupo de señoras cubanas que le hablan bajito. Algunos entienden, otros no. Algunos pican, otros no. El turista no sabe que si sigue andando, él solito, fácilmente encontrará una casa donde poder hospedarse por tantos días como quiera y que le resultará mucho más barata que si va acompañado de estas señoras tan simpáticas que se han ofrecido a llevarle hasta ella. Las jineteras del Bosteso llegan a pescar hasta tres y cuatro turistas diarios en las cercanías de Viazul. Por cada turista, o pareja, cobran cinco dólares de comisión al día. Hay días que, por algún motivo, no pica ningún yuma y entonces las ves volver decepcionadas y desesperadas porque quizá contaban con esa comisión para poder comprar un pollo mañana en la chópin.

A pesar de que para las autoridades cubanas estos jineteros están cometiendo un delito, a mi, ésta, me parece una forma legal y honrada de ganarse la vida. Estas mujeres y otros jineteros no tienen otro medio de sobrevivir con un poco de dignidad. Al menos su objetivo es claro y limpio. Sin embargo, no opino lo mismo de otros tipos de jineteros.

Después de ser salvajemente timadas por el taxista que nos trasladó desde el aeropuerto hasta la casa particular en La Habana y acomodar nuestras cosas en la habitación, decidimos ir a darnos un garbeo por las cercanías, pues estabamos en plena Habana Vieja, entre el Malecón y el Parque Central. A pesar de habernos duchado y cambiado, la cara de turistas no nos la quita nadie de momento, así que de repente, nos vemos avasalladas a diestro y siniestro, (el repelente de mosquitos no sirve en estos casos), esta vez por jóvenes que nos saludan o piropean a nuestro paso y a los cuales no prestamos demasiada atención. Aunque no tenemos experiencia, ya nos sabemos la teoría, que hemos leído en nuestra guía de viaje. Creemos que nos lo sabemos todo. Todavía nos recuerdo con esa falsa seguridad al caminar por la avenida. Nos recuerdo diciéndonos la una a la otra que no debemos hacer caso a los que se nos aproximen con intenciones desconocidas. "Tú no te pares. No te pares, que se nos enrollan". De este modo, y muy orgullosas de nosotras mismas, conseguimos llegar sanas y salvas hasta un pequeño centro comercial lleno de chópin, donde cometo el craso error de hacerle una pregunta inocente a una muchacha de gran tamaño. Ni siquiera hemos sido pescadas, sino que hemos saltado fuera del agua y dentro del bote sin necesidad de anzuelo. Margarita es un nombre que no le pega nada a semejante pedazo de negra y me hace mucha gracia recordarla, a pesar de haber sido timada, o jineteada, por ella. No sólo es increíblemente grande, sino imponente, poderosa. Frente a ella, me siento chiquita y blancucha. Definitivamente, a quien se le ocurriera llamarla así, no imaginó por un momento cómo Margarita sería en el futuro; de haberlo adivinado, le habrían puesto Ramona, o Bernarda. Margarita nos cuenta mil historias sobre la situasión, nos da una relación exhaustiva de lo poco que se incluye en su cartilla de racionamiento, nos embauca, en definitiva, y nos jinetea un kilogramo de leche en polvo para su pobre hijo, pues lo que le dan con la cartilla no es suficiente para el mes. Más tarde, en Viñales, nos enteramos de que este truco es muy conocido y que los jineteros venden luego la leche a precio de oro, aunque no tan caro como en la chópin. Total, a ellos les ha salido gratis. Después de darnos su dirección, asegurarnos que su casa es la nuestra, y conseguir su objetivo, Margarita se despide con cara de resignación pero agradecida por nuestro gesto de generosidad para con su hijo. Mi amiga Amanda y yo comentamos con tremenda tristeza su situación y la de todos los cubanos (la situación) durante un buen rato mientras seguimos caminando frente al Capitolio y sacudiéndonos jineteros de encima constantemente.

