Escrito por Frank Alvarez
Publicado el 15 Noviembre 2011
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No son pocos los que dentro de Cuba al ejercer la crítica, antes, durante o después, se apuran en hacer patente su fidelidad a la Revolución. Es como una forma de salvar el pellejo, asumiendo, sobre todo de cara al gran público y a los inquisidores, que son críticos porque aspiran a mejorar el sistema. No por gusto el partido se ha cansado de repetirle a los militantes que hay que ejercer la crítica y la autocrítica.

Partiendo de ésta premisa, según la posición que adopten, los críticos en Cuba se pueden dividir en dos grandes bloques: por un lado los que se han permitido la "libertad" de cuestionar algunos aspectos del sistema desde la postura de simpatizantes, de partidarios inconformes con la forma, pero no con el contenido. Por lo general éstas son personas que disfrutan sin grandes sobresaltos de un estatus que los hace prácticamente inmune a la represión del gobierno, unas veces por ser personalidades de reconocido prestigio dentro y fuera del país, y otras, porque al no llegar al fondo de la cuestión su papel disconforme puede ser utilizado como una forma de mostrar al mundo que en Cuba sí que se permite disentir. Cuestión de apariencia, porque todo vale. Del otro lado están los que son declarados abiertamente como disidentes, porque están convencidos que el mal no tiene cura si no se cambia el remedio. Estos son perseguidos, enjuiciados como traidores y tienen bloqueado el acceso a cualquier medio o forma de comunicación masiva, porque son potenciales enemigos al servicio del imperio.

Con la Revolución, si algo se ha entronizado en Cuba es la doble moral. Prácticamente nadie expresa lo que piensa, porque la gente ha aprendido bien eso de que uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice. Ante el temor a ser estigmatizado y represaliado en cualquiera de sus formas o modalidades, ha sido preferible no solo callar, sino disimular: decir lo que se quiere oír. Es la mejor receta si se quiere evitar problemas, mantener el puesto de trabajo, ascender profesionalmente y estudiar con tranquilidad. En semejante escenario es extremadamente difícil saber cuántos son los que realmente apoyan un sistema que parece agotado, desvalorizado y desfasado. La gente ha tenido y sigue teniendo mucho miedo, además de que se desconfía de todo el que lo rodea, porque las paredes tienen oídos y no todos los gatos son negros. Sin embargo, sí que es cierto que en los últimos años son más los que se atreven a alzar la voz, tanto de uno como de otro bloque, sin que se pueda pensar que se ha llegado al punto de ebullición, porque eso sería una falacia. Las condiciones del país han cambiado, tanto en lo político, en lo económico y en lo social, algo sobradamente sabido, de ahí que existan las condiciones objetivas para que se desplieguen las críticas de los más osados… e inteligentes. Sin dudas es un paso de avance, pero la pregunta es: ¿hasta dónde la proclamada fidelidad a la Revolución de los críticos ortodoxos es real y verdadera, y no una forma de cubrirse para poder expresarse?

Para los que hemos vivido en Cuba y no le hemos tirado un hollejo a un chino, se hace difícil moralmente cuestionar a los que estando adentro se atreven a disentir, aunque sea de una forma encubierta o sutil, porque nunca se puede estar seguro de cuál puede ser la reacción de los mandantes. Lo que sí pienso es que la fidelidad tiene sus límites, no por los que dicen mantenerse fieles, sino por el alcance de las críticas. Si se quiere seguir siendo fiel se podrá criticar hasta cierto punto, porque existe una barrera imaginaria que marca el límite entre lo fiel y lo infiel.

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