
En estos días le escuché decir a un narrador, creo que cubano, que trabaja en la Liga Invernal Dominicana, que: "los equipos de la Serie del Caribe se refuerzan con lo mejor de sus países…"
Sospecho que el tipo pertenece a la "nueva ola" del beisbol castrista, los que menos conocen la asignatura en la región, aunque hay algunos "hermanos" latinos que mejor ni hablar por las barbaridades que dicen o escriben.
Para los "emigrados económicos cubanos" de la computadora o el micrófono no es suficiente integrar una batería mediática en países libres del área (excepto Venezuela, pero que tiene deporte profesional aún), porque los años de aceptaciones voluntarias, de concesiones como la soberanía, que es la capacidad de pensar por sí mismo sin miedo u oportunismo, son fundamentales; a esta gente no solo le privaron de entender y conocer la realidad de la leyenda del beisbol cubano , sino el del Caribe también. En cada uno de sus casos, es demasiado como para poder recuperar el tiempo perdido, si es que les hubiera interesado hacerlo.
No, durante la llamada primera etapa, cuando Cuba mandaba este juego después de Estados Unidos, los refuerzos eran (nativos o importados que hubieran actuado en el campeonato del año) los necesarios, por lo general uno o dos, que ayudaran al club en posiciones (mayormente el pitcheo y la receptoría) con debilidades que justificaran el movimiento. Por razones de enfermedad o por la negativa de un refuerzo americano a acompañar al club que ayudó a ganar.
Por esa razón, muchos buenos jugadores del área estuvieron en muy pocos de estos eventos; otros, en ninguno.
El ejemplo más evidente fue Orestes Miñoso para Cuba, que solo asistió a dos, porque los Tigres de Marianao ganaron en 1957 y 1958 y, en los nueve restantes, ningún otro club campeón entendió que se justificara la presencia del outfielder como refuerzo, o con Héctor Rodríguez, o con Humberto Fernández, o con Román Mejías, o con Miguel Fornieles, Evelio Hernández, Vicente Amor… lanzadores de Grandes Ligas durante los 50's los últimos tres.
Lo mismo le sucedió a Puerto Rico con Clemente, con Rubén Gómez o con Carlos Bernier, a Panamá con Héctor López o a Venezuela con Carrasquelito, con Aparicio o con Ramón Monzant.
Se imagina alguien ¿Cuánto más fuertes hubieran sido estos torneos si fuera verdad lo que dijo el narrador de marras, "lo mejor de sus países desde el inicio de la competencia"?
Después sí, sobre todo a mediados de la década pasada: por la guerra fanática entre Puerto Rico y Dominicana han estado en el terreno, si no todos, por lo menos buena parte de lo mejor de cada país alguna que otra vez.
Con la Serie del Caribe edición 1912 al borde de la inauguración, se puede decir que, sin margen a dudas y a pesar de la rimbombancia de los nombres de las plantillas de los mal llamados clásicos mundiales, este evento es superior a esa competencia falsa y vacía de sentido por la total ausencia de la moral competitiva en el terreno de juego, que hace imposible que el pelotero se desempeñe con el desborde de pasión y entrega como hacen los cuatro miembros campeones de la Confederación.
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