Generalidades culinarias

Hambre

“Hemos fracasado sobre los bancos de arena del racionalismo. Demos un paso atrás y volvamos a tocar la roca abrupta del misterio”
- Urs von Balthasar

Salió del trabajo a las tres. Las guaguas pasaban abarrotadas, intentó que le dieran botella, pero no resultó. Hombre y viejo, dos condiciones que impelían a que nadie se fijara en él. Echó a caminar, Monte abajo, a través de los soportales apuntalados y amenazantes. Las tuberías goteantes, como si la ciudad llorara sus miedos. La Habana es una ciudad que carece de trasmutaciones positivas, hace mucho que lo sabe, en eso y otras cosas, va pensando mientras camina, atolondrado. Desde que salió de casa, en la mañana, muy temprano, hacia su trabajo, no ha comido nada. El estómago se pliega como un nailon al espinazo.

Después de andar casi una hora se detiene frente un edificio desafiante, a punto de venirse abajo. Con balaustradas que se desprenden con cada golpe de viento. Penetra en él y asciende una escalera y su olfato reconoce ese olor penetrante, tan familiar: a orines y materias fecales mezclados con otros no menos familiares, el del café recién colado por algún vecino. Llega hasta el segundo piso y cruza el umbral de una puerta entreabierta, está en su casa. Tres chiquillos salen a su encuentro. Visten con harapos. Los besa con nobleza, en la frente, estampa cada beso como un sello, su impronta de padre.

— Papá, ¿Nos trajiste algo? Tenemos hambre— pregunta el mayor— . Mamá dice que a lo mejor traías algo de la fábrica. Una merienda o el almuerzo.

El hombre sin mediar palabras saca del bolsillo trasero del pantalón un pequeño paquete. Lo desenvuelve, primero un nailon, luego un papel de periódico y al final hay un pan con mortadela. Lo corta con las manos, con equidad. Tres trozos iguales, los reparte entre niños. Él se marcha hacia el interior de la casa que no es muy amplia. Saca de un cubo con un jarrito un poco de agua, le pone algo de azúcar y se sienta, desanimado y hambriento, en una silla maltrecha, recostada a un puntal, como un taburete; eso le recuerda a su casa de campo, en la que nació. Sólo que allí por muy poco que hubiera que llevarse a la boca tenía su plato de harina o un pedazo de boniato con tasajo. Aquí no. La ciudad, el país, muestra su lado más cruel. Pero mejor no protestar ni pensar. Pudiera ser peor y perder aún más. Siempre las cosas pueden ir a peor. Sin saberlo, sin mediar su voluntad, es un estoico de la nueva escuela, donde él es su único maestro, o el hambre. Nunca se sabe.

Desde donde se encuentra observa que los niños han acabado con el trozo de pan, un aperitivo. Se les nota en la cara que quieren más. Pero la madre les tiene prohibido quejarse. Hay que conformarse con lo que hay. Bastante hace su padre que les trae el almuerzo del trabajo. A veces es pan con algo, otras un poco de chícharos sin nada ( en un pozuelo plástico), pero siempre cae algo. Oye a los niños suspirar. Los comprende, el hambre es impiadosa.

Se le ocurre una idea. Algo relampaguea en su mente. Un chispazo. Los niños han terminado de comerse su fracción de pan y conversan bajito entre ellos, fantasean con la comida. Sabe lo que es eso, él lo hace a menudo.

Se acerca de ellos:

— Vamos, antes que mami regrese,¡vamos! Hoy comeremos caliente.

Los tres muchachos: de tres, siete y doce años, respectivamente, le miran asombrados:

-— ¿¡Comer caliente!? ¿¡Dónde, en tu trabajo!? Mami dijo que iba a conseguir unos pesos y que regresaría temprano, que a lo mejor traía un pedazo de carne de puerco- respondió el mayor. Un niño escuálido y voz nasal.

— Olvídate. Si lo trae, mejor. Me gané un dinero extra y vamos a comer caliente ahora mismo.

Pónganse lo mejor que tengan por ahí. Vamos a comer a un restaurante por dólares.

— ¿¡Por dólares!? Papi, pero si lo que tú ganas no alcanza ni para llegar a fin de mes, quince dólares. ¿De cuánto fue el estímulo?- insistió el mayor.

- No preguntes tanto y dale. ¡Vístanse! Con esa facha no los dejarán entrar en ninguna parte.

Los muchachos obedecieron. Silenciosos se vistieron. No tenían mucho donde escoger. Por eso se pusieron lo primero que encontraron. El mayor, un pantalón mezclilla desteñido y una camisa a cuadros demasiado ancha. El del medio un pantalón corto azul, con dos parches en los fondillos y un pulóver rojo, viejo. El menor, flacucho y sin color tuvo que ser ayudado por el padre. Le ayudó a ponerse un pantalón de tirantes y una camiseta descolorida, amarillenta. Él no se tomó el trabajo de cambiarse. Al comprobar que no había agua en la pila del baño, sólo evacuó su vejiga. Echó un vistazo al espejo que le devolvió la imagen de un rostro triste, de mirada turbia.

Los cuatro salieron a la calle y anduvieron un rato, cogidos de la mano. Sorteando obstáculos, callados. Llegaron hasta el callejón de Apodaca, bajaron por Revillagigedo, hasta Monte. Esta zona de La habana ha perdido su antiguo aire cosmopolita y se respira en ella un aire pueblerino, triste. Casas sucias, despintadas, aceras polvorientas y estrechas callejuelas ahuecadas. Demasiada tenebrosidad en el ambiente: grupos de diez y doce hombres en las esquinas, conversando a gritos, sin hacer nada, en un español vociferante, a ladridos. Una ciudad menesterosa que cruzan con miedo, con asombro. Guiados de la mano de su padre, un pobre tipo con estampa de pordiosero. Un trabajador. El más pequeño se desprende de la mano del mayor y se rezaga, se sienta en un escalón y una negra le llama la atención, va a lanzar un cubo de agua con hierbas y flores a la calle.

