Generalidades de la literatura cubana

Tres siglos de prosa en Cuba

¡Tierra de sueños, tierra de hadas, tierra de maravillas! Si no me crié a tus pechos, de tus campos salieron las cañas que me sostuvieron en la infancia: el colegio y el pan. ¡Tierra de sorpresas!... La belleza de Cuba es tan completa que ninguna descripción podrá hacerle justicia. Es un paisaje donde se cumplen los deseos. La tierra parece hecha para que el hombre la disfrute. Cuando se contempla un cañaveral movido por la brisa, con las cuatro palmas en lo alto de la loma, no se piensa que se halla uno en el campo, porque la idea de ciudad desaparece. El campo es ciudad, casa y palacio. Lo que uno siente es ganas de gritar: ¡Hasta aquí el afán y el deseo, la contención y el desasosiego, pero aquí desaparecen los cuidados y se empieza a poder vivir sin voluntad y a dormir de un tirón a pierna suelta!
RAMIRO DE MAEZTU
En un cuento de hadas, víctima de una especie de maravilloso encantamiento, he vivido durante siete semanas todo el tiempo que he pasado en la isla de Cuba. Mi esposa, que se hallaba a mi lado, ha experimentado el mismo fenómeno, sin que yo le hubiese hablado mucho anteriormente de silfos, fábulas y encantamientos. No puedo imaginarme tampoco que sea otra la impresión del europeo que llegue por primera vez a estas tierras de ensueño. El primer hombre blanco que arribó a sus playas, Cristóbal Colón, sintió también que había puesto el pie en un país de fábula, y en una carta escrita desde Baracoa, en 1492, habla de Cuba como de un país de maravillas, que «mil lenguas» no acertarían a cantar suficientemente.
CARL VOSSLER

El Nuevo Mundo suscitó un renacimiento de la literatura española en prosa y en verso. Ese renacimiento o enriquecimiento nació en las islas, y la localización geográfica del hecho tiene significación especial. Porque las islas poseen su estética propia y son marco proclive a determinadas formas de la ética y de la filosofía de la vida y del mundo.

Fuese quien fuese en definitiva el autor real del llamado Diario de Cristóbal Colón, es alguien que no puede ser olvidado a la hora de presentar un recuento de la prosa en Cuba -entendiendo por tal la prosa escrita por cubanos y la provocada por la Isla en escritores extranjeros.

De lo mucho que importa el Diario de Colón, para la literatura como para la sociología cubanas, cumple aquí abstraer dos hechos: el de la fantasía enardecida por la realidad natural isleña, y el de la comunicación entre los nativos y los forasteros.

De ese mundo de misterios y de incertidumbres que es la historia del Descubrimiento de América -cada día sabemos menos en torno a lo verdaderamente ocurrido en 1492-, sobresale un supermisterio: si se sigue al pie de la letra la cronología del Diario, resulta casi imposible entender cómo fue que se entendieron tan rápidamente seres tan dispares. Los españoles captaban vocablos indios, y diríase que inmediatamente comprendían el significado. A la inversa, el indio atrapaba a su vez una palabra, un sonido emitido por el español, y comprendía lo que aquel extraño recién llegado a la Isla quería decía. ¿Fue así de sencillo, de veloz, esto de la comunicación? Me parece que no, porque es necesario analizar los elementos mágicos que intervinieron, pero dejémoslo ahí, por ahora, donde lo pone la primera narración en prosa que cuenta para la historia literaria de Cuba.

Esa prosa del Diario está escrita en un castellano domado por la blanca verdura de la vegetación criolla. No hay que olvidar que el desarrollo del idioma es paralelo al desarrollo de América. Hasta el Descubrimiento, el castellano es quizá la menos importante y la menos rica de las lenguas habladas en la península española, y la propia reina Isabel se extrañó de que un hombre llamado Lebrija o Nebrija le presentase en enero de 1492 un delgado librillo que pretendía fijar las normas para el habla de la ruda y militar habla de la soldadesca y de la menestralía que rondaba los castillos de la resistencia contra el árabe. Para la reina era explicable una vigilancia y una codificación estricta del gallego, del latín, del provenzal, pero ¿del castellano? Y Nebrija, que fue uno de los grandes sabios internacionales de su tiempo (tiene que ver con el Descubrimiento de América, como astrónomo y como geógrafo, tanto o más que el propio don Cristóbal), dijo a la escéptica reina estas palabras proféticas. «Esto que he escrito será útil para que enseñemos la lengua castellana a los habitantes de las tierras que vamos a descubrir..., porque la lengua es inseparable del Imperio».

Esto fue dicho unos meses antes del Descubrimiento. Cuando se rebasaba el 12 de octubre, los españoles que llegaron al Nuevo Mundo no tenían la menor idea del texto de Nebrija, y hablaban ellos mismos una lengua ruda, un tanto brutal, de soldados en armas y de trajineros en marcha. Pero de pronto, en la Isla, la fonética ríspida del castellano anterior a Luis Vives y a Juan de Valdés, la fonética apoyada en la r y en la j agrestemente pronunciadas, va a dejarse penetrar, endulzar y suavizar, por el abundante uso que los indígenas hacen de la a y de la i, las dos letras más femeninas del alfabeto.

Me hubiera gustado oír a un indio cubano decir canoa, ca-no-a, que es la primera palabra americana que entra en la lengua española, o nagüa, o casabe, que en guanajatabey pronunciaba más con v que con b, por amor a la dulzura en la expresión. El encuentro de las dos fonéticas estableció una interrelación que se reflejaría de inmediato en la literatura española mediante el Diario, Las Décadas de Pedro Mártir y otros escritos suscitados por América. Pero esa victoria es provisional y muy débil. La recia lengua del forastero va a aplastar y a devorar rápidamente la flébil -quiero decir llorona- lengua del indígena. Y no la devorará sólo por el hierro tremendo del habla castellana, sino principalmente por la actitud de entrega, por la sumisión inmediata al extranjero. Leyendo el Diario se toma buena cuenta de un hecho que va a ser perpetuo en la psicología del isleño, en la idiosincrasia del cubano: la adoración al extranjero, al y a lo que viene de afuera.

Al principio, es lógico, los indios veían a aquellos señores como a dioses. (Desdichadamente, parece que su actitud, aunque de otro origen, era también muy pasiva respecto de los indios caribes). Cuando no sabemos de dónde ha venido algo, pensamos que viene del cielo. Necesitamos -y necesitaba acaso mucho más que nosotros el cubano del siglo XV- que el cielo nos envíe señales, rodrigones, muletas.

