Historia de Cuba

Las guerras de Eladio

Eladio juró irse del campo y nunca volver a trabajar la tierra. El viejo trató de convencerlo. Invocó el fantasma del hambre durante el machadato y por último amenazó con molerlo a palos Inútil empeño. Eladio decía que el campo no se había hecho para él. Soñaba con irse a La Habana y cambiar su vida. Tenía 17 años y vivía en una finca a 12 kilómetros de Bayamo.

Cuando se alzó, no sabía nada de política. No le interesaban ni Batista ni Fidel. Le habían dicho que con la revolución todo cambiaría. Por su mente nunca pasó ser soldado, menos aún pelear en una guerra. Hoy, 46 años después, con 64 en las costillas, recuerda la guerra como el tiempo mejor de su vida. Era joven y fuerte, rebosaba salud y energía, pero sobre todas las cosas, tenía ilusiones.

Su primera arma fue un San Cristóbal. Con él disparó contra decenas de guardias. Sólo eran uniformes de caki amarillo entre los matorrales. No sabe cuántos mató. Por suerte, los muertos en los combates no tienen rostro que te quiten el sueño.

Aún se ve, como si hubiera sido ayer, saltando sobre el techo de zinc del cine del batey Ermita, disparando contra el cuartel de la guardia rural. Fue su primer combate en grande.

La guerra duró menos de lo que pensaba. En los días que siguieron al triunfo, Eladio y otros muchachos de su tropa practicaban boxeo con varios de los guardias prisioneros que custodiaban, hasta que se aclarara qué hacer con ellos. Los sparrings se desarrollaban con toda la cordialidad del mundo en un ring improvisado en el patio del ametrallado cuartel, entre risas, coca-colas y palabrotas.

Luego vinieron los fusilamientos. Aunque no participó en ninguno, Eladio prefiere no hablar del tema. Como si las palabras alejaran su malestar, repite insistente: "La mayoría eran criminales".

Sus sueños habaneros tardaron meses en cumplirse. En agosto del 59, cuando le anunciaron su traslado a La Habana creyó que su jefe estaba bromeando.

Lo destinaron a reforzar la guarnición de La Cabaña. Las mazmorras de la fortaleza estaban abarrotadas de presos. Ya no eran sólo casquitos. Los más eran lo que ahora llamaban contrarrevolucionarios. Muchos habían peleado en la Sierra. Se decían muchas cosas por entonces. Se hablaba de alzados, de sabotajes y de comunismo. Seguían los fusilamientos. En lugar de cesar, aumentaban.

Cuando se tiene 19 años y uno está recién llegado a La Habana no se piensa mucho en tales cosas. La ciudad esperaba por ellos. Les acogía como a héroes. En sus pases, los rebeldes bajaban eufóricos de La Cabaña en pos de bares, cervezas y mujeres. La revolución hacía un alto en el camino y empezaba el jolgorio.

Mujeres sobraban en la capital. ¡Y qué mujeres! De sueño. Eladio se puso flaco y ojeroso. Pensó que iba a enfermar. En una cafetería de Regla conoció a una rubia que se lo llevó a vivir con ella. La dejó año y medio después por la que hoy es su esposa.

La primera vez que pensó que las cosas no iban bien fue en febrero de 1960. Una tarde se topó al Coyote, su amigo de la Sierra, en un bar de La Víbora. Un trago tras otro, no dejaba de lamentar la desaparición de Camilo Cienfuegos, su jefe. Muchos de los compañeros de su columna habían muerto en Santo Domingo, combatiendo al ejército de Trujillo. Los demás habían tenido que pelarse y afeitarse por orden del ministro de las Fuerzas Armadas. Los obligaban a estudiar y a leer libros rusos. Muchos habían sido "tronados".

Hablaban en susurros. Una Santa Bárbara, rodeada de balas de ametralladoras y manzanas californianas los miraba con fijeza desde su urna, a la entrada del salón. La música de la victrola ayudaba a disimular sus confidencias de los curiosos. Doménigo Modugno pintaba de azul las penas, en italiano; otro cantante hablaba con desgano de Billy The Kid, y el Benny, regando en el camino los restos de su hombría, pedía a Dios, con desesperación, que le arrancara una idea muy morbosa.