— ¡Sal de ahí! No ves que eso es desgracia. ¡Quítate!-— le grita el padre fuera de sí.

El pequeñín hace caso. Tiene la cara reducida a dos ojos y una gran boca. No se queja. Es obediente. El padre le tiene lástima. Se reserva las lágrimas. Hoy está decidido a no llorar nunca más y ofrecer algo extraordinario a sus hijos, por adelantado. El pequeño cumple cuatro años dentro de unos días.

Se detienen en el prodigioso portalón del palacio de Aldama. Los pasos se hacen difíciles cuando atraviesan el Campo de Marte, el parque de La Fraternidad. La cola de la ruta trece, la que va hacia Los Pinos, serpentea entre los árboles. En el centro del parque hay plantada una enorme ceiba, de cuando Machado,¡ Cómo ha llovido desde esa época para acá!, piensa Marcelo, el padre de los niños. Dice la leyenda que Machado enterró a los pies de esa ceiba un bilongo, un gran bilongo, una brujería para que la Isla jamás fuera feliz, ¿será cierto? Se pregunta Marcelo, y conmina a un tiempo a sus tres hijos para que crucen la calle. Ellos lo hacen primero, él después.

Llegan frente a un restaurante, Marcelo se muestra inseguro, en un principio, luego no se lo piensa dos veces y entra al recinto, se sientan a una mesa, cerca de un ventanal. Se les acerca un camarero de pajarita y chaleco.

— Esto es área dólar— hay cierto desdén en su voz y en sus gestos. Y en su mirada.

— Lo sé— responde el padre de los niños que se divierten batiéndose en duelo con los cubiertos.

— Niños, eso no se hace— luego, con falsa altanería, contesta al camarero— Lo sé. Tráigame la carta. ¿En qué año estamos?

— Mil novecientos noventa y cinco, señor.

— Eso basta. Tengo dólares. Pagaré.

Marcelo pide para los niños de todo. Extraña al camarero que él sólo tome agua. Mientras, mira la ciudad por la ventana. Ha comenzado a llover a cántaros. Es hermoso ver llover en La Habana. El olor a mojado, a requiebros húmedos le remueve los recuerdos, los de adentro. Está borracho de felicidad. El pequeñín ha comido con voracidad. Todo. Ha dejado el plato limpio.

— Papá, ¡gracias! Estoy muy contento. Es el mejor cumpleaños de mi vida. Aunque cumpla los años dentro de unos días.

— Contento y lleno— acota el mayor que también ha comido mucho. Tanto o más que los otros.

Hay poca clientela. Un rubio grandote allá lejos, en una mesa del final, con una cara barbuda, bebe con parsimonia una cerveza. Una mulata le sonríe a su lado, melosa, mientras él casi ignora, la sonrisa, y fija su vista en sus amplios senos que sobresalen del escote de un vestido negro, de satín. La risa de la mujer llega hasta ellos, mezclada con el ruido de la lluvia y los rayos. Ahora llueve con más fuerza. Diluvia.

Marcelo piensa que desearía encerrar en una pequeña caja, hermética, el olor de la lluvia, el canto de los pájaros, la fragancia del jazmín y la azucena, un montón de reliquias propias y de todos, para él y unos cuantos miles de cubanos.

Los niños han terminado con el postre y se palpan las barrigas.

— Paga Papi, ya ahorita termina de llover y mamá estará en casa .Trata de comerte todo el puerco que seguro trajo. A nosotros no nos cabe más nada. Menos mal que te pagaron esos dólares. No sabía que el helado de chocolate era tan rico— dijo el del medio, de cara afilada y voz insegura, como la de su padre. Era el que más se parecía a él. En todo. Pero más que nada, en la timidez. El pequeño tenía cierto aire de desparpajo y el mayor ni lo uno ni lo otro. Se parecía más a Esther, la madre, seria, luchadora, calculadora, pero cariñosa.

El hombre se levantó observado por el camarero y otras dos dependientas que estaban muy atentas a sus movimientos y que sin recato le observaban dirigirse hacia ellos, pues los tres conversaban juntos junto a la caja contadora. Le cataban con la vista su vestimenta sin ningún recato.

Se aproximó al camarero, y le susurró al oído:

— Por favor, dígame cuánto le debo, pero primero llame a la policía. No tengo con que pagarle la comida de mis hijos. Estamos a día quince y cobro los treinta de cada mes, quince dólares en dinero cubano, en pesos. Mire, tenga mis manos. Áteme, aunque no voy a huir. Esperaré sentado a que vengan a buscarme. No se preocupe.

El camarero le miró con desprecio y giró sobre si mismo.

— Llama a la policía, Susana. Este tipo es un ladrón.

El hombre se inflamó de orgullo, algo poderoso manó de adentro:

-— Perdóneme, señor, ladrón no. Soy un cubano, padre de tres hijos con hambre y que no cobra en dólares. Gracias. Espero— y no dijo más. Los pequeños seguían sentados a la mesa ajenos al drama que se desarrollaba a escasos metros de ellos. Reían.

Fuera continuó lloviendo, como si la ciudad llorara su desamparo.

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