Humor cubano

Échala adentro, cabrón

— Docto, por culpa de la Revolución voy a tener que divorciarme— me confesó un día Horacio en mi consulta. Acongojado.

— ¿Por qué Horacio? ¿Es que acaso tú y tu mujer son incompatibles en cuanto a ideales?

Me levanté y palpé la goma trasera de mi bicicleta que tenía recostada a la pared, muy cerca de donde estaba sentado, detrás de mi improvisado buró con una mesita de escuela. Estaba bien, baja de aire, pero aguantaría hasta que llegara a mi casa. Faltaba terminar con éste ( Horacio) y luego me iría. Volví a sentarme, mostrando impaciencia.

— ¡Qué va! Si los dos somos tremendos gusanos.

— Entonces, ¿ cuál es el problema?— le pregunté.

— Es que vivimos con mi suegra y cada vez que estamos en "eso", me grita desde su cuarto, porque nosotros, ya tú sabes, dormimos en el sofá de la sala: "¡Échala adentro, cabrón, o limpias el patiñero que formas todas las noches! El otro día por poco me descojono toda. Resbalé. ¡Échala adentro!"

Reflexioné, luego le dije:

— Pues, échasela adentro …¡ Qué más te da!

— Compadre, no jodas. Si se la echo adentro la casa no aguanta más … En la barbacoa tengo como ocho mulaticos.

— ¿No son siete?— le pregunté.

— Pa el caso es lo mismo, siete u ocho, da igual. El problema es que no puedo preñar a Zoraida de nuevo.

— Usa preservativos. Ponle una T, un asa, no sé … Hay medios.

El tipo, que estaba sentado y eran tan alto como yo, se puso de pie y me dijo:

— Docto, ¿ usted está con los indios o con los cowboys?

— Horacio, siéntate, no te sulfures. No te entiendo.

— Ah,¿ no me entiendes? Pues mira, yo creo, entonces, que no hablamos en el mismo idioma. Tú mejor que nadie sabes que a la farmacia no vienen preservativos desde que empezó el Período Especial, hace un año, y de los otros medios si te he visto no me acuerdo … No hay asas, ni T, nada de nada.

El hombre estaba claro. Me estaba yendo por la tangente. Tenía que seguir echándola fuera, no tenía otra opción.

— Tienes razón. Tienes que seguir echándola afuera, luego te levantas y lo limpias con una frazada.

— ¿Frazada? ¡Tú estás loco! ¡Crazy completo! Las frazadas valen un fula, asere, en la chopin.

Me la estaba poniendo difícil y yo quería irme.

— Vas a tener que poner un jarro cerca y cuando vayas a venirte, la echas ahí.

Se sentó, abrió los ojos. Desmesuradamente.

— ¡No se me había ocurrido! Claro, un jarro, una lata. Un pomo.

— Sí, esa es la cosa, el lío es que la suegra no meta el patinazo en la chorreta de leche. Si se parte una cadera, entonces vas tener que trabajar el doble. Más bien, bisnear, porque tú no pinchas desde el machadato.

— Afloja, que no soy tan viejo.

Me extendió la mano. Y agregó:

— Me diste buena idea, tú ves, conversar resuelve muchas cosas.

— Me alegra. Llégate en unos días y me cuentas cómo te ha ido.

— No hay lío. La semana que viene te caigo por esta ratonera. Voy echando.

Se marchó. Como a los tres meses lo vi pasar por la acera que está frente al policlínico. Yo había ido a buscar unos papeles y había tenido una reunión con el director. Le chiflé duro.

Me vio y cruzó la calle. Venía cabizbajo.

— ¿Qué pasa, consorte? ¿Alguna vuelta rara?— lo ataqué. Era extraño que no lo viera ni por el barrio en todo ese tiempo, pero como él era de esos que cuando no busca lo andan buscando, ni pregunté a nadie por su ausencia. Además, no era una amistad fuerte tampoco la que teníamos. Éramos sólo conocidos y nuestra relación era médico- paciente.

— No me digas nada, estoy metido en tremendo problemón.

— ¿Problemas con quién o quiénes, con la jeva, la jara, los chamacos?

— Si fuera eso …No serían problemas.

— Entonces vomita, ¿ qué hay en el ambiente? Ven, vamos a sentarnos ahí, en el recibidor del policlínico. Hay unos bancos en una esquina. A esta hora ya terminaron todas las consultas.Son como las cinco de la tarde.

Nos sentamos. El tipo me puso su mano derecha, flaca, sobre mi muslo izquierdo. Cara de circunstancias.

— ¡La cagué!

— No me andes con rodeos, habla claro. Me tienes nervioso.

Cogió aire. Luego habló:

— Compadre, cogí un jarro como me dijiste y cada vez que me iba a venir, metía marcha atrás, sin remordimientos, porque luego un socio que le mete a la religión me dijo que tu consejo estaba sabroso, que en el Antiguo Testamento un hijo de Judas, un tal Caín le metía a eso …

— Caín no, salvaje. Ese fue Onán. El segundo hijo de Judas. En la Génesis, si, ahí se habla de eso. Los médicos le decimos coitus interruptus o marcha atrás.

— Ese mismo, Onán. Bueno, el caso es que metí tres palos en una noche y llené el jarro por la mitad y resulta que la vieja, mi suegra, por la mañana, temprano, cogió el mismo jarro para lavarse. No hacía ni diez minutos que yo había ido al baño medio dormido y había puesto el jarro mediado de leche encima del lavabo. ¡Y se lavó con ese jarro! Media dormida, porque creo que es sonámbula y está obsesionada con la higiene de su bollo.

— Ah, ¿era eso? ¿Qué, le pegaste tu sífilis o tu gonorrea, no?

— ¡Ojalá fuera eso! ¡ESTÁ PREÑÁ! ¡Y ES VIUDA! Enviudó hace cinco años. Mi suegro se murió de un infarto en el año 88.

— ¡Solavaya! ¿Y tenía todavía menstruación?

— Compadre, si tiene nada más que cuarenta y cinco años. Mi mujer tiene veintisiete. La tuvo con dieciocho añitos. Ha ido a hacerse la prueba citológica a tu consultorio, no te hagas el loco.

Era verdad, no sabía qué decirle.

— ¡La cagaste!— dije y me levanté rápido del banco.

— No la cagué, la preñé por carambola. Y no se lo puede sacar, el chama es grandísimo, está de tres meses, ahora el hermano de mi mujer es mi hijo.

— Horacio, la revolución te ha llevado recio.

— Equelecuá, mi ambia. ¡Estoy embarcaó!

— ¿Y qué dice la vieja?

— Está como ida del mundo. Piensa que fue el Espíritu Santo, todo el mundo sabe la verdad, menos ella que está en el limbo.

Lo dejé con la palabra en la boca.

— Voy echando. Ya sabes donde me tienes.

— Gracias— me contestó y se quedó sentado en el banco con la cabeza entre las manos. Atormentado.

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