Conflictos sociales

Machistas y burdeles

El machismo que no cesa y los burdeles que vendrán

Se podría suponer que en Cuba, luego de más de medio siglo de socialismo y con tanta propaganda acerca de la emancipación de la mujer, se acabó el machismo. Pero no. Es proverbial cuán poco confiable es la propaganda oficial. Usted puede, tranquilamente, olvidarse de lo que digan el Código de la Familia, la Federación de Mujeres Cubanas, el CENESEX y de "las iguales oportunidades para todos sin distinción de género" de que se habla.

En Cuba, el machismo viste nuevos ropajes y recupera el terreno que nunca perdió del todo. Los muchachos, que se tatúan un eribanga en la espalda o se hacen un piercing en la lengua, se depilan el pecho y las piernas, usan aretes, saludan con un beso a sus aseres, ponen a jinetear a sus novias -que tratan como perras y ellas tan contentas- o le dan una puñalada a cualquiera -en una fiesta, en una guagua, en una cola- para demostrar que son hombres a todo.

Las mujeres llevan la peor parte en este rebrote machista. Sus maridos las insultan y golpean en la casa o en plena calle. Por cualquier motivo. Porque los contradicen y los desobedecen, porque no hay comida, por quitarles la razón delante de los hijos, porque se acabó el dinero, porque están borrachos, por celos. Con tanto stress, tan poco espacio y tanta gente como hay en la casa, cualquier motivo vale para una bronca… Los medios advierten sobre la violencia doméstica y se supone que hay leyes que protegen a las mujeres del acoso sexual y el abuso masculino. Pero pocas abusadas acuden a la justicia o a los centros de ayuda de la FMC. ¿Para qué? La policía no se mete en las broncas entre marido y mujer, dicen. Y ellas -a veces tan machistas como sus maridos- han llegado a ver el maltrato como algo natural. Los machos son así y no vale la pena intentar cambiarlos.

Eso, por no hablar del hecho de que a menudo, corpulentos agentes de la Seguridad del Estado y sus porristas disfrazados de "pueblo indignado" zurran a las Damas de Blanco a la vista de todos, en plena vía pública.

Las mujeres se ven obligadas a ceder espacios que habían ganado y a sacrificar su independencia y su dignidad porque la economía aprieta. Así, mientras exhiben sus encantos como carne en la tarima, tienen que aceptar que los machos las pongan en su papel de objeto sexual, las piropeen en las aceras, las acosen en la oficina o la fábrica o se las lleven a la cama por mucho menos de lo que cuesta un par de zapatos o un almuerzo en un restaurante del Barrio Chino.

Por algo dijo lo que dijo la Princesa Mariela, frívolamente risueña, cuando fue a Ámsterdam, al barrio de las putas, acerca de las cubanas que se prostituyen para que les arreglen el baño. Igual que con el plomero, pudo decir con el albañil, el carnicero, el director de la empresa, el jefe de sector, el turista extranjero o el maceta que le dé para comprar comida para sus hijos.

Pero no sabemos si la princesa conoce esas historias, porque la del plomero se la debe haber contado alguna loquita de su séquito del CENESEX y a lo mejor hasta creyó que era un chiste. Cosas de princesas. Sólo que a una princesa de Mónaco no se le ocurriría hablar en nombre de todas las mujeres del reino, incluso de las proletarias, las jineteras y las moradoras de los llega y pon.

Sólo nos queda esperar por las fleteras con licencia en el Malecón y los bayuses de cuentapropistas que paguen impuestos a la ONAT. Como se supone que las putas cubanas sean las más instruidas del planeta - lo dijo quien lo dijo- sólo les exigirán, junto con el certificado de salud, una carta del Comité de Defensa de la Revolución que las avale como políticamente confiables. No sea que el enemigo levante cabeza en los burdeles que vendrán.

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