No sé si exista ejemplo alguno en la historia universal, donde los perdedores traten de imponer condiciones a los vencedores, puede que sí. Perdedores digo y no hace falta profundizar demasiado en una explicación que consumiría el espacio dedicado a exponer mi criterio. ¿Qué no hemos perdido a lo largo de cincuenta y dos años? Todo lo extraviado nos coloca cómodamente en la posición del perdedor o vencido, no nos ceguemos. ¿Le impone condiciones el siervo a su rey? ¿Lo hace el esclavo con su amo? ¿Existe alguna diferencia entre ellos y nosotros? Creo que no.

Osvaldo Payá lanza a la palestra otra de sus creaciones, su nueva obra lleva por título “El camino del pueblo”. Muchos en ese desespero existente ante la inmovilidad que impera desde hace medio siglo, se apuran en firmar sin leer con profundidad el mensaje enviado. Su primer guión escrito para el teatro cubano se llamó “Proyecto Varela”, abiertamente excluyente y que provocara el rechazo de gran parte de la comunidad cubana en el exterior. La nueva obra puesta para nuestro consumo no excluye a nadie, peca de ser integrista al extremo de invitar a nuestros verdugos a sentarse en una mesa a “dialogar”. Esto no lo he inventado yo y saco de contexto el siguiente párrafo:

La peor suerte vivida por el pueblo cubano, no resulta de la consideración de su máximo dirigente, hoy en retiro por senilidad, donde imaginaba encontrarse al frente de un país habitado por idiotas. Si desagradables y humillantes resultaban aquellos kilométricos discursos, donde trataba tema tan banales que corresponden a comadres de solares. Y no fueron pocas esas ocasiones donde un “primer ministro” tan cazuelero, empleara, no solo su tiempo, sino que ocupara todos los medios de comunicaciones del país para explicar cómo se distribuiría la cerveza, cualidades de los zapatos plásticos, funcionamiento de las ollitas de presión, fabricación de blúmers a partir del bagazo de caña, etc. y etc. Hoy, su prensa, manipulada por elementos que se desarrollaron en ese miserable ambiente, no puede ocultar su convencimiento de que efectivamente, tratan con una manada de imbéciles, razones sobran.
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