Historia de Cuba

El día del madrugonazo

En la república entera
Se formó la cambiadera
Y yo también me cambié
Trío Servando Díaz

En la vida de cada pueblo hay momentos de gloria y momentos de bochorno. El lunes l0 de marzo de l952 fue una jornada vergonzosa en la historia de Cuba.

A escasos 90 días de las elecciones programadas para el 1 de junio, el ex presidente Fulgencio Batista y Zaldívar, a la sazón miembro del Senado de la república, penetraba la posta numero seis del campamento de Columbia y proclamaba la toma del poder político de la nación poniendo fin al gobierno constitucional presidido por el doctor Carlos Prío Socarrás. De esta manera el nuevo gobernante de facto imponía su mandato dictatorial sobre la sociedad cubana luego de cuatro años de administración del Partido Revolucionario Cubano Autentico (PRCA).

En una proclama leída tras el golpe militar, el jefe del complot exponía los motivos o razones del mismo: poner orden en el país, acabar con el gangsterismo y el peculado y evitar la consumación de un golpe que el presidente Prío fraguaba para el mes de abril.

La oposición antibatistiana y la sociedad civil consideraban que la razón era la voluntad de poder del general Batista y sus secuaces ante la imposibilidad de ganar en las cercanas elecciones donde el Partido de Acción Unitaria (PAU) que encabezaba el General, ocupaba apenas un tercer lugar de la preferencia frente al favorito Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) y el PRCA. Los candidatos de estos dos últimos partidos eran el profesor de sociología Roberto Agramonte y el ingeniero Carlos Hevia, ambos de acreditado prestigio y una limpia hoja de servicios a la nación.

La asonada castrense se produce luego de l6 años de gobiernos constitucionales desde que en l936 resultara electo Miguel Mariano Gómez y su compañero de fórmula Federico Laredo Brú. Pero sobre todo, los mandatos auténticos de l944 a l952 fueron un ejemplo de respeto a las libertades públicas. Más de tres lustros seguidos de poder institucionalizado en un continente plagado de dictaduras y asonadas castrenses era, cuando menos, un logro; algo infrecuente; una rareza.

Lo más curioso del hecho acaecido aquel l0 de marzo fue el carácter incruento del mismo; su aceptación por las así llamadas “fuerzas vivas de la nación”. Ante la mayor indiferencia del hombre común y corriente que aquella fresca mañana, aun de invierno, se levantaba para ir a trabajar como de costumbre. Indudablemente la sociedad cubana estaba enferma. Aquejada de un tremendo mal moral que la llegada y asiento del batistato no hizo sino agravar, y que finalmente sirvió de abono para el nacimiento y desarrollo del totalitarismo.

Ante tal coyuntura sólo el estudiantado mostró una posición firme y unida evidenciada en el ofrecimiento al derrocado mandatario de resistir mediante el enfrentamiento armado y la resistencia civilista. Esta última forma tal vez hubiera frustrado el golpe.

Carlos Prío optó por marchar a México. El l7 de marzo, desde Miami, lugar de asiento definitivo, a través de la prensa internacional instaba a los cubanos a “que resistan”, pero que “no tomen medidas violentas”.

Los concejales y alcaldes, temerosos de ser anulados, se acogían al mejor vivir y se alineaban al lado del General. Algo similar hacían los congresistas pertenecientes a los partidos contrarios a Batista. Ni siquiera los partidos opositores lograban un consenso unitario frente a la recién instalada dictadura.

El movimiento obrero encabezado por Eusebio Mujal y sus adictos hallaban una componenda con el General golpista que por demás tenia fama de “comprensivo”. El astuto catalán explicaba a sus secuaces: “no nos queda más remedio que colaborar con Batista si queremos salvar el movimiento obrero. El General me ha garantizado las conquistas obreras y las posiciones sindicales y burocráticas que ya tenemos”.

Se trataba de la “cambiadera” tan frecuente en el escenario criollo durante los grandes cambalaches.

Las banderas penta colores del 4 de setiembre volvían a ondear luego de ser desempolvadas, así como la efigie del indio y la grulla con la pata de palo. “Batista es el hombre” se convertía en la consigna de moda como preludio de una etapa de violencia y crímenes cuyo desenlace sería la terrible realidad de un totalitarismo que no sólo conculca los derechos y libertades, sino que anula todo vestigio de esperanza. La guaracha de Servando Díaz, muy popular por aquel entonces, explica muy bien las razones de la “cambiadera”:

Porque si sigo comiendo bolita
Y no digo que viva
Me cortan el rabo y figúrese usted

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