Recuerdo el impacto que las historias de Margarita nos causaron, pues nunca había imaginado cosa semejante. A pesar de todo lo que nos cuentan y de la información que llega a nuestras manos, es imposible hacerse una idea de cómo es este país sin haberlo experimentado. Ya se que eso ocurre con todos los lugares, pero también se a ciencia cierta que no diría lo mismo de Alemania, o de Australia, o incluso de Japón. Cuba es un choque cultural extremo e inigualable. Acostumbrada al capitalismo a lo bestia de Inglaterra y al consumismo galopante que se estila en el mundo occidental, llegar a Cuba es como entrar en otra dimensión. Quizá se podría comparar, como mucho, con volver atrás en el tiempo. Por ejemplo, a la España de la posguerra, y no en todos los aspectos. Margarita nos dió una idea de cómo estaban las cosas, pero aquella idea era minúscula en comparación con lo que nos quedaba por aprender, por ver, por experimentar. Cuando Amanda se marchó de vuelta a Ciudad de México, al cabo de un mes, ella tenía una buena idea general de Cuba. Con un poco de interés, en cuatro semanas se pueden aprender muchas cosas sobre un país. Así que yo, que no sólo he vivido en Cuba, sino que afortunadamente he vivido casi como una cubana, me siento privilegiada por haber tenido la oportunidad de conocer el modus vivendi cubano en profundidad. Creo.

Quizá piense el lector que, al estar racionados los artículos de primerísima necesidad, éstos están siempre disponibles en las llamadas bodegas. Más bien todo lo contrario, al menos en las provincias. En las bodegas de La Habana, por ser la capital, los cubanos encuentran generalmente lo que buscan: cinco libras (dos kilos) de arroz por persona al mes (que, teniendo en cuenta que es la base de la alimentación en Cuba, no da ni para empezar), media pastilla de jabón cada seis meses, bisteses de res, yogur, leche (exclusivamente para los niños y los ancianos), frijoles, viandas etc. Quizá no esté recordando bien las cantidades exactas de racionamiento, pero mi objetivo no fue nunca aprendérmelas de memoria. En las provincias, sin embargo, las bodegas están vacías. Cuando llega algo, como el yogur o una lata de jureles, o la carne de res, o el picadillo de soya, la voz se corre desde el amanecer por todo el pueblo, y las colas, y las esperas, son interminables. Recuerdo el día que llegó picadillo de res y yo estaba observando la cola desde el bar frente a la bodega. Ví llegar a Minimedio, como yo la llamaba, aproximadamente a la una de la tarde. A las cuatro, cuando yo me iba, aún no le había llegado el turno. La única ventaja de vivir en una localidad pequeña es que casi siempre tienes frutos de tu propio jardín, como la toronja (pomelo en castellano), la guayaba, el limón, el plátano e incluso algunos tienen un par de matas de café, aunque en realidad no da para mucho. Sin embargo hay artículos de primera necesidad que parece que a los pueblos nunca llegan. Así ocurre con las papas, la carne de res o el jabón, por poner sólo unos ejemplos.

Margarita nos jineteó de mala manera, pero también nos dio nuestra primera lección sobre la situasión y nos ayudó a empezar a aprender cómo funcionan las cartillas y las bodegas. Hacía solamente minutos que habíamos despedido a Margarita, y ya íbamos a recibir nuestra segunda lección, pues mientras Amanda y yo compartíamos nuestra frustración frente a semejantes injusticias ante la mirada imponente del Capitolio (y de unas cuantas docenas de jineteros al acecho) Edel y Armando se nos presentaron con la excusa de que tenían un par de cartas para amigos españoles. Fue entonces cuando por primera vez oí pronunciar mi nombre en cubano. Acostumbrada a que los ingleses se empeñan en llamarme Estelle, cuando pronuncio mi nombre en castellano, pensé que a Armando le estaba ocurriendo algo parecido.

"Ehtel, encantado"

"No, no. Es Estherr, con erre al final"

"Sí, Ehtel"

"Nada, que este no se entera", pensé.

Al ocurrirme una cosa así tan al principio de mi estancia, me preguntaba yo si, a pesar de hablar el mismo idioma, no me iba a entender con los cubanos. Lo cierto es que hay veces que parece que hablen en clave, porque no hay quien les entienda. En varias ocasiones me he fijado en conversaciones donde entendía todas las palabras y sin embargo no tenía ni la más remota idea de lo que estaban hablando. El caso es que estos dos muchachos querían asegurarse de que entendíamos todo lo que nos decían, así que ahí no tuvimos problemas, salvo el percance de la pronunciación de mi nombre, que rápidamente entendí, cuando me di cuenta de que intercambiaban la erre por la ele constantemente.

No recuerdo cómo nos sedujeron para llevarnos al barrio chino a tomar algo. Tengo que aclarar que, aunque nos jinetearon un par de mojitos e intentaron, sin éxito, engatusarnos falazmente para que saliésemos juntos al día siguiente, pasamos un rato agradable con ellos el resto de la tarde y aprendimos mucho. Incluso nos llevaron a conocer la casa de Fresa y Chocolate, donde pasamos un buen rato hablando de, por supuesto, la situasión.