Los recién llegados de octubre del 92 hicieron muy a punto su entrada en el Nuevo Mundo. Los complejos reinos del continente y las rudimentarias estructuras sociales y psicológicas de la gente de las islas andaban igualmente menesterosos de la ayuda celestial. Y luego actuó la cuestión de lo físico, la poderosa cuestión estética: un hombre barbudo siembra instantáneamente un fuerte complejo de infantilismo en el hombre lampiño. En tierra de morenos el rubio es rey. Del infantilismo a la sumisión hay un paso. En cuanto el indio se -250- rinde teológicamente ante el español, su idioma propio queda sumergido e inerme ante la lengua mandona y autoritaria de Castilla. Cuando mucho tiempo después el cubano -que ya no es el indio ni conserva huellas suyas, porque el alma rendida pierde la raza y pierde con ella la lengua- comience a expresarse por escrito, es decir, con intención de que perdure su personalidad, la prosa que saldrá de sus manos será por mucho tiempo una obediente y sumisa imitación de la prosa del conquistador.

No hay mestizaje lingüístico en lo que se conoce de prosa en Cuba en el atardecer del siglo XVI. Los primeros relatos hechos por los protagonistas de los descubrimientos, de la colonización, del gobierno incipiente, fueron redactados cuando ya se había roto el hechizo, y el español se había vuelto invulnerable, por lo que se ve, a los encantos de la naturaleza. Su idioma ha recuperado el mando. Ya no hay turbación, sino imperio. Después de las descripciones generales de Oviedo, de Pané y de Cobos, y como si el hechizo se hubiese esfumado, en Cuba, como en todas las regiones de América, habrá que llegar hasta muy avanzado el siglo XVIII para que la gente vuelva a «ver» la naturaleza, y con ella su lenguaje propio.

La prosa que conocemos mejor, con mayor caudal de páginas, es la forense. Gracias a María Teresa de Rojas, quien en 1947 publicó su Índice y extractos del Archivo de Protocolos de La Habana, 1578-1585, podemos conocer hoy la estructura de la prosa que encabeza de hecho toda la existencia cubana de la época: partidas de nacimiento, testamentos, partidas de defunción, contratos, reclamaciones judiciales y peticiones a las autoridades, siempre peticiones a la autoridad. No es esa, naturalmente, la denominada prosa literaria, pero es evidente que el manejo reiterado e insistente de ciertas formas del lenguaje, y más en un medio que se explica por los intereses económicos como es el forense, acaba por imponerse aun a la hora en que un literato genuino -que tarda mucho en aparecer en las sociedades en formación- se siente a escribir.

«A través de los (archivos notariales) nuestros, dice María Teresa de Rojas -en testamentos, capitulaciones matrimoniales, contratos de importación de mercancías y de prestación de servicios, venta de esclavos, traspaso de la propiedad rústica urbana, aprendizaje de oficios-, vemos pasar día a día, en sus menores detalles, toda la vida de la incipiente colonia. En ellos aparecen nuestros personajes más importantes del XVI -los Recio, los Rojas, los Soto, los Manrique, los Calvo de la Puerta- comprando y vendiendo afanosamente, -251- cambiando cueros y azúcar por esclavos, paños y vino, construyendo navíos para el tráfico de cabotaje, trayendo mercancías de Nueva España y las Islas Canarias para enviarlas a los pueblos de tierra adentro; Meléndez Márquez ocupado en el abastecimiento de los fuertes de la Florida; los oficiales reales embarcando para Felipe II, que construía el Escorial las preciosas tozas de caoba y cedro de los bosques de Baracoa; los frailes de San Francisco adquiriendo el solar en que iban a erigir su convento, y proyectando la fábrica de su iglesia que habían de costear el capitán Alonso de Rojas y Diego de Soto, reconociéndoles como patronos con derecho a enterramiento perpetuo en la misma; el "francés" apresando las estimadas cajas de azúcar quebrado y entero que indemnizaba con cuchillos y lienzos de Ruán, inicios éstos del bien pronto floreciente comercio de contrabando al que necesariamente no tardaría en dedicarse la mayoría de los pobladores de la Isla; y, sobre todo, el gran acontecimiento que suponía la llegada de las flotas al puerto de La Habana, que aquí se abastecían antes de emprender juntas el viaje de regreso a Sevilla. Momento culminante éste que hacía despertar de su letargo a la población, paréntesis de actividad, de animación, de regocijo, en el lánguido y monótono transcurrir de los días iguales y vacíos. Se vivía en espera de la flota, todo le estaba supeditado: las transacciones se verificaban a su arribo, los pagos se aplazaban hasta entonces; de ellas dependía casi exclusivamente la vida económica, la prosperidad de la naciente colonia. Su "avivamiento", que consistía en carnes saladas, frutos, casabí o bizcocho, motivaba un tráfico animado; el alojamiento de los pasajeros en las casas de la villa mientras éstos permanecían en el puerto, hacía correr el dinero, produciendo febril agitación en sus habitantes, que se afanaban en sacar de su tránsito el mayor beneficio posible».

En esta sintética visión vemos una característica económica cubana que va a ser constante en la historia: una zafra, un trabajo estacional, como medio «fijo» de vida para la población. A ese cuadro hay que añadirle la secuela de lo que podemos llamar «industrias derivadas del turismo», como el juego, las muchachas alegres, el matonismo, la importación de artículos superfluos y, sobre todo, la industrialización y comercialización de la alegría. Porque todo ese mundo de las flotas y del puerto abigarrado y aurífero por unos meses, se acompañaba con la música. Pronto van a conocer en Europa al puerto de La Habana como uno de los centros más jacarandosos y divertidos del mundo. Se arraiga la -252- leyenda de lo frívolo, de lo dicharachero y superficial como sinónimo de lo cubano. (Es Irene A. Wright, la autora esencial de un libro único todavía sobre La Habana, Historia documentada de San Cristóbal de La Habana en la primera mitad del siglo XVII, quien asimila la zafra de las flotas a la práctica actual del turismo en los países que viven de esta industria. «La llegada anual de los navíos procedentes de Tierra Firme y de Méjico -dice- inauguraba un período febril en que los negocios tomaban gran incremento y los precios subían en la misma proporción: o sea, la "temporada de turistas" del siglo XVI»).

La leyenda de lo cubano como bachata y jolgorio iba a ignorar, en los siglos XVII y XVIII como en el siglo XX, el otro lado de la moneda, la otra cara de la realidad, de la verdad cubana. Porque paralelamente con ese trajín de la zafra anual se venía asistiendo, desde 1550 por lo menos, al nacimiento de una cultura, filial de la española, por supuesto, pero llamada a desarrollarse con acentos propios, con características de personalidad peculiar.

