Generalidades de la literatura cubana

Los oficios de Reynaldo González

Mis recuerdos primeros de Reynaldo González se remontan a inicios de los ochenta, allá cuando él vivía en 76 y 17 en el municipio Playa. Su apartamento de aquel entonces, como todas sus casas posteriores, tenía un sello muy personal, penetrado por el jardín cubano, sus plantas, flores y helechos, por ciertos colores predominantes que remiten a la fundación de nuestras villas y ciudades, el mediopunto, el guardavecino, las rejas de hierro esculpido, la pintura de la vanguardia cubana. Casas que retenían también el olor y el sabor de una década intensamente creativa como la de los sesenta y que después han pasado por transformaciones y supervivencias al igual que su dueño. Casas habitables, casas dadas a la conversación y a un criollismo lleno de ese humor que ya conocemos. Humor que quiere y aborrece, que ha denunciado y disentido. Y ataviando esos ambientes el ronroneo de gatos y el ladrido de perros, siempre más de uno, para que se acompañaran y aprendieran a acompañar. Y en estas evocaciones aparecen “los salchichas” Orión y Electra que atronaban en las llegadas y hociqueaban en las despedidas.

Reynaldo sabe de amores perros, sabe cómo llorar y evocar a sus ausentes perrunos, un pequeño cementerio aflictivo tiene él, que ha visto morir perros. Orión tuvo despedida de duelo y su muerte fue consignada en el periódico Granma a través de una sentida alabanza de su dueño, rareza editorial esta última sólo concedida en su momento a la publicitada Ubre Blanca, pero sin la intensidad poética que mereció el canino. Bajo el título definitivo “Ahora que soy el perro de mi perro”, Reynaldo evocó: “Admiro tu discreción. Aún en los achaques que te extinguen, me compadeces y acompañas y cuidas. Nada con tanta ternura, fidelidad y calor. Nada menos capaz del olvido o la traición. Qué ironía decir que soy tu amo cuando dulcemente me tiranizas con reclamos amorosos.”

Me he detenido en este pasaje para que se vea hasta dónde llegan y cuán variadas son las pasiones de Reynaldo González. En cuanto a las referidas a otros amores más identitarios corren por ahí cuentos muy candentes, que hasta le han dejado alguna que otra marca corporal que él lleva consigo como raro trofeo de batallas antiguas. Y todo ese recorrido ha servido para llegar a este ahora cargado de estabilidad afectiva que comparte con su pareja.

Amores perros y también amistad en esa misma tesitura. Sé cómo este señor “se ha batido” por sus amigos, cómo ha denunciado patrañas y trampas urdidas por gente enemiga de las libertades individuales y del ser y el estar de escritores y artistas en su país. Me consta que lo sigue haciendo con la misma vehemencia y con muy buena mala leche.

Veo a Reynaldo González como una cabeza política y las cabezas políticas no conocen la cobardía porque, si así fuera, serían a lo sumo cabezas que ruedan por el suelo. Sabe qué terreno pisa, cómo se pisa y cuándo se pisa y consigue lo que se propone, preservando para sí ese ámbito intocable de la escritura. Porque de lo que se trata es de escribir y ahí está su extensa bibliografía que confirma lo que expresa la famosa frase balzaciana: el genio de un escritor radica en las nalgas, ya que hay que estar sentado muchas horas cada día escribiendo.

A todo esto podríamos llamar ética ciudadana, junto a una capacidad especial de concentración y también a cierto hedonismo y sensualismo de estirpe criolla, de ahí que se conjugue tan bien risa y furia, fidelidad y rechazo, porque a veces ocurre que hay que lidiar con una ralea de trágicos tracatranes trasnochados que enredan la pita hasta puntos inimaginables. Frente a esas tres “T” negativas, Reynaldo, que ocupa el asiento correspondiente a la letra “T” en la Academia Cubana de la Lengua, opone sus tres “T” positivas. En una entrevista reciente comentaba al respecto: “Las letras simbolizan el orden de llegada (a la Academia), un orden alfabético (...) Me correspondió la letra “T”. (...) Me gustan las palabras “Temeridad” para recordar que sólo los que se arriesgan llegan. “Tenacidad” para instarme a no cejar en el empeño. “Trote”, porque el continuo andar aporta vida y movimiento. Creo haber respondido a esas palabras toda mi vida.”