A la mañana siguiente nos propusimos firmemente no dejarnos ligar por ningún jinetero como la tarde anterior. Por muy extraño que parezca, lo conseguimos. No nos dejamos ligar. Como estabamos convencidas de que todos los jineteros, lo que intentaban era enamorarte, creímos que Roberto Carlos, que era un hombre de aspecto serio, de unos treinta y pocos años de edad, felizmente casado y catedrático de la Universidad de La Habana, era alguien con quien quizá sí podríamos establecer una amistad o una relación "segura", nada de ligoteos. No parecía tener ningún interés en nosotras como yumas, sino solamente en hablar abiertamente sobre… efectivamente, la situasión. Nosotras estábamos encandiladas por ese magnetismo especial que Roberto tenía, esa conversación fluída e interesante que nos dejaba boquiabiertas. No nos importó invitarle a un par de mojitos o tres mientras nos instruía versadamente acerca de la historia, pasada y presente, de Cuba. Incluso sabía de memoria la última carta que Ché Guevara dejó para Fidel cuando el primero se marchó de Cuba. (Más tarde averiguaría que a todos los niños les obligan a aprender de memoria poemas, cartas, canciones y discursos en la escuela, y son machacados con esta "literatura" a diario). Sus palabras sobrecojedoras me emocionaban tanto que los ojos se me llenaban de lágrimas. Lo único que podía hacer al respecto era disimular y hacer como si algo se me hubiese metido en el ojo.

Al final de la tarde Amanda y yo estabamos agotadas, por la cantidad de información recibida, la cantidad de sentimientos que esa información nos había provocado, la sensación en el pecho de que te va a estallar, no se si de horror o de lástima o de ternura o de ira. A pesar del cansancio, accedimos a la petición de Roberto Carlos de un pollo frito; él sabía dónde. Le estábamos esperando en la calle mientras él usaba el servicio, cuando se nos acerca una muchacha blanca pidiéndonos que la acompañemos a la chópin a comprar leche para su hijo, que la necesita. Yo recordé que alguien nos había dicho que (mentira) a los cubanos no se les permitía la entrada a las chópin. Seguramente Margarita. La muchacha parecía encontrarse en un estado de nerviosismo agudo, estaba exaltadísima. Hablaba muy deprisa y sus movimientos, sumamente inquietos, eran casi como espasmos epilépticos. Ahora se que, una de dos: o era teatro para que pensásemos que estaba desesperada por su hijo, o necesitaba actuar con suma rapidez para no ser sorprendida jineteando por la policía o algún vigilante de los CDR. Negamos con la cara y con los ojos, diciéndole que lo sentíamos, pero que estábamos esperando a un amigo y no podíamos desaparecer así, de repente; con tan mala suerte, que en ese momento aparece Roberto. Muy apurada, le echa una mirada rápida y nuevamente nos pide que vayamos con ella, que él es amigo suyo y también puede venir con nosotras, a lo que Roberto asiente. Así pues, pensamos que no perdemos nada por simplemente acompañarla, para que ella compre la leche. La muchacha se cuelga del brazo de Amanda, y Roberto y yo vamos hablando detrás de ellas, de manera que finalmente sólo Amanda y la muchacha entran en la chópin. Para cuando Amanda salió, yo estaba envuelta en lágrimas; Roberto consolándome; la muchacha, más feliz que unas castañuelas (le habían pagado tres kilos de leche); y Amanda alucinada y preguntándose cómo había ocurrido aquello. Tienen un don especial para embaucar y ofuscarte de un modo que lo raro sería no caer en sus redes. El timo no fue lo peor de todo, sino que Amanda descubrió más tarde, y no por él, que Roberto nos había mentido: no conocía de nada a la muchacha.

