Si hasta Joseph Blatter lo sabe...

Lo que dijo en Cuba Joseph Blatter, Presidente de la FIFA sobre que “el balompié es más importante que el beisbol en la Isla ahora”, posiblemente ni lo sepa el fanático castrista de hoy y dudo que se haya interesado en leerlo donde fue publicado.

Sí, el balompié es más importante hoy porque están en la etapa final de desmonte del beisbol como deporte principal en Cuba, pero eso lo iniciaron “con todos los hierros” a principios de los 60´s, específicamente en 1961, cuando cayeron las cortinas del premio profesional de invierno por decreto del dictador.

He comentado sobre este asunto en más de cien artículos o comparecencias al radio o a la televisión; durante más de 20 años he dicho aquí que la decadencia del beisbol nacional es acelerada y la pérdida de la cantera evidente; desde los 60´s pensaba y hablaba así en Cuba.

Pero siempre adjunté una coletilla que tiene que ver con “es objetivo de la tiranía liquidar la preferencia por el beisbol como parte de la guerra sostenida desde 1958 contra la identidad cultural, por lo tanto, contra la identidad nacional”.

La manipulación del pasado con propósitos nocivos a la historia de la República; la eliminación de la historia patria en todos los renglones, es el más demoledor signo de la verdad, porque, ante una fuerza destructora socio-político-económica como la horda castro-comunista, el pasado funciona como su más grande fiscal, contra el que ni puede ni tiene voluntad de competir.

El espacio abierto al balompié comenzó en 1961: sin posibilidad el pelotero cubano de volver a desempeñarse en el terreno profesional en la Isla, digno de su clase histórica; sin que volviera a disfrutar el fanático de los campeonatos de la Liga Cubana y de las Grandes Ligas, comenzó a moldearse una opinión atípica que, incluso, prescindió y desconoce hoy hasta el argot beisbolero de antes, por lo que es muy fácil identificar a un nacional era castrista no solo por desconocedor, sino por cómo habla de pelota, incluso en niveles de crónica.

Económicamente era un lastre el profesionalismo deportivo, pero ideológicamente un freno a la imposición de normas, reglas y propagandas favorables a lo que buscaban por necesarias a “la consolidación del comunismo”.

Un profesional que brillara en Estados Unidos no era útil para el monstruoso experimento que perseguían, porque el éxito logrado en el mejor y más grande escenario posible continuaría colocando al “imperialismo” en plan de amigo incuestionable y al juego como la más formidable embajada amistosa entre ambas naciones.

Como que se pretendía crear un odio enfermizo contra “el Norte Imperialista”, un odio vicioso, increíblemente homicida socialmente que, con el tiempo, haría desconocido al pueblo de Cuba y lo colocaría filosóficamente en la órbita de los Países del Pacto de Varsovia más que en el área caribeña por aceptación absoluta de sus doctrinas de explotación y represión, pues las relaciones con el país vecino sobraban por peligrosas, porque nunca estos “imperialistas del proletariado” yerran en imponer la política que se necesita para someter absolutamente y el beisbol era un reflejo de buena voluntad de más de 100 años de comprensión e intercambio como canal diplomático que, además, contribuyó a hacer de Cuba un imperio regional, quizás segundo en el orbe, del juego.

La tarea resultaría larga pero concluiría con éxito, cumpliendo paso a paso un plan maquiavélico estructurado por los ideólogos del partido: debilitar el juego, crear dificultades de orden moral como obligar a que los jugadores arreglaran partidos y hasta campeonatos en tanta cantidad que nadie sabe y aún perdura; dividir la afición hacia la acuarela deportiva ajena al beisbol para restarle participación a la pelota y al boxeo; mantener la información sobre el balompié de élite mundial en la Isla por medio de los canales de difusión, más el cierre total de cualquier información oficial sobre la pelota profesional, como no fuera la “entrelínea” para denigrarlo, tal que “dos jugadores intercambiaron mujeres”, o “un juego en Seattle durante los 70’s con menos de 5,000 asistentes...”

En lo doméstico, la notica conveniente para un público que desconoce y ni investiga ni analiza, sino cree lo que le dicen: “el estadio del Cerro no fue una construcción impresionante e importante para el país en su época, lo mejor después de las Grandes Ligas en el mundo”, sino “un peligro irresponsable porque casi mueren cientos de fanáticos por el derrumbe de una sección de sus gradas inconclusas al inaugurase”. El derrumbe no ocurrió. Pero a Jorge Alfonso lo leyeron miles con este dato en la Bohemia robada y… se dejaron manejar políticamente.

O Elio Menéndez diciendo que la política firmada con el Beisbol Organizado por lo de los importados americanos fue un crimen, porque se prescindió de los venezolanos Vidal López o Dumbo Fernández, incluso del cubano René González, que no bateaba a la hora de decidir.