Al decir cultura, se está diciendo aquí, principalmente, forma de vida, concepción del destino. Paralelamente con el desarrollo de esa Habana de la leyenda, crecía una sociedad humana compuesta de gente muy laboriosa y con tendencia irresistible al estudio y a la información. A la información o, lo que es lo mismo, a la educación. La existencia de escuelas rudimentarias en sí mismas y dedicadas a transmitir rudimentos, pero escuelas en definitiva, tiene entidad histórica en Cuba desde muy temprano en el siglo XVI. No fue tan intensa allí como en otras regiones del Nuevo Mundo la labor del misionero, que fuese por adoctrinar en su religión, fuese por otra causa, servía como fuente de instrucción constante; pero el hecho histórico es que en los principales focos de población desarrollados desde los tiempos mismos de Diego Velázquez, siempre estaba presente la escuela.

Crecía así una población magnífica de artesanos, de grandes carpinteros, de albañiles cualificados, de agricultores y azucareros importantes, y crecía también una población de gente que amaba la cultura, reducida quizá a «saber leer, escribir y las cuatro reglas», pero que no pasaba por dejar a sus hijos sin escuela. El contacto con los viajeros procedentes de otras regiones, y el contacto mismo con los llamados piratas, de quienes tenemos una leyenda negativa que conviene revisar de punta a punta, ayudaron mucho a mantener despierta y avisada la conciencia y la curiosidad de las gentes. El poder de la Corona no consiguió -253- nunca una victoria completa en lo de reducir la formación cultural de los habitantes de la Isla a términos que garantizasen una subordinación completa. Aparte de que en Cuba, como en las otras zonas del Imperio, iba a aparecer y a actuar el español que huía de su tierra (desde mediado del siglo XVI) para escapar a la presión del extranjero posesionado de España y a la presión de los instrumentos religiosos y políticos de coacción, que en su país pretendían no dejarle pensar, influyó mucho en la búsqueda constante del saber, en la curiosidad por las cosas, la mera condición de isla y la fundación en el litoral de las principales poblaciones. El hombre de isla vive pendiente de las sorpresas que el mar le acerca cada día. Su propio lenguaje se desarrolla y crece en relación estricta con su proximidad al litoral. En tierra adentro se conserva el arcaísmo; en los puertos nacen todas las llamadas herejías contra la lengua.

La historia social y económica de Cuba nos enseña que al aparecer el importantísimo período que podemos llamar de detenimiento o desviación del destino que en apariencia le tocara a la Isla en los primeros años de la colonización del Nuevo Mundo (cuando todo se desvía hacia México y luego hacia Tierra Firme y el Perú), se produjo un estancamiento, un reposo. Las débiles poblaciones de tierra adentro se volvieron tan calladas y recoletas como viejas aldeas castellanas. La poca población iba a permitir, en muchos sitios, la aparición de la «vida idílica», serena, vida de élites o de solitarios. Por razones opuestas a las que hoy determinan la concentración de las poblaciones hispanoamericanas en las grandes capitales, en la Isla del XVII y gran parte del XVIII, todo se concentraría en las tres o cuatro poblaciones con considerable número de habitantes.

Es, culturalmente, la etapa de la Edad Media criolla. Hay como un silencio muy espeso en torno a lo que verdaderamente ocurría en la Isla, pero cabe inferir que se estaba desarrollando un proceso muy serio de culturización, de formación mental superior. Está por investigar en los archivos, de México, de Sevilla, de Simancas, todo un período de más de cien años, en el cual tiene que haberse producido forzosamente una cantidad respetable de poesía, de prosa, de teatro, de memoriales políticos, forenses y económicos. Mucho antes de la aparición de la imprenta en Cuba -y todo indica que la fecha de 1726, aceptada por la generalidad de los autores, es una fecha tardía- se había acumulado ya mucho material, mucho testimonio de la imaginación y de la inspiración de los cubanos de todas las clases sociales. No se llega a un poema como El Espejo de -254- Paciencia de un salto. Ni aparecen las personalidades que vamos a encontrar dentro de un momento por pura casualidad o por personal valía del hombre estelar. En rigor, el hombre estelar es siempre un resultado, la cresta de una fuerte ola que tiene raíz, cimiento, zonas intermedias y cumbre. Llamo Edad Media cubana no sólo al período de silencio y de casi completa oscuridad en lo relativo a la cultura que va del 1530 -poco más o menos- hasta la toma de La Habana por los ingleses, sino también al desconocimiento que tenemos del fondo, de la intensidad, del alcance de un movimiento cultural, formativo, que tenía dadas ya, en 1762, señales de ser muy importante y fecundo.

Hay para el investigador de las letras cubanas -letras que no pueden excluir la redacción de sermones y oraciones fúnebres, ni los informes sobre necesidades económicas, educacionales, etc.- toda una riqueza inexplorada o iluminada en los fondos bibliográficos señalados por los beneméritos cubanos Pérez Beato y Carlos M. Trelles, pero la hay también en la Biblioteca Mexicana de Juan José Eguren, en la Biblioteca Hispanoamericana Septentrional de José Mariano Beristaín de Souza, en las obras de José Toribio Medina, el chileno egregio, y en las del mexicano García Icazbalceta. Max Henríquez Ureña, Juan J. Remos, Julio Le Riverend, Juan José Arrom, José Antonio Fernández de Castro, Emeterio Santovenia y muchos otros han señalado el período de esos cuasi anónimos creadores, y dan muchos nombres y referencias, pero hay que llegar un día a la reproducción de manuscritos, a la exhumación de páginas y páginas que posiblemente harán renovar por completo la historia de la literatura cubana.