Con los primeros jineteros enamoradores, ambas éramos conscientes de las intenciones de nuestros acompañantes, estábamos alerta. A pesar de ello nos sentíamos frustradas por el hecho de empezar a reconocer que nos iba a ser muy difícil hacer amistades genuínas y sinceras en Cuba. La sensación que se tiene ante el simple hecho de saber que quien entabla una conversación contigo, lo hace solamente movido por el interés, es de frustración y de impotencia. Pero es que Roberto Carlos nos dejó heladas. Al conocerle volvimos a creer en la sinceridad de la gente en Cuba. Fue como despojarnos de un falso susto inicial. ¡Uf! Por eso el bofetón que recibimos de él, fue incluso más duro y nos dejó la moral por los suelos. No podíamos dejar de pensar que no puedes confiar en nadie, que tienes que sospechar de todo el que se te acerca, que el jinetero está al acecho. No te puedes permitir el lujo de confiar plenamente en esa amistad "sincera" que te están ofreciendo, pues piensas que esa persona va tras algo que tú tienes y ella no. Ya sea una cerveza Cristal, un pollo frito en un restaurante de dólar, unas vacaciones por Cuba o un pasaje fuera del país. Entonces te pones a analizar y te sientes incluso peor, porque en realidad son gente encantadora y de conversación agradable, y en otro lugar del mundo, disfrutarías al hacer esos lazos de amistad. Sin embargo, en Cuba, has de decidir entre comenzar una relación con desconfianza, (con un jinetero por lo general, pues son los que más se te acercan) o no hacerlo en absoluto para asegurarte de que no acabará en una decepción. Tú eliges. Y… no eh fasil.

Estos son los recuerdos que tengo de La Habana. Estos, y el de un llanto desconsolado a diario. Yo creo que Amanda estaba asustada o sospechaba que me iba a derrumbar allí mismo, al principio de nuestro maravilloso viaje. Sin embargo, pronto se arreglarían las cosas, pues esa misma noche, la segunda en La Habana, tomamos la decisión de marcharnos al día siguiente. A Viñales.


"Guau, tía. ¿Te has fijado en el paisaje? Esto es precioso".

Lo cierto es que yo había venido la mayor parte del camino dormida en el autocar. La pregunta me activó de nuevo el cerebro y al mirar por la ventana observé la hermosura del valle. El pueblo todavía no se veía. En menos de diez minutos, allí estábamos, con nuestras mochilonas al hombro y explicando a las jineteras que (mentira) ya teníamos una dirección. Gracias. Sonrisa. Ojos en blanco.

No se por qué no hemos de fiarnos de los cubanos y sin embargo, se nos acerca un turista y a él sí le hacemos caso. ¿Coleguismo entre yumas? ¿Hermandad de extranjeros unidos? ¿Solidaridad turística? En realidad este inocente yuma también nos estaba jineteando, aunque sin comisión. Sus intenciones eran de lo más honestas, pues tan sólo pretendía pescar algún turista para alojarlo en la casa de donde él se iba ese mismo día. El australiano que más tarde conoceriamos como Luis, el Koala, nos explicó dónde estaba la casa con un castellano bastante bueno: "Bahas po esta mima caie y e la primera ara dereya. Yio tengo ahora que hasé una cosa y yio os vio ayi pues en sinco minuto". En realidad no nos acompañó porque si le cogen llevándonos a la casa, le habrían quitado la licencia a Barby. Esa es otra de las infracciones. Si alguien acompaña a un turista hasta una casa particular, el arrendatario pierde la licencia y paga una multa; y el jinetero también es sancionado. He sabido de arrendatarios que han perdido la licencia por culpa de jineteros descaraos que, sin tener permiso del arrendatario o incluso habiéndole pedido expresamente que no lo haga, escoltan a los turistas hasta las casas de alquiler. El jinetero sólo se arriesga a pagar una multa, mientras que hay ciertos arrendatarios que se niegan a arriesgar su licencia por asegurarse el alquiler, y a pagar la comisión exigida por los jineteros.

Como a unos treinta metros antes de llegar a la casa, nos encontramos de sopetón a una negra prieta con una gran sonrisa blanca, los brazos abiertos como con intenciones de darnos un gran abrazo, ojos centelleantes, grandes tetas y un buen culo respingón.

"¡Hola-amigas!", nos grita, como si pensara que somos sordas, o como si nos conociera de toda la vida.

"Hola…", contestamos ambas tímidamente, preguntándonos quién es este elemento, que en el fondo ya nos ha conquistado.

"¿Casa particularr?". Fuerza la erre.

"Pues… es que ya nos han hablado de la casa de Barby y vamos para allá…", contestamos.

"¡Claro! Mira: es esa de allá", dice señalando una casita de color azul. No nos acompaña.

