La hora de los mameyes

Para todos es conocido que la frasecita "la hora de los mameyes" se la debemos a los ingleses. Cuando a Inglaterra se le ocurrió la idea de enviar, bajo el mando del almirante George Pockock y del Conde de Albemarle George Keppel, nada menos que 53 buques de guerra y unos 22 mil hombres para tomar militarmente La Habana, se dijo por primera vez.

Claro está que los criollos del siglo XVIII no la decían con el significado que tomó posteriormente y con el cual ha llegado hasta nosotros. "La hora de los mameyes" se refería entonces, por el color de las chaquetas militares, a la llegada de los soldados ingleses a tierras cubanas. Hoy, ya apagado el cañoneo, viene significando algo así como "la hora de la verdad", el momento de tomar decisiones serias.

Y "la hora de los mameyes" para el criollo actual es un momento que se evade con absoluta tranquilidad espiritual, sin conflicto alguno de conciencia. Puede llover, tronar, aciclonarse el tiempo y a la hora de los mameyes, sencillamente, nos salimos del rollo para evitar los mameyazos.

En una cola, está de más decir que enorme, parece que se acabará el mundo. La gente vocifera, dice groserías, amenaza, gesticula, despotrica contra el diablo y las brujas. Llega, pongamos por caso, el camello que los tenía revueltos, enfurecidos, al borde de la rebelión, y el fogaje social se disuelve en fajatiña, empujadera, "coño, mi socio, dame un chance", "despégate", "descarao" y "dale", chofe, que aquí no cabe más nadie". Todos felices y adiós hora de los mameyes.

No llegan los huevos que asigna la Libreta de Abastecimientos y la gente habla mal hasta de los gallos impotentes que tienen a las gallinas improductivas. Pareciera, otra vez, que se acerca el Apocalipsis. Por la cantidad de improperios, insultos, algazaras, se diría que la isla arderá de un momento a otro, que los cubanos, ya cansados de soportar tanto, se lanzarán a la calle, construirán barricadas, asaltarán los mercados en dólares, volcarán los carros patrulleros, apedrearán a los policías antimotines. Llegan los huevos a la bodega, con el breve retraso de diez días, y la gente sonríe aliviada, los invade un alborozo como de fiesta y, una vez más, adiós a la hora de los mameyes.

Un protestón profesional se pasa el "salao" año mortificándonos con sus quejas contra el gobierno. Donde quiera que tropieza con uno, ahí mismo, suelta sus andanadas virulentas: que si el transporte, que si los alimentos, que si las libertades políticas, que si los derechos humanos, que si la eternidad de Fidel Castro en el poder, que si el diablo colorao. Llega el momento en que uno le cree su retahíla de monsergas y lo convoca: "Mi socio, ¿quieres firmar el Proyecto Varela?". ¡Ay, ay, ay! La calambrina. El cagalitreo. La hora de los mameyes. El protestón palidece, enmudece, desfallece.

Y es que la hora de los mameyes, en Cuba, parece ser no más que una frasecita simpaticona, vacía de todo contenido real, y útil únicamente para balandronadas de barrio. Es como si aquel alcalde criollo guanabacoense, llamado Pepe Antonio, no mereciera un poco más de respeto.

Es una dicho que según algunas fuentes surgió 200 años atrás, cuando la toma de la Habana por los ingleses.

En ese entonces el uniforme militar de los británicos era una chaqueta roja y pantalón negro, y los habaneros los empezaron a llamar “mameyes”, debido al color de su vestimenta.

En aquel tiempo, la ciudad la protegía una muralla contra los ataques de corsarios y piratas y a las 9 de la noche un cañonazo retumbaba desde la fortaleza de El Morro, anunciando que se cerraban las puertas de la ciudad.

También se reforzaban las patrullas de los denominados por el habla popular como “mameyes”, y con esa particular chispa nacional comenzaron a decirle a la hora del cañonazo LA HORA DE LOS MAMEYES.

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