Antes de llegar a los grandes nombres, a los varones canónicos, me gustaría que alguien investigase en las Universidades de México, de Salamanca, de Sevilla, de Granada, la presencia cubana desde el siglo XVII. Es posible haya importantes manuscritos, o aun impresos, de personajes como Diego de Sotolongo, Manuel Díaz Pimienta, Cristóbal Calvo de la Puerta, Diego Vázquez de Inestrosa, Juan Arechaga y Casas, habanero catedrático en Salamanca, Diego de Varona, con su Historia de las invasiones piráticas, especialmente de las de Morgan en 1668; Pedro Recabarren, Tomás Recino. Me gustaría leer La esmeralda colocada en los fundamentos de la celestial Jerusalén: atributos, prerrogativas y excelencias del glorioso apóstol y evangelista San Juan, del franciscano habanero Fray Enrique de Argüelles, o la Carta a Feijoó, del famoso Francisco Ignacio Cigala, o del cubanito José Duarte y Burón, rector en México, su Ilustración del derecho que compete a la -255- Santa Iglesia Metropolitana de México para la percepción del diezmo del fruto de los magueyes, llamado Pulque, o el Arte de navegar; navegación astronómica, teórica y práctica, del médico Lázaro Flores. ¿Y qué es eso de Endimiones habaneses, del habanero Marcos Riaño Gamboa? Fray José Fonseca, dominico habanero, dejó un manuscrito titulado Noticias de los escritores de la isla de Cuba; y sigue en manuscrito el Certamen poético para la noche de Navidad de 1754, proponiendo al Niño Jesús bajo la alegoría de Cometa, del jesuita habanero José Julián Parreño, antiesclavista, a quien se le llamó por sus novedades el primer predicador a la moderna. ¡Cuánto autor y cuánto libro cubano quedan por sacar a la luz! Y estos nombres mencionados aquí, que no son sino poquísimos de entre los conocidos, no pertenecen propiamente al silencio, pues de un modo u otro se sabe de ellos. Hay relación de sus obras, expedientes de sus estudios, datos de sus biografías. Pero queda además lo otro: el mundo subterráneo, la inspiración popular vertida en romances y en cuentos campesinos y de aparecidos; queda la fantasía en libertad, típica del cubano, culto o inculto, adulto o infantil.

En la que puede considerarse como página más antigua del criterio cubano autóctono, la declaración hecha a Cristóbal Colón en persona por un cacique, el Sócrates cubano, vemos resplandecer la extraña armonía entre razón y fantasía que va a estar presente siempre en la Isla. Los historiadores cubanos de la primera hora recogieron de Román Pane, o Ramón Payne, como llaman otros al cronista del segundo viaje, el mágico suceso: los indígenas presenciaban a distancia conveniente la ceremonia de la misa; al terminar ésta, el Sócrates del grupo, el viejo cacique y gran sacerdote de la tribu, se adelanta a Colón, se acerca a él, y una vez puesto en cuclillas, que era el modo íntimo de hablar un hombre con otro en el círculo mágico de la tribu en hora pacífica, dijo al Almirante luego de entregarle la ofrenda de frutas: «Tú has venido a estas tierras que nunca antes viste, con gran poder, y has puesto igual temor en todos nosotros; sabe que según lo que acá sentimos hay dos lugares en la otra vida a donde van las almas, uno malo y lleno de tinieblas, guardado para los que hacen mal; otro alegre y bueno a donde se han de aposentar los que aman la paz de las gentes: por tanto, si tú sientes que has de morir y que cada uno según lo que acá hiciere allá le ha de corresponder el premio, no harás mal a quien no te lo hiciere».

Esta es la versión que trae Urrutia. En otras descripciones del mágico acto, se dice que el Sócrates afirmó que si reverenciaban a Dios con aquella ceremonia -256- era prueba de no ser hombres malos. Y tanto entusiasmó al cacique la conducta española, dicen, que declaró estar en ánimos de irse con Colón, impidiéndoselo únicamente tener mujer e hijos.

De esta simpática imagen del cubano razonador, lo que interesa salvar es la señal de veracidad que hay en el personaje capaz de razonar al mismo tiempo que fantasea de lo lindo. Hay una coherencia en lo que dice, aun refiriéndose a materias tan complejas y hasta abstrusas. ¿Quién sirvió de intérprete entre Colón y el cacique? Misterio de misterios. El arte de tratar coherentemente lo que por naturaleza es incoherente es la especialidad de los seres mágicos. Al revés proceden también: convertir en irreal lo real, ver y trasver en la objetivado lo fantástico. Esta capacidad va a permitir, en el último tercio del siglo XVIII, la gran batalla cultural de los cubanos contra la realidad política encarnada en la Metrópoli y en la escena internacional de la época. Es gracias a un poderoso acto de magia apoyada en la cultura que los cubanos principales de ese período inventan una entelequia, una idealidad, casi una utopía, como forma preferida para vivir en el futuro. Con una lógica propia de los grandes escolásticos, van a llegar unos hombres que emplearán el saber formalista que se les ha inculcado, en romper los moldes del formalismo político y social.

De una manera mecánica, por la fuerza de la inercia y por lo conveniente del método para el mantenimiento intacto del poder (el establishment), España había llevado al Nuevo Mundo universidades programadas dentro del esquema del siglo XVI. Cuando aparecen Descartes, Locke y las nuevas ideas científicas y económicas, aquellas universidades están cerradas a cal y canto para cuanto sea novedad. Pero el riguroso método, la disciplina mental, el arte de raciocinio, valdrán tanto, a los fines de la apertura por su cuenta de aquellas sociedades al mundo, como las propias ideas nuevas.

Es casi una ley cultural que un sistema político siembre para la continuidad y coseche una ruptura. La primera gran figura nacional de Cuba es un sacerdote formado en el molde más estricto de la ortodoxia escolástica. José Agustín Caballero (1762-1835) no es en modo alguno el iniciador de la alta cultura en Cuba, pues cuando él nace, en 1762, ya hace por lo menos medio siglo que nativos de la Isla habían sido catedráticos en Salamanca y en México, oradores famosos en toda el área hispánica, hombres de ciencia, jurisconsultos, -257- poetas, y está en su apogeo la fama de Francisco Javier Conde y Oquendo, llamado «el primer orador de América».

En 1762 sale para el exilio el obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz (1694-1768), y un año antes había terminado José Martín Félix de Arrate (1701-1765), regidor perpetuo de La Habana, donde naciera en 1701, su historia de la fundación y crecimiento de La Habana bajo el título de Llave del Nuevo Mundo, antemural de las Indias Occidentales.

¿Cómo se escribía, cuál era el estilo de la prosa cubana en 1762? Veamos un fragmento de Arrate:

«Del aseo y porte de los vecinos, buena disposición y habilidad de los naturales del país y nobleza propagada en él y en la Isla.

Entro a principiar este capítulo con una materia que, entre las varias que componen esta obra, me persuado será singularmente apetecida de la curiosidad de los lectores, porque para el genio de los más y no de los de menos categoría, son muy agradables las noticias del traje, adorno y lucimiento que gastan los moradores de las regiones que no han visto, y así para satisfacer su deseo y no omitir circunstancia alguna de cuantas los escritores de mejor nota juzgan concernientes a estos asuntos, daré la que corresponda al que he propuesto tocar aquí.