En el portal hay una señora rolliza vestida humildemente con una saya que le llega casi hasta los tobillos y un pulóver de color azul marino que deja ver sus fuertes, rechonchos brazos. Me imagino que tendrá unos cuarenta y tantos años. No me podía imaginar que ésta fuese la tal Barby. Como con Margarita, el nombre de Barby no se ajusta en absoluto a la imagen de ésta mujerona. Se presenta: "Yo soy Babby". Sus ojos nos sonríen amablemente. Tiene un cigarro sin boquilla entre los dedos, y yo me alegro ante la visión, pues eso me confirma que se podrá fumar en la casa. (¿Dónde no se puede fumar en Cuba?). Por su sonrisa, su porte, sus ojos, Barby se me asemeja a una guayaba con patas. Redondita por fuera y dulce por dentro. Después de ver la casa y la habitación, acordamos el precio y decidimos quedarnos. Barby nos muestra lo que ellos llaman patio, pero que a mí se me asemeja más a un jardín botánico, repleto de frutos exóticos de la tierra, y de tal variedad de vivos colores y fragancias que a una le empieza a dar vueltas la cabeza, se le ofuscan todos los sentidos y le da la impresión de que se va a desmayar. Una vez recuperadas del mareo, y de nuevo en el interior de la casa, más fresquita, Barby nos ofrece un jugo de guayaba (precisamente) y Amanda acepta encantada, mientras que yo se lo agradezco con un "No, gracias. Es que yo no soy de tomar zumos y eso". Amanda insiste en que tengo que comer fruta y beber zumos porque es muy sano, así que, ante su insistencia por cuidar de mi dieta y mi salud física, finalmente accedo a tomar el jugo más delicioso que he probado en mi vida y pido otro, acto seguido. Durante nuestra estancia en la casa llegué incluso a dejar a Amanda sin jugo de guayaba una mañana, pero porque sabía que Barby se disponía a hacer una jarra entera, no porque sea una buitre. También durante nuestra estancia, averiguamos que Barby no tiene cuarenta y tantos, sino treinta y siete años. Esta facilidad para equivocarnos en la edad, sobre todo de las mujeres, no es un caso aislado y termina por indicarnos que por lo general, la mujer cubana aparenta unos años mayor de su edad real, supongo que debido al nivel de vida. Las niñas dejan de serlo mucho antes que en el mundo al que la mayoría de nosotros está acostumbrado. Es como si la infancia les durase una décima de segundo y se vieran de repente inmersas en tareas y responsabilidades que en realidad no les pertenecen todavía.

Una vez engullidos los jugos de guayaba, Barby nos explica que Zenaida (pronúnciese Senaida) es la cocinera de la casa y también la que lleva las cuentas y la que nos tiene que apuntar todos los días en el libro. Más tarde nos enteraríamos de que el trabajo que Zeni hace en casa de Barby, también es ilegal, pues en Cuba no se pueden contratar servicios, a no ser que sea por medio del estado. En eso, la negra prieta de la sonrisa profidén con la que nos habíamos topado unos minutos atrás, atraviesa el comedor hasta nosotras, marcándose unos pasos de salsa, que yo jamás había visto bailar con tanto salero. Después de darnos unos abrazos de bienvenida, se sienta con el libro de arrendatarios a la mesa mientras, entre risas y bromas, nos pide los pasaportes y comienza a rellenar. El ambiente es tan familiar y acogedor que Amanda y yo estamos abrumadas, no nos podemos creer lo que nos está pasando. ¿Será el jugo de guayaba? ¿O el olor del café recién tostado? Con Zenaida reimos, bromeamos, incluso tímidamente bailamos, mientras termina de anotar nuestros datos en el libro, labor tediosa. A pesar de ser negra, prieta, o negra prieta, para mí Zenaida es roja. Zenaida es la salsa en persona. Ella detesta el color rojo, pero este es el color que la representa. Roja, ardiente, risueña, sabrosona. Barby, como una guayabita en dibujo animado, ríe con nosotras y observa de pie, cerca del quicio de la puerta de la cocina. Conversamos las cuatro durante largo rato hasta que llega Omar, marido de Barby y dueño del negocio. No tardamos en darnos cuenta de que también es un simpático bromista al estilo cubano (¿será así de relajado todo el mundo fuera de La Habana?). Omar lleva una gorra de béisbol, ya vieja, que cubre su calvilla. Al ser de mediana estatura y delgadito, al principio sorprende ver en su pecho y brazos esas fibras musculosas, que no provienen de un gimnasio, ni de los esteroides. El tono de su piel es el de aquella que ha sido dorada por el sol, poco a poco, día a día. Más tarde podría comprobar que ésto era tan sólo de cintura para arriba: un día le ví las canillas y eran más blancas que las mias. En definitiva, Omar es todo lo contrario a Barby en lo que al físico se refiere, pero hacen una excelente pareja.