Los Cubans no fueron un orgullo nacional, incluso regional, sino una imposición imperialista que representó el sometido Bobby Maduro con intenciones definidas pro-yanquis.

O Eddy Martin, “jonronero Muñoz, ni Duany ni Miñoso ni Ortiz…”, pero no tuvo en cuenta ni nadie le podía contradecir, que los campeonatos eran más largos ni la diferencia de clase del pitcheo o general del juego ni el bate de aluminio ni la vagancia que genera aquella pelota ni la entrega de juegos que producen pitchers asfixiados porque lo saben y no pueden hacer nada, o contaminados porque forman parte del grupo delincuente...

Entonces, poco a poco a poco, comenzaron a imponer el balompié con muchos más viajes al exterior que el beisbol (el viaje suplió en Cuba el dinero profesional como estímulo, porque podían adquirir valores de uso: ropa, radios…)

Durante los 60´s, por el aislamiento regional de la tiranía y porque el beisbol amateur no se había convertido en objetivo proselitista fallido del castro-comunismo, pues los peloteros cubanos apenas podían viajar al exterior. Entonces los mandaban a Argelia, Bulgaria, Unión Soviética…

Todo eso provocó que el perfil preferencial tomara otros rumbos, que el fanático de hoy considera “logros” por las medallas de laboratorio, por ejemplo, en volibol, cuando debería tratarse como un símbolo desagradable y agresivo socialmente hablando, porque es una burla que un país muerto de hambre, del que ha querido irse una parte más que interesante de su población durante 54 años de tiranía dictatorial por necesidades apremiantes, alcanzara tantas o más medallas que países desarrollados.

La promoción del balompié (durante los sesentas iban a Cuba los clubes militares como Dínamo, Spartak, Torpedo Moscú… incluso en 1962 el Madureira brasileño) siempre fue metódicamente grande y segura: nunca prohibieron la información del profesionalismo y, desde 1974 (inicio de la segunda y definitiva etapa ofensiva contra el beisbol), en que visitó La Habana el León de la Liga Mexicana, propiedad de Alejo Peralta entonces, ha seguido en espiral de triunfo contra el beisbol. Hoy es una realidad el considerar al balompié como de mucho más interés fanático que el juego de los mambises.

Blatter no se equivocó ni está loco, lo que dijo se lo prometió la tiranía oficialmente y es el final del juego de pelota como deporte más apoyado, de más participación y en rango de pasatiempo principal que el beisbol en Cuba.

Lo que Taladrid sugiere a cada rato a través de Cubadebate y de la Mesa Redonda es la ratificación de lo único y definitivo que ha dicho el Tirano II: “el apoyo es para el deporte social, no para el de alto rendimiento” (que encubre uno solo: la pelota) no se puede buscar en el profesionalismo el arreglo, ni en este ni en ningún lado, lo van a reducir hasta suprimirlo como inversión ni de un par de pesos ¿Qué quieren decir ambas cosas combinadas? ¿Es muy difícil de entender? Entonces lea lo que dijo Blattler, al que le prometieron no lo que habrá, sino lo que hay como política inmediata…

Si algo dijo Castro que haya sostenido sin engañar fue que a ningún atleta se le pagaría por competir profesionalmente, sin embargo, una legión de trasnochados, que quieren influir en la tiranía para “que arregle lo que no desean”, sugieren que es necesario que se le pague a los peloteros, esa queja, que debió ser protesta masiva, fue buena durante 1961, 62… hoy es un wild-pitch muy lejos del cátcher para retenerla.

Ni Bud Selig ha entendido nada: el balompié en Cuba es un arma política de aseguramiento en el poder de la tiranía. En otros países del área, que suceden cosas, es una conspiración contra el beisbol con trasfondo económico y detalles también políticos por antiamericanos, a su manera, claro.

Durante la reunión con Raúl Castro y ejecutivos del deporte, un testaferro a cargo del balompié le restregó en el hocico a Blatter que “los que se van son traidores”, tal vez como referencia al caso Alonso. Ni por vergüenza el tipo ripostó.

El Presidente del fútbol mundial no se inmutó, está acostumbrado a detalles como ventas por apuestas de juegos de varios clubes a la vez en una liga como la italiana, lo que se repite sin poderse solucionar cada dos años.

A fin de cuentas, ese señor, que busca que el feudo castrista se convierta en otra factoría del balompié profesional de Europa (aunque no se definió el asunto), no es más que el administrador de un organismo internacional influyente y poderoso que controla y le pertenece a la mafia europea en su totalidad, lo mismo marsellesa que italiana.

La tiranía castrista ata lazos con el deporte y la organización más corrupta del mundo. De la forma como funciona ella misma ¿Qué más se puede pedir? Tal vez le encargaron a Silvio, que no le gusta la pelota, un réquiem por el juego. No lo dudo…

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