Y en ese trote de toda la vida se han ido elaborando los oficios de Reynaldo. Al igual que el panadero o el ebanista, se ha construido una artesanía creativa que sirve para intentar algo perdurable y para subsistir. Pagarse la vida para escribir, escribir para pagarse la vida, parece ser una divisa de este autor que ha trabajado con mucho éxito como editor (José Lezama Lima, Juan Marinello, Carlos Rafael Rodríguez, José Rodríguez Feo y veintiocho largos años en esta labor), revistero y articulista (dirigió la “Página 3” de Revolución, colaboró en Hoy, Juventud Rebelde, Caimán Barbudo, Bohemia, Revista Cuba, La letra del escriba, La Jiribilla, CubaLiteraria, dirigió Pueblo y Cultura, que más tarde convirtió en Revolución y Cultura), director de la Cinemateca por once años, promotor cultural y hasta jardinero de la UNEAC, porque según pude saber, durante algún tiempo de la larga temporada de castigo que sufrió en los años setenta, se dedicó, como el último emperador chino, junto a Belkis Cuza Malé, a sembrar, podar y remover la tierra de los jardines de dicha institución.

Años más tarde desempeñaría funciones de otro tipo en la UNEAC, hasta volver a una de las tareas que más disfruta: editar revistas. Aquí quiero contar mi experiencia de trabajo con él. En 1987 pasé a ser Secretario de Redacción de la revista Unión. Comenzábamos a ejecutar una nueva etapa, con otro formato y un equipo mucho más reducido que aquel que dicha revista detentó por muchísimos años; se sustituía así aquellos más de veintitrés redactores que había tenido en nómina por Pablo Armando Fernández (director), Francisco de Oraá (redactor), Francisco Masvidal (diseñador) y el que les habla, todos en activo, concibiendo una publicación diferente. Sólo yo sé cuánto trabajamos en esos años, había deseos y junto al nuevo equipo estaba la asesoría y la cooperación ilimitada de Reynaldo. Él me enseñó a editar, concebimos un plan editorial, democratizamos sus páginas, creamos secciones muy dinámicas, acabamos con intereses parcelarios, dimos cabida a los jóvenes escritores del momento, pusimos en su sitio a las grandes figuras “olvidadas” o censuradas en otras épocas. Al repasar ahora muchos de esos números siento inconformidad con el diseño que nunca llegó a cristalizar, pero cuántos nombres, cuánta pluralidad temática conseguimos (todo el equipo, como uno solo).

Estoy tentado a nombrar a tantos colaboradores, pero debo controlarme, porque eso desviaría la atención del tema que nos ocupa en la tarde de hoy; sin embargo, sí quiero mencionar a tres o cuatro personalidades decisivas en la literatura cubana que la revista ayudó a restablecer: Dulce María Loynaz, rememorando a su hermano Enrique Loynaz Muñoz; José Lezama Lima y José Rodríguez Feo, a través de sus espectaculares cartas cruzadas en tiempos de Orígenes, y Virgilio Piñera. A este último dedicamos un número completo (10 del año III de 1990), con parte de sus memorias hasta ese momento inéditas. “La vida tal cual”, que así se llamó aquel abultado dossier, contó con la participación de los más conspicuos piñerianos. Virgilio se explayó en aquellas páginas como nunca antes, y precisamente por ello, esa publicación ganó un prestigio que la debe preservar de la omisión y decadencia del tiempo.