Después de conversar todos durante un rato, Amanda y yo decidimos salir a dar una vuelta, a ver qué vemos por ahí y sobre todo para poder comentar a solas las dos horas anteriores. Nos sentimos henchidas de placer ante la tremenda acojida, de lo cual no cesamos de hablar totalmente entusiasmadas, mientras caminamos sin rumbo bajo el sol implacable de media tarde, hasta las afueras del pueblo.

Antes de salir, Zenaida nos advierte que los jineteros están al acecho y que les reconoceremos porque nos preguntarán la hora. Efectivamente. El primero en acercarse es Yosvani (que ellos pronuncian Yoffani).

"Peddona, ¿me puede desil la hora?"

Amanda me mira con una sonrisa maliciosa antes de decirle que son cerca de las cuatro. Yosvani intenta entablar conversación preguntándonos que de dónde somos, que si queremos ir esta noche con él al Palenque, que si nos tomamos algo en ArtEx. Nos deshacemos de él rápidamente, no se cómo, y nos encontramos con Abel. Tres cuartos de lo mismo. Jineteros, jineteros.

Los primeros días nos las arreglamos muy bien para entablar conversación con la gente, sin miedo a ser jineteadas. Esto, definitivamente, no es La Habana. Podemos ir por la calle tranquilamente, que ni los Yosvanis ni los Abeles nos molestan. Decidimos quedarnos unos días más de lo que habíamos planeado. Conocemos a otros turistas españoles, a cubanos cercanos a Barby y compañía, hacemos excursiones por los alrededores por el día, bajamos al bar por la noche, en la casa hay armonia y felicidad, se nos trata casi como si fuéramos de la familia, y todo es maravilloso en el Valle de Viñales. Tralará-lará. Decidimos extender aún más nuestra estancia, hasta que terminen los Carnavales de Viñales.

Justo la noche antes de comenzar los Carnavales, Amanda conoce a Ariel y yo salgo con Tony. Lo de Tony, estoy segura que ha sido una artimaña de Zenaida, que ha oído mis comentarios sobre él. "¡Mmm! Que bbuenosta" y todo eso. Zeni me asegura que Tony no es jinetero, que es un chico muy formal y serio (y tan serio) y muy buena persona. No, si se le ve. Toca el contrabajo en el Hotel La Ermita todas las noches menos la del sábado. Como la carretera de La Ermita comienza donde termina Adela Azcúy, la calle donde está situada la casa de Barby, Tony pasa todos los días por allí antes de subir, a eso de las siete de la tarde, cuando Amanda y yo estamos tomando el cafesito de después de comer, o sea, cenar. Comemos tan pronto porque nunca almorzamos, no es que seamos unas vacas. Este negro prieto, cachas, altísimo, de ojos almendrados y labios carnosos, me tiene loca desde que le ví por primera vez y cada día se queda más rato. Me pregunto si le gustará Amanda. No se cómo, me entero de que la afortunada soy yo, y una tarde salgo a tomar una cerveza con él al Torres. El mismo día que Amanda conoce a Ariel. Amanda ya le había echado el ojo y es que también la tiene lo-qui-ta. Pero Ariel tiene un pequeño problemilla: que es jinetero. Y uno de los más "jineteadores", sexys y ligones de todo Viñales. La verdad es que esta muy bueno el Ariel éste.

Esa noche, yo me aprieto a Tony en el murito de ArtEx, mientras Amanda, dentro del mismo local, se deja enseñar salsa, muy bien enseñada, por Ariel. No, literalmente lo de la salsa.

"¡Cómo baila!", me asegura Amanda al día siguiente boquiabierta y con los ojos como platillos. "Bueno, bueno. ¡Y cómmo besa! Me encanta. ¡Me encanta!". Nada más terminar de decir esto, cae en la cuenta de lo que ello significa, y como señal de ello, se pone la mano en la frente y rellena los mofletes de aire, que poco a poco va expirando. Mi preciada amiga se encuentra en una encrucijada. L'encanta - l'encanta, ¡pero es que es un jinetero! Finalmente decide, menos mal, que no va a dejar que las cosas sigan su curso normal, porque si lo hace imagina que acabará colándose por él o algo por el estilo. Efectivamente, Ariel no hace más que intentar seducirla con todas las armas que tiene, y algunas más, pero Amanda es firme en su decisión y no cae rendida ante sus encantos, que no son pocos.

