Escrito por José Luis Amieiro
Publicado el 07 Octubre 2011
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No soy creyente, más de una vez lo he afirmado, soy ateo. Pero muy dentro de mí subyace un gran respeto hacia todas las religiones y sus ritos.

Hace unos días hablé sobre el arraigo del sincretismo religioso en la isla. En muchas ocasiones rozo el tema y no lo trato en profundidad para no agotarles, y que sin embargo, pasen un rato ameno y divertido

Pero ahora les voy a contar una historia que me marcó de por vida. Es seria y les ruego que lo tomen con seriedad, pues cuando la lean comprenderán por que lo digo.

Yo tenía 18 años, poco más o menos. Vivía en un barrio pobre de la periferia de la capital, El Calvario. Un reparto de casitas achatadas, remendadas, vetustas y calurosas. En ese barrio nací y me crié. Entre lomas y hierbazales, montando caballos robados y jugando pelota al duro y sin guante.

Pues yo tenía esa edad, 18 años, cuando ocurrió el siguiente hecho:

Era un día de intenso calor y me había sentado en el portal junto a mi madre. Cada uno tenía su taburete. Ella se sentaba recta, muy recta. A mi me gustaba reclinarlo y recostarlo a la pared de madera. El sol estaba en lo alto y pegaba duro, muy duro. No hablábamos. Nos agradaba pasar las horas mirando a la calle. De vez en cuando pasaba un vecino y saludaba. Nosotros contestábamos con monosílabos.

En la casa de al lado, en su portal jugaba una niña. Tendría unos cuatro años, más o menos. Rolliza. Se arrastraba por el suelo, cayéndole atrás a un balón. La madre que la observaba, le regañaba de vez en cuando. Ese tipo de regaño poco convincente de : “ Niña que te vas a cagar toda” Y cosas así.

De improviso, como surgidos del calor de la tarde, se detuvo justo frente a la puerta donde jugaba la niña, un matrimonio de santeros. Una negra y un negro. Vestidos de blancos con los consabidos collares de cuentas multicolores. Sudaban y el hombre enjugaba su rostro con un pañuelo rojo azafranado.

---¡SEÑORA, CUIDE A LA NIÑA, SE MUERE EL DÍA DE SU CUMPLEAÑOS!

Lo oí perfectamente desde mi taburete. Era una voz gutural, potente, de hombre.

Atiné a enderezarme y colocar los pies que colgaban, en el suelo.

Pasaron unos segundos. La madre de la niña la tomó por el brazo y la arrastró consigo al interior de la casa. Los negros se marcharon.

Estábamos en el mes de enero y la niña cumplía años en octubre.

Yolanda, la madre, comentó con mi madre su preocupación sobre aquél vaticinio, pero mi madre le restó importancia y tranquilizó a la atribulada mujer. Aquello muy bien podría haber sido obra de una mente algo desequilibrada.

En casa teníamos un pequeño altar de san Lázaro, en la sala, oculto tras una cortinita. Mi madre de vez en cuando le ponía su velita y rezaba, pero sin mucha convicción. El cielo no le había dado muchas pruebas de que Dios hiciera algo por nosotros.

Teníamos solicitada ayuda al Poder Popular para reparar la casa que se caía a pedazos y aún, después de 10 años, estábamos esperando.

Los meses pasaron y la profecía del matrimonio cayó en el olvido, pero el mismo día del cumpleaños de la niña, la madre recordó todo y encerró a la pequeña en su cuarto.

---¡DE AQUÍ NO SALES HOY!

No dijo más. Era como si con aquella acción, algo precipitada, intentara destruir el conjuro.

En Cuba acostumbramos, o acostumbrábamos a poner bajo los escaparates ( armarios), una especie de veneno para cucarachas, muy barato, muy económico, ¿ lo recuerdan? Le nombrábamos “pasta de radio”. En definitivas era una especie de anticoagulante que al ingerirlo el insecto o el animal ( cucarachas o ratones) morían a los pocos minutos. Sino me equivoco era una warfarina sódica, o algo así.

Pues la niña, encerrada y aburrida, ideó un juego con sus muñecas para paliar la soledad de la habitación y extrajo de debajo del mueble dos pequeños platos con aquella carga mortífera.

---Una cucharadita de papa para la muñequita y una para ella.

Y así ingirió aquella carga mortífera. La madre le encontró muerta. A la hora del almuerzo, cuando iba a ofrecerle un pedacito de cake.

El vaticinio, la profecía, el destino, o no sé qué, se cumplió.

Esta historia, que no es ficción, me marcó y aún hoy la recuerdo como si fuera ahora. Hace un rato se la comenté a un amigo por teléfono, pensé que la había olvidado. La revivo y se las paso. Perdonen si les machaco, pero hay noches que aporreo el teclado y aprovecho para contar cosas que llevo dentro.

En estos días les voy a relatar otros hechos relacionados con la religión y que escapan a nuestro raciocinio.

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