En uno de aquellos textos Reynaldo González resaltaba: “En esos planos, es obvio, el raro, el insoportable, quien carga con esas “cruces”, no tiene espacio. Desde un lado y otro se le hostiliza. No pocos intereses creados o por crear entran en juego. Él, sin embargo, queda apartado. Es el caso de Virgilio Piñera en las circunstancias que conoció, antes y después, siempre, y que engendran algunas de las motivaciones de su prosa ríspida, de su poesía irreverente, de su absorto modo de mirar la decadencia, la muerte cercana, la soledad.”

Después de esta consideración de los noventa ha corrido mucha agua y este autor, como es natural, ha aumentado su obra con títulos muy significativos, citaré los más influyentes de esta última etapa:

La ventana discreta, ensayo-compilación, que se conforma de la minuciosa investigación histórica, literaria y pictórica, al tiempo que se desplaza hacia el ejercicio de un periodismo de altos atributos culturales que remiten a maestros del género como Gastón Baquero y Gabriel García Márquez. González necesita compartir con nosotros lo que ha visto, lo que sabe, revisa los acontecimientos y da su opinión, promueve una mirada inteligente y deja que los demás juzguen.

Cuba, una asignatura pendiente, ensayo-compilación. Editado en Palma de Mallorca, con fotos de Gianfranco Gorgoni, donde se traza un recorrido intenso por la historia de la Isla hasta llegar a temas polémicos de la cultura cubana contemporánea que su autor va despejando uno por uno, sobre todo en textos que no se publicaron aquí, tal es el caso de “Vacuna antifundamentalismo”, y donde se recuerda aquel sabroso refrán de los viejos negros esclavos: “Si su majestad me trata de su mersé, o me tiene jodío o me quiere jodé.”

Al cielo sometidos, novela. Una mirada barroca a un espacio que todavía no ha inventado la opulencia del barroco. El autor se sitúa en las fronteras de un nuevo lenguaje y por eso crea una permanente sensación de trasgresión, o sea, de libertad por medio de la palabra. Es por eso que podemos hablar de novela que se proyecta a contracorriente, que parte de la tradición para inventar nuevos códigos, sin grandes sujeciones a la literatura nacional.

Cine cubano, ese ojo que nos ve, ensayo, editado por Plaza Mayor. Aquí se recoge buena parte del ejercicio teórico cinematográfico del autor, estudio historiográfico e intensas valoraciones sobre los altos y bajos niveles del cine cubano. Relato también de los instantes en que la censura hizo sus molestas apariciones; recordemos con Reynaldo como la rumbera Ninón Sevilla llamaba a la censura “complejo de tijeras”, y como Tomás Gutiérrez Alea se refería a sus primeras películas: “Sólo cuando se logra un clima de libertad y de audacia se puede encontrar placer en lo que se hace. Eso marca Las doce sillas y hace que la considere realmente mi primer filme. Historia de la Revolución fue un problema que tuve que resolver, no una película que pude disfrutar haciéndola.” Asimismo González aclara sobre la producción de los años setenta: “No pocas de aquellas obras fueron sacrificadas ante el altar de un contenidismo de imperativos ideológicos”, para concluir: “Se puede hablar de buenos realizadores, no de una cinematografía de calidad sostenida.”

El bello habano, ensayo, más bien biografía contada y cantada por sus degustadores, desde aquellos primeros indocubanos extasiados con sus cohobas hasta los más excelsos y personalizados fumadores de épocas más recientes; lúcido recorrido por uno de los lados de la historia mítica de Cuba, este libro excepcional recoge el testimonio de los más grandes especialistas y de aquellos que sólo saben fumar. Unos y otros van de la mano del autor construyendo una fábula de humos y perfumes embriagadores.

Espiral de interrogantes, compilación de artículos y ensayos. Este tomo tiene la fisonomía de una antología, algunos de ellos ya aparecidos en libros anteriores, modo preferido de este autor de refundir tiempos y gustos, de organizarlos como si fuera ficción, de crear un espacio novelable donde caben muchas historias reales. Inagotable cajón de sastre, lleno de la avidez de conocimiento que junta saberes.

