Experiencias viajeras

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La insufrible CADECA

Escrito por Reinaldo Cosano Alén, Sindical Press. Publicado en Experiencias viajeras

Más de doscientos turistas extenuados por el viaje y la flema de la aduana gastaban sus últimas fuerzas frente a la sucursal de CADECA en la Terminal 3 del Aeropuerto Internacional José Martí de La Habana, para canjear dinero, a paso de jicotea, de pie, sin poder acomodarse, pues todos los asientos del salón fueron retirados y sólo estaba abierta una ventanilla de las seis habilitadas. La situación se hacía más agobiante con cada aterrizaje.

A pocos pasos de una CADECA en Guanabo, pueblo turístico al este de la capital, hay una bodega con un cartel visible a simple vista que anuncia: NO SE ADMITE DIVISA; en tanto otros comercios mejor abastecidos, con precios por las nubes, popularmente llamados "shoppings", anuncian lo contrario: VENTA SÓLO EN DIVISA. Son apenas dos ejemplos. Fácil es imaginar la incertidumbre y molestias de quien no posea la moneda exigida en cada momento y lugar, cuando no existe un sitio cercano para canjear dinero o, si existe, no esté en horario de servicio.

Las casas de cambio (CADECA) son pocas, están sólo en poblaciones importantes, trabajan con lentitud, principalmente por la escasez de empleados, y tienen otros inconvenientes, como cerrar en horario de trabajo, porque Trasval, única agencia encargada de hacerlo, no deposita dinero, o porque se acaba.

Otra opción es ir al banco, pero allí sólo realizan canjes de una divisa extranjera por otra, incluido el peso cubano convertible. Los bancos representan una dificultad igual o peor para el público por la cantidad de personas que allí se aglomeran, y la lentitud con que transcurre la gestión.

Ni el banco ni CADECA satisfacen las necesidades de la gente. El pueblo está atrapado e irritado entre la circulación de dos monedas con valores diferentes.

El peso cubano convertible, especie de bono sustituto del dinero extranjero en las transacciones, y el peso que posee la inmensa mayoría, curiosamente llamado moneda nacional (como si el convertible no lo fuera) resultan una representación ficticia: ni uno ni otro tienen valor en el extranjero.

La circulación de dos monedas con valores tan diferentes es espinosa. El peso convertible es imprescindible para comprar determinadas mercancías y servicios, pero contradictorio. Los salarios y pensiones son pagados en moneda nacional, con un valor veinticinco veces por debajo del valor del peso convertible.

Los establecimientos comerciales tienen rígidas restricciones con respecto al abono de una u otra moneda. Las llamadas shopping, hoteles y otros sitios sólo admiten pesos convertibles. En otros establecimientos el pago es en pesos. Quien no posea la moneda exigida tendrá que buscar dónde cambiar.

En Guanabo había cuatro casas de cambio. La del barrio Peñas Altas fue eliminada porque robaron en esa sucursal. Por estar expuesta también a robos, suprimieron la de la curva de Boca Ciega. La tercera, en Quinta Avenida y 494, también peligraba, y fue cerrada tras producirse un cortocircuito. Sólo queda una donde siempre se aglomera demasiado público. Se habla de aumentar el número de ventanillas en la única sobreviviente, pero no de aumentar la eficiencia en el servicio.

Un insistente reclamo popular es la eliminación de la doble moneda, pero el gobierno parece no saber cómo salir del hueco que creó, o no estar dispuesto a hacerlo.

Acudir a una CADECA, salvo en rarísimas excepciones, es un dolor de cabeza. Si tenemos que vivir con dos monedas, al menos sería bueno que pudiéramos cambiarlas con cierta comodidad.

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