Escrito por Miguel Saludes
Publicado el 25 Marzo 2011
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La vida no vale nada
si ignoro que el asesino
cogió por otro camino
y prepara una celada.

Pablo Milanés

Ha transcurrido un año de la muerte de Adrián Leiva. Poco se sabe sobre lo ocurrido aquel 23 de marzo en un punto de la costa norte de Cuba, donde aparentemente llegó junto a tres desconocidos en horas tempranas del amanecer. Pesan las dudas sobre lo mucho o poco hecho por averiguar la verdad. Aunque es difícil, dadas las circunstancias y el lugar donde se produjo, hay detalles que permiten visualizar una idea vaga de lo sucedido. Cierto que las conjeturas no sirven de nada cuando se trata de probar un hecho. No obstante, ayudan.

Existe el dato de que la persona que lo llevó al destino mortal, estaba de vuelta en Miami el mismo 23. Se pudo localizar su teléfono grabado en el celular del exiliado. A la llamada respondió afirmando que Adrián fue dejado en un punto del litoral situado entre la provincia habanera y Matanzas en la mañana de ese día. Es la versión que lo ubica en tierra, detenido por militares guarda fronteras, junto a sus acompañantes. La otra explicación, la que dieron a sus familiares en la sede del Ministerio del Interior de La Habana, justifica el desenlace fatal por el esfuerzo de bracear los 200 metros que le separaban del litoral.

La oficial encargada del caso comunicó verbalmente que Adrián no llegó con vida al cuartel de la policía política, donde se remiten los que son interceptados viajando de manera ilegal en un sentido o en otro. Nunca se ha sabido de los tres viajeros anónimos, que según dijo, estaban bajo investigación en Villa Marista. Nadie ha reclamado su ausencia en Estados Unidos ni su prisión en Cuba.

Si nos quedamos con la historia oficiosa las contradicciones saltan por todas partes. La primera es la del detenido, casi “ahogado” a punto de morir, haciendo una proeza natatoria, con sus malas condiciones de salud, sin soltar el maletín lleno de artículos personales entregados por la policía casi un mes después del entierro. La lista del contenido, parcialmente mojado, enumera entre otros, dos pantalones de mezclilla, tres pulóveres, una camisa, una biblia, una toalla, cinco mudas de ropa interior, el aparato de medir la presión y medicamentos. Estos dos efectos, y el fondo del equipaje, eran los únicos que mostraban señales de contacto con el agua. Igual de extraño resulta que el rescatado llegara moribundo a un centro de investigaciones políticas y no a un hospital.

Otra rareza está en la certificación de muerte con fecha 24 de marzo. Casi veinte y cuatro horas después del arribo, si se toma como referencia que la persona que tripuló la lancha estaba de regreso en Miami el día antes. Es preocupante que este caso quede sin aclarar y mucho más triste en la impunidad total. Lo poco que ha salido a la luz es que quien se prestó a esa misión, tenía todo falsificado. Desde la cuenta de teléfono hasta el nombre bajo el que aparecía registrada, con todos sus datos.

Las razones de esta muerte también quedan tras el velo de los cuestionamientos. A pesar de sus dislates, polémicos y contradictorios, Adrián era enormemente sincero. Tanto que pecaba de irreflexivo. La personalidad del disidente exiliado resultaba compleja incluso para la dictadura.  Algunas de sus exposiciones eran difíciles de rebatir para el régimen y sus defensores. No por gusto Cubadebate, posiblemente con la autoría directa del Convaleciente en jefe, lanzó una dura respuesta a la proposición de nominar a las Damas de Blanco para el premio Nobel de la Paz. Idea que Adrián impulsó una semana antes de su salida. La nota del blog castrista apareció publicada la misma noche en que el exiliado navegaba rumbo a costas cubanas. Su nombre, y el de todos los que firmaron la propuesta, apareció bajo la reseña de contrarrevolucionario al servicio del Imperio.

El gobierno totalitario ha implementado la salida definitiva como fórmula que aplica a los ciudadanos que se marchan de Cuba, sobre todo cuando estos se rebelan contra los designios del Poder. A esto añaden el otorgamiento de un permiso de entrada doblemente gravoso, en lo monetario y en lo moral, a quienes quieren visitar su tierra. La tiranía decide quien puede volver o no, independientemente del pago de trámites, visa y pasajes.

Apenas unos días antes de partir, Adrián envío una carta dirigida al canciller Bruno Rodríguez en respuesta al discurso que hiciera el funcionario cubano en Ginebra, refutando acusaciones hechas a su gobierno sobre la violación de derechos humanos. A las objeciones de Rodríguez, el exiliado expuso, entre otras razones, las siguientes:

“La actual política migratoria constituye una aversión anticubana y antihumana del gobierno hacia el pueblo. ¿Por qué los cubanos tenemos que pedir visa para entrar a nuestro país o viajar al exterior? ¿Por qué se nos aplica un destierro llamado salida definitiva cuando emigramos temporalmente?” Rebatiendo lo dicho por el Canciller cuando se refirió a la muerte de Zapata dijo que “Ningún delincuente ni mercenario se inmola como último recurso en defensa de sus derechos humanos. No se puede continuar acusando inmerecidamente de delincuentes y mercenarios a cada cubano que intenta reclamar sus derechos humanos”  Como presagiando los acontecimientos que concluyeron en la excarcelación de los prisioneros de la Primavera Negra, afirmó que “No es encarcelando ni desterrando cubanos que se solucionaran los problemas que hoy aquejan a nuestra sociedad.“

A un mes de producirse la muerte de Orlando Zapata, ocurrió la de Adrián. Ambas con similares connotaciones, sombreadas por el fantasma del asesinato político. Una a consecuencia de una larga huelga de hambre, que los cancerberos ayudaron a hacer definitiva. La otra como gesto desesperado ante la arbitrariedad de una tiranía que impide libertades, encarcela y expatria a sus ciudadanos declarándoles delincuentes o personas no gratas en su propio país.

Fuente: CubaNet

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