Estos títulos se suman a otros anteriores de igual impacto: Miel sobre hojuelas (cuentos), Siempre la muerte su paso breve (novela), La fiesta de los tiburones (relato-testimonio), Lezama Lima: el ingenuo culpable (ensayos-compilación), Llorar es un placer (ensayo).

Todas estas obras están marcadas por una profunda inmersión en la cultura cubana. Instrumentación meticulosa del investigador autodidacto y relato del narrador, porque es en el lenguaje y en esa mezcla de géneros (novela, crónica, testimonio, relato, artículos, reseña, crítica, investigación) donde se sintetiza el sello inconfundible del pensamiento calidoscópico de Reynaldo González, que va de las raíces fundadoras de nuestra nación hasta las anotaciones de los más diversos y nada desdeñables placeres del cuerpo y los sentidos. La literatura y el ensayo como historización de un cuerpo voluble en sus exigencias y goces. Hibridación, mestizaje, palabra que nombra los pequeños acontecimientos que hacen de esa cadena de costumbres la identidad de un país. Este, en fin de cuentas, ha sido la gran pasión, la curiosidad irreprimible de Reynaldo González, para poder entender los matices que sustentan nuestro ser nacional. Sociedad, cultura y literatura que a través de sus obras ejercen el atractivo de lo que perdura e interactúa en nosotros.

Pero esta indagación parte también de la historia y la cultura españolas, historia fundacional: barroquismo, poesía, pintura, siglos de oro, quijotismo, celestinismo, picaresca, quevedismo, gongorismo, misticismo, al lado de Velázquez, la generación del ‘98, los bradomines, Goya y sus esperpentos, la apoteosis de descubrimiento y colonización y la estrepitosa bancarrota del imperio.

Ensayista de la España de los Siglos de Oro, este autor encuentra allí más de una base definitiva para su sistema de escritura, ese celestinaje de la lengua, esa picaresca turbulenta del saber decir, esa entrada en el mundo no sólo conceptista, sino en el anticipado mundo del surrealismo en una obra tan influyente para él como Los sueños: novela, admonición, desorden de los sentidos, heterogeneidad, alucinación. Idioma que se construye como en los sueños, que al igual que nos doblega nos libera. Ya Quevedo lo dijo como nadie: “Yo escribí con ingenio facinoroso.” Ingenio que emerge en tiempos difíciles, porque en verdad para un escritor los tiempos fáciles son tiempos inservibles para la creación.

Claro está que en nuestro autor este lenguaje facinoroso pasa por muchas matizaciones cubanas, por un cimarronaje elocuente que airea la lengua y le permite un tono personal (allegro giusto). Lo que es además criollismo, o sea, conjunto de voces autóctonas en la voz propia.

El ejemplo mayor de esto que venimos diciendo está en la laureada y editada novela Al cielo sometidos, que de estirpe tan castiza no deja de ser raramente cubana, en esas interconexiones que ofrece entre retrato del caos del siglo XV español y el caos cubano de finales de siglo XX. Acudimos entonces a una suerte de parodia de falsificaciones, a procesos de carnavalización y neobarroco, a la novelización del dogma (intimidar y condenar, someter al pánico inquisitorial, para luego hacer y deshacer en nombre de Dios y la Iglesia) y a sus lógicas contrapartes (la fuga de uno de los Antonio en las amables tierras recién descubierta, en posesión por fin de lo que pudiera llamarse una entera libertad personal).