El traje usual de los hombres y de las mujeres en esta ciudad es el mismo, sin diferencia, que el que se estila y usa en los más celebrados de España, de donde se le introducen y comunican inmediatamente las nuevas modas con el frecuente tráfico de los castellanos en este puerto. De modo que apenas es visto el nuevo ropaje, cuando ya es imitado en la especialidad del corte, en el buen gusto del color y en la nobleza del género, no escaseándose para el vestuario los lienzos y encajes más finos, las guarniciones y galones más ricos, los tisúes y telas de más precio, ni los tejidos de seda de obra más primorosa y de tintes más delicados. Y no sólo se toca este costoso esmero en el ornato exterior de las personas, sí también en la compostura interior de las casas, en donde proporcionalmente son las alhajas y muebles muy exquisitos, pudiendo decirse sin ponderación que en cuanto al porte y esplendor de los vecinos, no iguala a la Habana, México ni Lima, sin embargo de la riqueza y profusión de ambas Cortes, pues en ellas, con el embozo permitido, se ahorra o se oscurece en parte la ostentación, pompa y gala; pero acá siempre es igual y permanente, aun en -258- los individuos de menor clase y conveniencia, porque el aseo y atavío del caballero o rico excita o mueve al plebeyo y pobre oficial a la imitación y tal vez a la competencia.

Esta poca moderación en los primeros y exceso notable en los segundos es causa de atraerse aquéllos en sus caudales y de que no se adelanten éstos en sus conveniencias, pues por lo general todo lo que sobre de los gastos precisos para la mantención o sustento corporal se consume en el fausto y delicadeza del vestuario y en lo brillante y primoroso de las calesas, de que es crecido el número y continuo el uso, y en otros destinos de ostentación y gusto, de suerte que no conformándose muchas veces el recibo con la data, o la entrada con la salida, resulta el que queden al cabo del año empeñados; lo que se hace constante por el poco o ningún dinero que, a excepción de muy señaladas casas, se suele encontrar en las de los vecinos más acomodados, al mismo tiempo que se hacen notorias sus deudas o créditos».

Tenía veintisiete años de edad en el momento en que nace Caballero, otro vocado a la historia: Ignacio José de Urrutia y Montoya (1735-1795). Cuando éste publique en 1789 los primeros capítulos de su Teatro histórico, político y militar de la Isla Fernandina de Cuba, y principalmente de su capital, La Habana, será José Agustín Caballero su más vigoroso juez. La nueva generación choca siempre violentamente con la inmediata anterior. Al sobrio Caballero le irrita el estilo pomposo de Urrutia, y no le pasa tampoco las libertades de imaginación. Quiere en el historiador rigor científico. Él, Caballero, ha llevado al seminario de San Carlos los nuevos aires del mundo. No puede aprobar el apego de Urrutia al estilo cortesano, y no por razones políticas, sino por exigencia del buen gusto. Urrutia abusa de las citas en latín, vengan o no a cuento. Tiene en su favor la insistencia en el amor a la patria. El habanero se siente criollo ante todo. Parece estar muy en el servicio de su majestad y dentro del establishment, pero subraya el amor a la ciudad, el habanerismo. Puede perdonársele por eso que escriba en esta forma sobre los motivos de escribir su teatro: «Arduo es lo que debía ser fácil, conviene hablarte, lector carísimo, en libro eterno y con palabras de oro, para comprender las cosas cotidianas y públicas de la isla Fernandina de Cuba, que -259- todos debemos saber y entender y estando cierto en su sustancia y provecho, dificulta hacerlo el modo y cualidades, viniendo a costar más el engaste, que la piedra preciosa, aun no castigado el estilo como pide Horacio.

«Al emprender la obra del Teatro Histórico, jurídico, Político Militar de la Isla Fernandina de Cuba y principalmente de su capital La Habana, mi amada Patria, tuve el justo objeto de no enterrar en el sepulcro con mi cadáver aquellos escasos talentos, que adquirí en la carrera literaria, siendo responsable como el siervo perezoso de los que recibió. Porque no es justo retener la palabra buena en tiempo oportuno, habiendo nacido no sólo para nosotros sino también y mucho más para nuestra Patria. E igualándose las obligaciones del militar y jurisperito, en cuanto a poner mano a la espada y pluma siempre que la causa pública lo pida.

«Nacido en La Habana para ella y su Católico Soberano, propendió la profesión de mi señor padre el Dr. D. Bernardo de Urrutia a que siguiese la misma carrera honorífica de la abogacía. Dejome en sus principio, y con el mérito de sus servicios que intentó premiarle la piedad del Rey y por su fallecimiento previno lo fuesen en mí. Con este incitativo concluí las clases y práctica en el Real y Pontificio Seminario de Méjico, y recibido de abogado por su Real Audiencia, me restituí a mi casa en ánimo de seguirla.

«Comencé a internarme con los autores de la Facultad y a formar por ellos alguna idea de aquella Ciencia limitada en las universidades y colegios a cuatro autores de Derecho Canónico y Civil, cuyas dificultades satisfacen dos -260- soluciones, tal vez puramente objetivas, y hallé que mirada en los Tribunales se llama arte de artes y ciencia de ciencias como dirigida al gobierno de los hombres, Señores del Universo, poco menos dignos que los Ángeles a cuyos pies y para cuyo obsequio se criaron los demás vivientes».

Ese es el estilo de Urrutia. Mucho más simple es el del otro historiador de los primeros tiempos, Antonio José Valdés (1780-c. 1830). Valdés era matancero, y nació cuando José Agustín Caballero tenía dieciocho años. Menos literato -en el mal sentido- que Urrutia y menos escritor que Arrate, su Historia de la Isla de Cuba y en especial de La Habana se lee sin embargo hoy con mayor interés que la de sus tres predecesores (incluyendo al obispo Morell de Santa Cruz).

Según José Antonio Fernández de Castro, los tres primeros capítulos de la Historia de Valdés fueron redactados por José Agustín Caballero. Afirma el autor de Barraca de feria que él vio en la biblioteca del Dr. Alfredo Zayas el manuscrito que probaba la paternidad de Caballero, prestada a Valdés por razones de discreción en el cargo de Caballero.

Por el propio Valdés se sabe que Caballero y Domingo de Mendoza le facilitaron datos y revisaron el trabajo, pero la afirmación de Fernández de Castro abre una interesante posibilidad para fundir aún más a José Agustín Caballero con la génesis de los más fuertes sentimientos patrios. Para establecer la realidad, tendríase que confrontar textos de Caballero (los poco que hay en español) con los de esos primeros capítulos de la Historia de Valdés. Hoy hay toda una escuela, dentro de la crítica literaria, que se ocupa de estas identificaciones, valiéndose del empleo de los cerebros electrónicos para comprobar la identidad de vocabularios, la periodicidad del empleo de comas y de puntos y el propio ritmo de la estructura de la oración.

