Historia de Cuba

El primer cementerio de Cuba

Antes de la colonización española de Cuba, nuestros aborígenes sepultaban a los cadáveres de sus congéneres en las cavernas. A veces los enterraban más de una vez, ofrendándoles adornos, armas y los instrumentos de trabajo del fallecido en vida. Los cubrían con un polvo rojo o los depositaban sobre una alfombra de caracoles, o de conchas nacaradas.

Eran también muy frecuentes los entierros colectivos, colocando en el centro al personaje de más jerarquía en vida.

Las inhumaciones se realizaban justo al lado de las habitaciones de personas que aún vivían, en las cavernas, por supuesto. Las posiciones más frecuentemente utilizadas eran las fetales, boca arriba, o bocabajo.

La colonización ( apuntalada por la Iglesia Católica), puso control a los enterramientos de los nativos y también de los propios españoles que morían por causa diversa. Se trasladó a cada villa fundada en la Isla, la vieja costumbre Ibérica de inhumar en la casa de Dios. Que duró más de trescientos años después de iniciada la colonización. La tradición proviene de las célebres partidas del monarca Alfonso X, El Sabio, y que fue derogada alrededor del año 1750 por el Despotismo Ilustrado. Luego las autoridades ajenas a las eclesiásticas la revocaron y se continuó enterrando en las iglesias hasta finales del siglo XIX.

En la villa de San Cristóbal de La Habana se erigió una Parroquial Mayor, construida de lodo y guano, en el puerto de Carenas, la cual fue pulverizada por piratas y corsarios alrededor del año 1540. O dos años antes.

Y en ese lugar(el primer templo que tuvo la ciudad), se realizaron los primeros enterramientos. Una docena de años después que los piratas destruyeran a la Parroquial, se construyó otra con un cementerio tapiado, con más condiciones. En la sacristía se inhumaban sacerdotes y pudientes. La prueba es que se encontraron esqueletos en perfecto estado de conservación cuando se removieron los terrenos de la Plaza de Armas en el año 1834. Donde actualmente los libreros colocan sus estantes.

La segunda iglesia de La Habana fue la del Espíritu Santo, erigida alrededor del año 1635. Luego fueron construyéndose el resto. Cabe aclarar que se enterraba teniendo en cuenta la posición social del fenecido. Ser sepultado cerca del altar mayor, costaba más de 135 pesos oro.

Sólo los niños inhumados en este lugar pagaban una decena de pesos oro. A los mulatos y negros libres, se les inhumaba cerca de la puerta o detrás de donde se situaba el coro, por dos o tres pesos oro.

Los esclavos mucho más atrás del mismísimo coro por, ¡8 reales!, y los niños negros, mulatos e indios, en el mismo sitio por dos pesos oro y unos cuantos reales. Cavar las sepulturas no era gratuito, abrir una para un adulto salía por una docena de reales y la de los infantes, media docena de reales.

Los que no tenían ni donde caerse muertos, valga la redundancia, mendigos, vagabundos, etcétera, los enviaban a los Uveros, un pudridero, ubicado en la antigua hacienda Los Frías, en el litoral de San Lázaro.

De vez en cuando una epidemia diezmaba a los habitantes de la Isla y la mortandad superaba el espacio destinado a los enterramientos en las iglesias. A mediados de la primera década del siglo XIX, las autoridades eclesiásticas deciden por esta razón poner fin a los edictos medievales.

Comentan que cuando Humboldt visitó La Habana, salió de allí hablando horrores de la ciudad. La consideró una urbe sucia y maloliente. Y puede esto leerse sin recato en sus memorias.

Describe a la ciudad como “un sitio intransitable, de calles fangosas, estrechas, mal ventiladas y que hiede a fritanga”. No se recogía la basura y las mocas y demás insectos eran turbas densas y sólidas que se echaban sobre el viajero. Los adoquines de las callejuelas estaban hechos de caoba. No de piedra.

La fiebre amarilla abatía a sus habitantes como si de pollos en un matadero se tratasen. Por cada mil personas, morían 60. Era muy necesario construir con urgencia una gran necrópolis y mejorar la higiene urbanística. Para ello tenía deparado el destino al obispo Espada ( Juan José Díaz Espada), de origen vasco.

Aunque dicen que su formación sacerdotal fue en Salamanca. Espada era un hombre muy culto. Fue socio honorario de la Sociedad Económica Amigos del País, y posteriormente su director.

Su obispado se extendió por tres décadas, desde principios del siglo XIX. Influyó en la sociedad habanera de su tiempo, de manera categórica, podría señalarse. Recordemos que entre sus más allegados se encontraban: José Agustín Caballero y Félix Várela, José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero y Tomás Romay ( el talentoso investigador y médico, pionero en la vacunación contra la viruela). Espada fue acusado de conspiración anticlerical porque eliminó las diferencias entre ricos y pobres en los entierros y nacimientos, creó una escuela para preparar maestros en la Isla, y perseveró en depurar la sanidad pública que era un desastre.

El Obispo tuvo una larga vida, teniendo en cuenta las condiciones y la época en que vivió. Murió a los 76 años de una apoplejía. En el año 1832. Su sepelio fue el más grande que se recuerda. Le embalsamaron, lo introdujeron en un féretro y fue llevado en hombros de los estudiantes hasta su sepulcro, en el cementerio Espada, el primero de la Isla, construido bajo su supervisión entre los años 1805 y 1806.

En lo que actualmente es un trozo del municipio Centro Habana, en las calles San Lázaro, Aramburu y Espada. Recibía como máximo 3 mil cadáveres al año, pero se quedó pequeño cuando las epidemias asolaron nuestra ciudad, por eso se expandió. Llegando a recibir 10 000 muertos/año. Funcionó 70 años. Por casi tres lustros estuvo tras el hospital para leprosos de San Lázaro. Oculto a la mirada de los viandantes.

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