A veces veo a Cuba como una Isla tatuada y a sus habitantes en un constante cambio de piel. En medio del pecho un enorme corazón tatuado con la inscripción “Amor de madre” y la gente alrededor de ese corazón aguardando algo. No sé qué pueden estar esperando, pero se acostumbran a esperar, es un acto inservible que explica paciencia y conformidad. Sin embargo, cuando un escritor muda la piel acontece un milagro, se produce una metamorfosis, algo rejuvenece, algo se salva, algo surge como permutación de voces, como wu wei, una manera taoísta de guerrear desde el reposo y de contraponer al tatuaje de la Isla la escritura que se inscribe en esa nueva piel. Por ahí veo a Reynaldo González, a veces con una piel negra, o mulata, o blanca, incluso de sonrosados cachetes. Hace lo suyo que es mucho y es reconocido por eso. Para curarse en salud nos ha dicho: “Una obra de arte sin el latido de la vida es pura filfa. En nuestro oficio la materia prima es el lenguaje y nosotros la materia combustible, cera que ardiendo alcanza la razón de ser, se pierde en el afan de derrotar a la sombra. Nuestro signo es el riesgo.”

Llegar a un homenaje, incluso, ser merecedor de él, debería comportar para un escritor (vanidad aparte), cierta molestia, cierto acto de desconfianza. Digo esto porque al homenajear, muchas veces se arriba a falsos determinismos sobre las habilidades y virtudes del autor y su obra. Estos elogios, entonces, pasan las más de las veces por lo que fue y nunca por lo que falta, por lo que será o está latente en ese proceso obsesivo que es la escritura. No quiero decir con ello que no sea justo y hasta fascinante adentrarse en textos y formas de escritura que se admiran, pero siempre si lo hacemos como continuos, como actos que reflejen un proceso de búsqueda, donde posibilidades y hallazgos se entremezclan, donde lo pendiente a veces es la mejor pista de una obra singular. Incluso tendríamos que ensayar en algún momento homenajes por lo que vendrá, no por lo que se ha conseguido, porque un escritor vive (si es que está vivo) de lo que todavía no ha conseguido, aunque también viva (vanidad incluida) de lo que ha logrado, complementariedades ambas propias de este oficio. Lo que quiero decir es que hay que huir de la momificación festiva de los homenajes si es que estamos en activo y pretendemos ser merecedores de un recorrido no momificable.

He entrado en esta digresión porque quiero señalarle a Reynaldo González lo que echo de menos en su obra. Amigo, ahí están tus magníficos ensayos y nada de tu novela cubana de hoy, tengo una curiosidad enorme en saber cómo tratarías el “criollismo” de nuestros días, cómo mezclarías picaresca versus poder en este caldero cubano a veces tan mal provisto de sus ingredientes naturales. Cómo traerías tu música, latigazos, humos, llantos, ironías y trompetillas a este espacio maratoniano, qué harías con estas noches y estos días cubanos, cómo mezclarías alegorías y realismo, ¿te atreverías a ser postmoderno u optarías por ese barroquismo que te acompañó en la novela anterior? ¿Te someterías a esta tierra, a la historia de esta tierra, o darías rienda suelta a tus reparos y angustias personales? Cómo entenderías lo que está en la Isla y lo que está en la diáspora. En fin de cuentas, cómo sería tu estilo, y cuando imagino el modo de escribirla, me refiero a tu manera de pensar y sentir. Cómo remontarías lo repetido por otros. Qué harías llegado ese momento, Reynaldo González, cómo armarías tu novela. ¿La armarías? Ya sé que no tienes por qué responderme, incluso no tienes por qué tener una respuesta. Sin embargo, creo que estás preparado y en el momento que decidas la harás, has vivido en la historia cubana, has seguido con ahínco el itinerario de estos años. Sepamos confiar entonces en lo que una vez Lezama dijo de ti y apostemos con él por esa novela tuya del futuro: “Usted, cuando apaga la lámpara, el güije comienza a dictarle en el oído cosas que le hacen sonreír, da un manotazo, se enseria y ve un caballo alado que se sienta en una sillita de mimbre, a la manera de Ciego de Ávila; por la mañana su lucidez esgrime un alfil de obsidiana.”

*Leído en “El autor y su obra” dedicado a Reynaldo González. Palacio del Segundo Cabo, La Habana, 18 de enero de 2006. Publicado en CubaLiteraria, Enero 25, 2006

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