Sean o no de Caballero esos capítulos, lo que cumple decir aquí ahora es que Valdés ha tenido lo que se llama «mala prensa». Publica su libro en 1813, cuando ya ha comenzado en América hispana el deshielo del estilo neoclásico, del que tenemos muchos ejemplos en Cuba, pero excepcionalmente en el bayamés Manuel del Socorro Rodríguez (1758-1818), quien no por azar llegaría a ser uno de los patriarcas de la cuidadosa literatura colombiana. Rodríguez, como -261- Valdés, es obrero manual al principio. En ambos parece estar presente la condición, más o menos «tapiñada», de la mulatería y de la falta de blasones en el hogar. De ninguno de ellos puede comenzarse la biografía, como es habitual en la estupidez y en el mal gusto de tantos, diciendo «nació en el seno de muy buena familia», o «pertenecía a un claro linaje». Pero hay diferencias psicológicas esenciales: Manuel del Socorro Rodríguez se inserta mansuetamente en el establishment, y llega a formar en el séquito o entourage del virrey Ezpeleta, cuando éste se trasladó a Bogotá. Valdés viaja también, pero es más como francotirador, por su cuenta; se le ve ya en Buenos Aires ya en México. En este país pasa los últimos treinta años de su vida. Él, Rodríguez, y la pléyade de los que mucho antes se habían ido a universidades, periódicos y trabajos en el extranjero, protagonizan la constante fuga de cerebros, por razones políticas y económicas casi siempre, que tanto perjudicará a Cuba. Valdés es un inquieto, y Rodríguez es más sedentario. Quiere el bayamés ser más «señor», siendo visible en él, como en todo converso a una situación, el esfuerzo por la peluca empolvada y la chorrera de encajes, cuando ya los nacidos en ese mundo desdeñaban los adornos. Cuando muere Rodríguez en Bogotá, en 1818, Valdés anda por Buenos Aires, donde ha publicado su Gramática y Ortografía. Once años antes había dado en La Habana la primera gramática publicada en Cuba, Principios generales de lengua castellana. En ese texto de Valdés aprendieron los rudimentos de gramática, por mucho tiempo, los niños habaneros.

Pero el hecho de ser redactor de gramáticas no hace de él un dómine ni un arcaizante en materia de lenguaje y de estilo. Los reproches que hacen a Valdés sus contemporáneos y algunos críticos posteriores, muy apegados a las normas llamadas clásicas, débense a que este hombre libre manejó una lengua más abierta, propia de la postrevolución francesa. Sabe sus latines, pero está a millas y millas de distancia de Urrutia. Su prosa no es de belleza notable, pero manifiesta muy bien la constante criolla de la lógica interna, del ir paso por paso dentro de la oración y del párrafo diciendo lo que se quiere. Obsérvese en la página de Valdés que damos a continuación el aire de libertad con que maneja los asuntos y los personajes; ahí Urrutia hubiera citado doscientos autores. Valdés habla de seguimiento, y a Toscanelli le llama con familiaridad Paulo. Busca la claridad del estilo, y la encuentra:

«No me detendré un momento en describir los delirios de muchos historiadores sobre los conocimientos que los antiguos tuvieron de la América, ni -262- tampoco vagaré en solicitud de los pobladores originarios de esta mitad de la tierra; pero sí comenzaré mi historia con los primeros pasos del inmortal Colón, para descender en su seguimiento hasta la Isla de Cuba, que es mi principal objeto.

«Entre los muchos extranjeros a quienes la fama de los descubrimientos hechos por los portugueses atrajo al servicio de esa nación, se contaba Cristóbal Colón, natural de la república de Génova, según la opinión más acreditada, y uno de los insignes náuticos de su tiempo. Entonces el grande objeto de la atención de la Europa era descubrir la comunicación con la India, extendiendo la navegación por la extremidad meridional del África; y en ese mismo tiempo concibió el genio de Colón un designio tan asombroso a la edad en que vivía, como benéfico a la posteridad.

«El espíritu de Colón, naturalmente investigador, capaz de reflexiones profundas, estudioso en su profesión, revolviendo los principios en que los portugueses fundaban sus planes de descubrimientos y advirtiendo la lentitud con que los adelantaba, pudo deducir que atravesando hacia el Oeste del océano Atlántico se hallarían sin duda nuevos países, que probablemente formarían parte con el gran continente de la India. Ya entonces la figura esférica del globo era conocida, y su magnitud calculada con alguna exactitud. Era además evidente que la Europa, el Asia y el África, hasta donde se conocían en aquella época, formaban muy pequeña parte de la tierra; y era probable, según la sabiduría y beneficencia del autor de la naturaleza, que la vasta extensión que quedaba del globo no estuviese cubierta de mares inútiles a la vida del hombre. Por otro lado, las relaciones de los antiguos daban a entender que la India se extendía prodigiosamente hacia el Este.

Después de haber pesado Colón todos estos particulares, como su carácter modesto le hacía desconfiar de su propia capacidad, comunicó sus ideas por el año de mil cuatrocientos setenta y cuatro a Paulo, excelente cosmógrafo de Florencia, cuya sabiduría y candor le hicieron acreedor a la confianza de Colón. Efectivamente, aquel sabio consultor aprobó las proposiciones de Colón, y le sugirió varios hechos que las corroboraban y le animó a empresa tan laudable.

La actividad de Colón le condujo entonces de la especulación a la práctica, y creyó conveniente que para realizar un designio tan considerable, era necesario el auxilio de una potencia respetable de la Europa. La larga ausencia -263- de su país no le había extinguido el afecto con que el hombre mira a su patria; por lo que presentó sus planes al Senado de Génova, y le ofreció sus servicios, con el fin de descubrir nuevas regiones al Oeste, bajo el pabellón de la República; pero en Génova desconocían la capacidad de Colón, y aunque era pueblo marino, no se hallaba en estado de penetrar los fundamentos de su plan; y despreciándole como un visionario, perdió el momento de restaurar ventajosamente el esplendor de la República.