Como decía antes, no es fácil elegir, o decidir. Sobre todo para los turistas que pasan diez o quince o incluso treinta días aquí. ¿Cómo puedes llegar a conocer, en un mes, las verdaderas intenciones de una persona de la que sospechas desde el principio, aunque no te haya dado motivos para ello? Lo mejor es no atarse emocionalmente a nadie. Pasarlo lo mejor que se pueda y quizá anotar un par de direcciones.

Me sorprende la insistencia con que los cubanos te ofrecen su dirección para que les escribas. Muchos esperan que vuelvas y les localices, muchos que les envíes un paquete, otros que les envíes copias de las fotos (generalmente para especular: "Este es mi amigo del yuma ") o simplemente que les escribas para tener noticias de tí. El ambiente en el que el turista se desenvuelve en Cuba es el propicio para anotar direcciones y prometer escribir a todo quisqui. La mayoría de los turistas terminan su viaje con decenas de papeles sueltos con direcciones de gente que, probablemente, nunca ocupará una línea en sus agendas. El turista regresa a su hábitat tras unas hermosas vacaciones y lo primero que hace es tirarse en el sofá a pensar en lo deprimido que está porque tiene que volver a trabajar. De repente, días después de su regreso, se va encontrando una serie de papelitos que, ni sabe de dónde provienen, ni reconoce los nombres escritos en ellos, con alguna rara excepción:

"¡Aaaah! Este era el chico que nos llevó a cenar a aquella paladar tan barata. ¿Te acuerdas? ¿Que luego nos tomamos unos mojitos con él, y quedamos para que nos llevara a la playa de Equis al día siguiente…?"

De modo que, al final, todos los papelitos acaban en la basura o, como mucho, arrugados al fondo del baúl de los recuerdos. Algunas de estas direcciones fueron adquiridas tan sólo ante la insistencia de un "amigo" con quien el yuma compartió un rato en la parada de la guagua, o una conversación agradable mientras caminaba por la calle. Otras, las escribe porque se encuentra exaltado, borracho de emoción, o, simplemente, borracho. El ambiente es el propicio, pues todo el mundo es maravilloso, Fulanito y Menganita se han portado de puta madre con él, el paisaje es bellísimo, y el turista se siente eufórico y feliz, y puede prometer y promete, que escribirá. Que escribirá regularmente. A menudo. Todos los meses. Todas las semanas. Y les mandará copias de las fotos. Y les llamará por teléfono. Una vez al mes. Por lo menos. En ese momento se lo cree. Pero en cuanto el pobre turista regresa a su ambiente y a su rutina diaria, y si con suerte, todavía le queda algún papelito con una dirección de alguien a quien sí recuerda, la emoción que sentía en aquellos momentos de éxtasis se queda en nada, ante la tremenda pereza de ponerse a escribir una carta. ¡Y a mano! Tal-looco!

"Jo, si tuviera e-mail…"

Muchas de las direcciones que anotas son de jineteros mondos y lirondos. Esperan haberte enamorado o que te hayan gustado al menos; y esperan contacto de cualquier tipo. Si no hay contacto con alguien del yuma, sus esperanzas de libertad se ven reducidas al conjunto vacío.

Amanda anotó la dirección de Margarita, y la de Roberto Carlos, y la de la otra muchacha. Sí, la que nos jineteo dieciocho dólares de leche en polvo. Pero ambas sabemos que estos nunca recibirán una carta nuestra. A lo largo de nuestro viaje por Cuba, me refiero al mes que estuvimos juntas, anotamos docenas de direcciones, de las cuales creo recordar que conservo tres. De éstas, una es de una pareja de madrileños, otra de un señor muy agradable, pero al que se que no voy a escribir, y la otra de Armando, a quien de vez en cuando sí enviaré una postal, sea desde el Valle de Viñales, desde las húmedas tierras de la Gran Bretaña o desde la árida meseta madrileña.