Se despidieron, era de madrugada y estaban borrachos. Cuando se abrazaron, el Coyote le apretó el brazo y le dijo: "Cuídate, mi herma, están pasando cosas que no me gustan ni un poquito, y esta gente es capaz de todo; quítate antes de que sea tarde". Nunca volvieron a encontrarse.

Aquellos no eran tiempos para pensar. Girón y el Escambray fueron sus nuevas guerras. Luego, la bronca fue en Argelia. Desde entonces no le gustan los árabes. No los entiende. Se burla de Alá y su Profeta. Su misión en Libia fue peor aún. Extrañaba a los suyos y ni siquiera podía tomarse un trago.

El marzo de 1976 lo enviaron a Angola. Cruzó el Atlántico en un buque soviético de pasajeros, vestido de civil. Le entregaron las armas y el uniforme en Luanda. Lo destacaron en Menonge, entrenando a un batallón de las FAPLA.

Aquella era una extraña y sangrienta contienda. La UNITA estaba dondequiera. En dos años no tuvo un instante de paz. Dejó de ver el lado romántico de las guerras. La muerte se sentía más próxima que en la Sierra o el Escambray. Muchos de sus compañeros murieron acribillados en caravanas emboscadas o destrozadas por minas antipersonales. Él mismo recibió un balazo en un muslo. No fue nada serio, sólo que la herida se infestó. Desde entonces cojea levemente.

Volvió a Cuba en 1978. Su madre había muerto tres meses antes. Su hijo ya era un hombre y su esposa lucía avejentada. También él. Tenía 38 años. Aparentaba 50. Dicen que la culpa es de la malaria. Se desmovilizó en 1984 con el grado de capitán. Otros ascendieron más en la jerarquía militar. Eladio siempre fue bruto para el estudio y duro de amoldar a la disciplina castrense. Razón tenía el Coyote: "Siempre seremos los mismos guajiros". 25 años en las FAR no lograron cambiarlo. Pero Eladio respiró con alivio.

La llegada del "período especial" lo convenció de que su jubilación del ejército no bastaba para vivir. Las ofertas laborales que halló no eran nada tentadoras. No quiso recurrir a sus relaciones en las FAR. Nunca le gustó pedir favores. Entonces empezó la última de sus guerras: la lucha por el pan diario.

En 1993, cuando las escasez apremiaba, permutó su casa de La Víbora por una en Quivicán, con un terreno para sembrar y criar cerdos y gallinas. El dinero que recibió por encima de la permuta se evaporó. Apenas alcanzó para hacer algunas mejoras a la casa. Aún lo lamenta.

Desde hace 10 años es tractorista de una cooperativa agrícola del sur de La Habana. Se las arregla como puede con sus ingresos. Vive sin lujo ni comodidades. Asegura que va "escapando". Para ello tuvo que volver a trabajar la tierra. Sólo que ahora está viejo, cansado, achacoso y sin ilusiones. Hay hombres que no escapan de su destino ni aunque se la pasen yéndose a las guerras.

Eladio pertenece a un núcleo del Partido Comunista de retirados y a la Asociación de Combatientes. Sin entusiasmo, casi por inercia. A sus amigos les confiesa que no le interesa la política. Sólo quiere paz y que todo mejore. No aclara cómo. Su mayor deseo es volver a vivir en La Habana y cambiar su vida. El campo no se hizo para él.

La vida de hombres como Eladio da extrañas e inútiles vueltas. Como las de un perro mocho que trata en vano de morderse la cola.

0
0
0
s2sdefault

Escribir un comentario

NOTA IMPORTANTE SOBRE EL USO DE LOS COMENTARIOS:
Por favor, recuerde que los comentarios son comentarios no un consultorio, es decir, si usted tiene algún tipo de consulta que realizar, hágalo en nuestros foros, (http://www.conexioncubana.net/foro) allí siempre hay personas dispuestas a ayudar.
Gracias.


Código de seguridad
Refescar