Habiendo Colón llenado sus obligaciones a la patria, se dirigió a Juan II, Rey de Portugal, en cuyo país estaba establecido. En él se prometía más favorable recepción por ser el Monarca de genio emprendedor, y sus vasallos los mejores navegantes de la Europa. El Rey le recibió con afabilidad, y sometió al juicio del obispo Diego Ortiz, y de dos judíos excelentes físicos el proyecto de Colón. Estos individuos eran directores principales de la navegación portuguesa, y no tuvieron la generosidad de confesar los talentos superiores de Colón, en cuanto a Cosmografía y navegación: lejos de eso, le entretenían con cuestiones vagas y capciosas; hasta atreverse a usurparle el honor de sus investigaciones, aconsejándole al Rey que despachase secretamente un bajel, con el intento de efectuar los nuevos descubrimientos, siguiendo exactamente el curso que Colón indicaba. Juan, olvidó lo que el Príncipe debe a su rango, y adoptó tan pérfido consejo: pero el piloto escogido para el intento, ni tenía el genio, ni la fortaleza, ni la instrucción del autor. No bien se apartó de las costas, cuando acobardado de una tempestad, regresó a Lisboa, detestando los proyectos de Colón como extravagantes y peligrosos».

Todo eso pasaba en los momentos en que echa a andar su obra José Agustín Caballero. Se había llegado muy lejos en cuanto a la lenta creación de una prosa útil para entendérselas con el mundo recién nacido de la emancipación norteamericana y de la revolución francesa, y con el mundo que nacería en la parte hispánica de América a consecuencia de la invasión napoleónica de España y el consiguiente derrumbamiento de la monarquía trisecular. José Agustín Caballero está en realidad a caballo entre dos épocas mentales, entre dos estilos de vida y de historia. Nace en el instante en que da un giro completo la conciencia que de sí mismo y de las posibilidades de su nación tenía el cubano (1762, toma de La Habana por los ingleses), y va a vivir hasta 1835. El año antes, Saco había sido condenado a dejar su cátedra y a confinarse en Trinidad. La conciencia -264- intelectual y política cubana estaba ya formada casi por completo, aun cuando, como era procesal, fuese la autonomía la doctrina que atraía aún al mayor número de los concientizados.

Hay un encadenamiento de cumbres con José Agustín Caballero como hito inicial. Desde 1764 había periódicos, pero sólo en 1790 comenzó la prensa literaria, abierta a las colaboraciones de muchos que no tenían nada que ver con la vida oficial, ni, por supuesto, con la prosa oficial. El capitán general don Luis de las Casas entra por derecho propio a figurar en toda historia cultural de Cuba. En el Papel Periódico creado por él en el mismo año de su entrada en el cargo, va a recogerse la nómina de la generación que apunta. Ahí están los primeros versos de Izmael Raquenue, Manuel de Zequeira y Arango (1764-1846) y los trabajos iniciales de Francisco de Arango y Parreño (1765-1837), que es tres años menor que Caballero, cofundador del Papel Periódico. Todos los grandes van a coincidir en un lapso muy corto: Tomás Romay y Chacón (1764-1849), Arango y Parreño (1765-1837), Félix Varela (1787-1835), José Antonio Saco (1797-1879), Felipe Poey (1799-1891) y José de la Luz y Caballero (1800-1862). Esta encarnación de hombres-guías, esta cristalización de un proceso cultural en menos de cincuenta años, es significativa porque habla de una suerte de plenitud del tiempo histórico, de una maduración de la conciencia cubana, que estalla o se canaliza a través de estos hombres. Obsérvese que, salvadas las excepciones de Manuel de Zequeira y Arango, de Manuel Justo Rubalcava (1769-1805) y de Manuel María Pérez y Ramírez (1781-1853), la tónica, el acento del siglo, nos lo dan los pensadores, los ordenadores mediante raciocinio de la realidad cubana. Cuando se llega al 800, ya todo está listo para partir: José Agustín Caballero había derruido las murallas de la educación antigua, y había puesto en fuga lo que supervivía de actitud medieval ante el mundo físico y ante el orbe mental, ante el método de pensar que se constituía en una necesidad para el contemporáneo de tan grandes cambios en la ciencia y en la vida política y social.

Don José de la Luz y Caballero, sobrino de José Agustín decía de éste: «Caballero fue entre nosotros el que descargó los primeros golpes al coloso del escolasticismo, que después acabó de derrocar y pulverizar en la misma arena el Hércules de sus discípulos (Varela) con su robusta maza». Porque todavía se estaba en Cuba, como en los otros centros culturales de la América Española, luchando con Aristóteles y con el tomismo más recalcitrante. De manera intuitiva -265- la Corona había comprendido que su suerte estaba ligada a la dominación férrea del pensamiento, y todo ensayo de novedad, fuese en las experiencias científicas, fuese en los métodos pedagógicos y en las ideas, se consideraba -¡y lo era!- un acto subversivo respecto del establishment. En España misma se había vivido, en el siglo XVI, la terrible disputa entre los grandes humanistas nacidos del genial Luis Vives (simbólicamente nacido en 1492) y los escolasticistas. Esta disputa llegó a su punto culminante el día en que El Brocense, hastiado ya de la pretensión de que sólo a través de Santo Tomás se podía conocer la verdad y conocer a Dios, gritó en medio de una asamblea de sabios: «¡Mierda para Santo Tomás!». Lo que El Brocense, los Valdés, Vives, los Herrera y tantos humanistas hicieron en vano por abrir la ciencia y la universidad españolas a todo lo que había traído consigo el descubrimiento del Nuevo Mundo fue realizado en Cuba, denodadamente, por José Agustín Caballero y sus seguidores. Al igual que en aquellos humanistas del XVI y el XVII españoles, vemos en los cubanos del último tercio del XVIII y los primeros del XIX el paso del prosista en latín al prosista en lengua castellana. Caballero escribe todavía sus textos de clase en latín, como estaba preceptuado, y en las clases empleaba esta lengua, pero ya sabe vaciar en el molde antiguo la savia nueva. Aparentemente es un integrado total en el establishment, en el sistema, pero ya ha roto en lo interno. Frente a la tesis oficial de que lo más conveniente al maestro es seguir una sola escuela y un solo maestro, Caballero llega a la muy audaz conclusión de que «es más conveniente al filósofo, incluso al cristiano, seguir varias escuelas a voluntad, que elegir una sola a que abscribirse».

El estilo de José Agustín Caballero (y sólo podemos entender por tal aquí su estilo en prosa castellana) es de gran sencillez. No buscaba la menor «gala literaria», no le interesaba para nada el adorno. Él lo que quería era pensar bien, con claridad, y escribía en consecuencia. Estoy diciendo tácitamente que el estilo es una armonía con el pensamiento, o no es nada. La prosa cubana del período culminante de las ideas claras, o de la clarificación de las ideas cubanas, es sencilla, austera, despojada de adornos y de vegetación adjetiva.