Armando fue uno de los pocos desconocidos que de verdad nos ayudó desinteresadamente, y cuando lo necesitábamos. Porque hay muchos que insisten en ayudarte cuando no lo necesitas. Unos para protegerte (sobreprotegerte) y otros para empezar el jineteo con un favor que ni siquiera necesitas. "Que no, de verdad, yo te lo agradezco igual. Pero puedo ir sola. Gracias, ¿eh?". A Armando le conocimos en la guagua de Baracoa a Moa y en ningún momento intentó timarnos, jinetearnos, ni contarnos historias tremendistas sobre la situasión. Cuando nos despedíamos en una calle mojada de Holguín, fuí yo la que quise pedirle su dirección. Pensé que qué menos que una postalilla de vez en cuando, en señal de agradecimiento por su ayuda y amabilidad. Le he escrito un par de postales desde Viñales y me he sentido muy bien al depositarlas en el buzón. Al menos al ver las postales podrá comprobar que no me he olvidado de él. Es lo menos que puedo hacer. A pesar del poco tiempo que pasamos con Armando, el recuerdo que de él conservo, tiene más importancia para mí que el de, no se, Pito, por ejemplo. El jinetero gay que conocí en Viñales y con quien compartí muchos momentos.

La labor diaria de Pito se limita a dar paseos por la calle de día y bajar al bar por la noche. Bueno, en realidad, esta ocupación es compartida por la mayor parte de la juventud viñalera, lo cual me parece muy respetable. Sin embargo, Pito es de los que me veían en el bar con mi amiga Made, y se pegaba como una lapa para ver si le caía, de mi bolsillo, una cerveza Cristal o un Havana Club. Jinetero sutil de día y a lo bestia de noche. Si no logra hacer dinero o que el turista (al que se va a pisar) le pague unas cuantas birras, tiene otra ocupación aparte de la de jinetero: también se dedica a robarle lo que pueda a quien pueda, incluyendo a sus amigos. A Made recientemente le sisó quince dólares, (¡quince dólares!) del bolso, que además no eran de ella, sino de nuestra amiga Lubia. O sea, encima de jinetero, chorizo. Yo ésto no lo supe hasta estar metida ya de lleno en la vida de Viñales y de sus jineteros. La mayor parte de mis amigos lo son, aunque no les gusta reconocerlo.

Como ya he dicho antes, a pesar de la insistencia de Ariel en enamorarla, Amanda resistió la tentación de jamás volver a caer en sus brazos después de aquella noche. A pesar de una gran insistencia, a la que no es difícil sucumbir, a juzgar por las innumerables conquistas de este tremendo descarao, que a pesar de ser un caradura, he llegado a estimar tras mi larga estancia.

Ariel. Jinetero profesional. Cuando regresé a Viñales sola, después de nuestro viaje alrededor de la isla, al cabo de dos semanas, Ariel me preguntaba por Amanda. Más tarde, después de adquirir confianza conmigo, se refería a ella delante de mí, haciendo comentarios acerca de un amor que tenía perdido por México, muchas veces en presencia de sus próximas víctimas. Le encanta alardear de todas las novias que tiene en el yuma, y más cuando está jineteando a alguna muchacha. Tiene un éxito espantoso, (a mí me parece espantoso) así que, aparentemente, este truco le funciona, entre muchos muchos otros, me imagino. Ariel es como el Drácula de Bram Stocker: por un lado, un cielo del que cualquiera se enamoraría y por otro, un simple murciélago que sólo pretende chuparte la sangre. Debido a mi larga estancia en Viñales, y a que parece que cambia de personalidad cuando solamente te relacionas con él como amigo, al final llegué a hacer cierta amistad, aunque superficial, con Ariel. Compartimos muchas veces; supe de sus líos amorosos, por llamarlo de alguna manera, porque para mí que este chico nunca ha estado verdaderamente enamorado, a diferencia de Drácula; conocí a tres de sus novias, y un día hasta me confesó que él piensa que nunca le gustará ninguna yuma tanto como le gustan las cubanas, pero que hacía mucho, mucho tiempo, que no había estado con una. En el fondo, pero muy en el fondo, este jinetero no es tan mal chico, sólo está desesperado por que una yuma le saque del país. Es una criatura que por naturaleza necesita la sangre para sobrevivir, como muchos otros jineteros y jineteras. Pero Ariel es el más desalmado de los que hay en Viñales, porque la mayoría de las yumas que van a parar bajo su capa, son tan zopencas, que se enamoran de él perdidamente. Una de sus ex-novias estuvo hospedada en casa del Pipy mientras yo estaba allí. Barbara es canadiense (y por eso va sin acento) y pasa seis meses al año en Cuba. Esta última vez llegó con un jinetero prieto, prieto, que me da a mí, que no la soporta, pero todo sea por la causa. Yo tampoco la soportaba y tenía que compartir el cuarto de baño con ella. Dejó a Ariel el año pasado porque, al parecer, una noche la abofeteó. También conocí a Sandra, una francesa que está muerta con &ea

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