Veamos una hermosa manifestación de José Agustín Caballero. Se dirige por escrito, en su condición de presidente de la Sección de Ciencias y Artes de la Sociedad Económica de Amigos del País (o Sociedad Patriótica de La Habana, como él prefería llamarla) a la Junta reunida el día 6 de octubre de 1795, y plantea -266- la reforma universitaria, nada menos que la reforma universitaria, en los términos siguientes:

«Yo os convido esta noche amigos míos, á tentar una empresa la mas ardua quizá; pero ciertamente la más útil á nuestra Patria y la más digna de las especulaciones de nuestra Clase. La confianza que tengo en el espíritu que os anima, y en la favorable disposición que mostrais á desempeñar los objetos todos que nos ha sometido la Sociedad madre, me alientan y estimulan á producir aquí un proyecto mucho tiempo há concebido y agitado por la Clase.

El sistema actual de la enseñanza pública de esta ciudad, retarda y embaraza los progresos de las ártes y ciencias, resiste el establecimiento de otras nuevas, y por consiguiente en nada favorece las tentativas y ensayos de nuestra Clase. Esta no es paradoja; es una verdad clara y luminosa como el sol en la mitad del día. Mas confieso simultáneamente que los maestros carecen de responsabilidad sobre este particular, porque ellos no tienen otro arbitrio ni acción que ejecutar y obedecer. Me atrevo á afirmar en honor de la justicia que les es debida, que si se les permitiese regentar sus aulas libremente sin precisa aligación á la doctrina de la escuela, los jóvenes saldrán mejor instruidos en la latinidad, estudiarían la verdadera filosofía, penetrarían al espíritu de la iglesia en sus cánones, y el de los legisladores en sus leyes; aprenderían una sana y pacífica teología, conocerían la configuración del cuerpo humano, para saber curar sus enfermedades con tino y circunspección, y los mismos maestros no lamentarían la triste necesidad de condenar tal vez sus propios juicios, y explicar contra lo mismo que sienten. ¿Qué recurso le queda á un maestro, por iluminado que sea, á quien se le manda enseñar la latinidad por un escritor del siglo de hierro, jurar ciegamente las palabras de Aristóteles, y así en las otras facultades? La misma Sociedad matriz debe constituirse garante de lo que acabo de pronunciar.

No há muchos días trató de perfeccionar la enseñanza de la gramática latina, promoviendo nuevas honras á sus preceptores y establecer que estos insensiblemente fuesen comunicando á sus discípulos algunos rudimentos de la lengua española, y todos los superiores de las casas de estudio (exceptúo la de S. Agustín) contestaron aplaudiendo la utilidad de los proyectos; pero se confesaron no autorizados para alterar el plan á que les sujetan sus respectivas constituciones. Hé aquí, amigos, por lo que dije y repito, que no pende de los maestros -267- el atraso que tocamos en las ciencias y artes, y hé aquí también la razón en que me fundo para esperar, que pues este papel contiene ideas análogas ó idénticas á las suyas; ellos mismos, lejos de censurarse, auxiliarán con sus sufragios, y contribuirán con sus luces á esta feliz y deseada revolución.

El proyecto, á la verdad, trae consigo una máscara de dificultades y aunque la Sociedad no pueda derribarlas todas, sin embargo, puede influir muy eficazmente en el allanamiento. Es de creer y de esperar que si el Cuerpo patriótico, creado para promover oportunamente la educación é instrucción de la juventud, levanta sus esfuerzos hasta el pié del trono, haciendo presente que entre la multitud de casas de enseñanza pública que se numeran en esta ciudad, no hay una que instruya en un solo ramo de matemáticas, en química, en anatomía práctica; y que en las facultades que enseñan siguen todavía el método antiquísimo de las escuelas desusado ya con bastante fundamento y por repetidas Reales órdenes, á vista de su poca utilidad, de los recientes descubrimientos y nuevos autores que acaban de escribir con una preferencia decidida y palpables ventajas, y que por tanto es indispensable una reforma general, la que deberá comenzar por la primera de las academias, la ilustre, regia y pontificia Universidad, á causa de la dependencia que tienen de ella las otras en el órden, tiempo y materias de los cursos; es de esperar, vuelvo á decir, que representadas estas verdades de hechos al Soberano, franqueará permiso para introducir una novedad tan útil y apetecida como se mandó establecer en las Universidades de Alcalá, Salamanca, Valencia y otras, dentro y fuera de la Península.

Bien sé, y ninguno de vosotros lo ignora, que uno de los rectores de esta Universidad trató de la reforma de que hablo, y efectivamente hizo trabajar un nuevo plan; mas estos primeros pasos, ó se detuvieron por algunos embarazos, ó quedaron del todo suspendidos, pasando el tiempo precioso en que el empleo proporcionaba arbitrios y recursos que después hubieron de faltar: lo cierto es, que el proyecto yace hoy en el polvo del olvido, y que nosotros, bien como miembros de la Universidad (muchos lo son), bien como individuos de la Clase de ártes y ciencias, debemos clamar, proponer y solicitar una reforma de estudios, digna del siglo en que vivimos, del suelo que pisamos, de la hábil juventud, en cuyo beneficio trabajamos, y de los dos ilustres Cuerpos á quien pertenecemos. ¡Días felices! ¡Época gloriosa y saludable aquella en que nosotros ó nuestros descendientes lleguen á ver reformadas las academias públicas, y oír á -268- resonar en sus ámbitos los ecos agradables de la buena literatura y de los conocimientos esenciales de las ciencias y las ártes, sustituidos á la antigua jerga y á las sonoras simplezas del rancio escolasticismo!

¿Y por qué no amigos míos? ¿por qué no hemos de acelerar la llegada de ese día afortunado, promoviendo cuanto ántes la reforma de los estudios? ¿Habrá alguna preocupación que nos ciegue? Juzgo que no; y si la hubiera, sacudámosla como tal: fijémonos en estos principios: miéntras los estudios de la Universidad no se reformen, no pueden reformarse los de las otras clases: miéntras los unos y los otros no se reformen, no hay que esperar medras en ninguno de ellos; y miéntras la Sociedad no adopte este proyecto, trate ó insista en realizarlo, no se prometa adelantamiento en esta Clase, ni la pida memorias sobre alguno de los vastos objetos de su instituto. Este es el ingenuo sentir de vuestro amigo presidente.- Caballero».

Ya están ahí, completos, los tonos suasorios pero enérgicos que vamos a encontrar inmediatamente después en Félix Varela y en José de la Luz y Caballero. Ahí está incipiente el razonar macizo de José Antonio Saco, y está la preocupación por lo nacional de Arango y Parreño.

Veamos un modelo de la prosa de Arango, comparable a Andrés Bello en el arte de vestir elegantemente, corre.

Artículo publicado en Conexión Cubana el Lunes, 09 de Enero del 2006

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