Historia de Cuba

Cuba, ¿país de poca memoria?

¿Qué decirle a los empresarios cubanoamericanos que gestionan el levantamiento del embargo?

El sagaz periodista italiano Aldo Baroni, que vivió en Cuba durante gran parte de la dictadura de Machado y presenció su caída y anárquica secuela, observó años después que se estaba incurriendo en los mismos funestos errores que minaron a la joven república. Esa preocupación lo llevó en 1944 a recoger sus punzantes advertencias en un libro titulado Cuba: país de poca memoria.

Si el agudo periodista estuviese hoy con nosotros, ¿qué les diría a aquellos empresarios cubanoamericanos que gestionan activamente el levantamiento del embargo de Estados Unidos para poder concertar jugosos negocios con los mismísimos tiranos que saquearon a Cuba y la mantienen encadenada? Baroni seguramente les recordaría a los desmemoriados la servil actuación de muchos de los grandes capitanes de industrias en Cuba, quienes en 1959 trataron de congraciarse con el régimen para conservar sus propiedades y lucrar.

Me tocó vivir durante esa etapa bochornosa de nuestra historia. Muy preocupado por la ceguera o cobardía de numerosos empresarios, que llegaron a hacer aparatosos donativos al Gobierno mientras el paredón de fusilamiento seguía funcionando, asistí a la Asamblea General de Ganaderos de Cuba, celebrada el 24 de mayo de 1959, para discutir la recién publicada Ley de Reforma Agraria.

Concurrí a esa importante cita como observador, representando a mi abuelo materno, José Manuel Cortina, ex presidente de los ganaderos, quien, por encontrarse enfermo, no pudo asistir. Decidí hablar cuando me di cuenta de que muchos de los ganaderos perdían el tiempo discutiendo artículos aislados de la ley, sin percatarse de que ésta, en su totalidad, no era más que un caballo de Troya utilizado por el régimen para apoderarse subrepticiamente de la economía y estrangular a la nación. Algo similar aconteció, con honrosas excepciones, entre los hacendados y colonos.

En esa oportunidad, denuncié sin cortapisas la hecatombe que veía venir. Aunque solo tenía 23 años, se me permitió hablar sin interrupciones. Al comenzar mis palabras, expresé estos conceptos en aquella asamblea: "No se discuten aquí hoy problemas individuales de pequeños o de grandes ganaderos. No se defienden intereses personales o de grupo. Aquí lo que se está debatiendo es el porvenir económico y político de la nación".

Analicé las graves implicaciones de la ley, no solo para los terratenientes, condenados a desaparecer, sino también para los campesinos, que "serían reducidos a meras partículas del engranaje cooperativo". Concluí lo que resultó ser una arenga, exhortando a los ganaderos a que se unieran, en un gran frente cívico, a las demás fuerzas productoras del país para defender nuestras tradiciones liberales y los principios democráticos que esa ley aniquilaba. Y al final les dije: "Ganaderos de Cuba, ¡de pie para esgrimir vuestros derechos y vindicar vuestras conciencias! ¡De pie, porque si no se yerguen, serán arrasados por la avalancha incontenible del intervencionismo estatal!"

Aunque lamentablemente lo que prevaleció en los sectores económicos del país fue la miopía y el miedo, unos pocos empresarios dignos pudieron salvar el decoro de muchos. Entre ellos figuraron Armando Caíñas Milanés, entonces presidente de los ganaderos, Gustavo de los Reyes —hoy centenario con la frente en alto—, y mi primo Eduardo Arango Cortina. Los tres, junto a otros distinguidos militantes de la democracia, cayeron presos en la primera gran conspiración contra el régimen totalitario, y no se doblegaron en las cárceles infernales donde cumplieron sus condenas.

Algunos dirán que eso ocurrió hace 55 años y que los tiempos han cambiado. Es cierto, las circunstancias hoy son distintas, pero los tiranos de Cuba son los  mismos —duchos en manipular a los maleables y en engañar a los incautos. Iniciaron una modesta apertura económica cuando perdieron los subsidios soviéticos, y después dieron marcha atrás cuando les llegó el torrente de petrodólares bolivarianos.

Y hoy, no siendo esa ayuda suficiente para reavivar la economía y perpetuarse en el poder, aspiran a que, con el apoyo de algunos influyentes empresarios cubanoamericanos, los Estados Unidos les abran las compuertas de divisas turísticas y créditos bancarios. Prometen ampliar las actuales reformas económicas si reciben el oxigenazo norteamericano, mientras agreden brutalmente a los pacíficos opositores y preparan la sucesión con reparto de la piñata entre sus familiares y jerarcas del Partido.

Bajo el liderazgo del recién fallecido Manuel Jorge Cutillas —gigante del patriotismo y de la libre empresa que no coquetea con tiranos ni traiciona sus principios— más de una docena de ejecutivos cubanoamericanos vinculados a compañías multinacionales denunciamos, hace un par de años, la nueva maniobra de los hermanos Castro. Esta va enderezada a dividir al exilio y convencer a Washington de que solo se puede superar el impasse en Cuba aceptando las reformas a cuentagotas que el régimen buenamente ofrezca, sin democracia y sin libertad.

Al rechazar esa pérfida disyuntiva, sostuvimos que "si previamente no se desmantela el aparato totalitario, se libera incondicionalmente a todos los presos políticos y se restablecen los derechos fundamentales en la Isla, no deben los Estados Unidos hacerles concesiones unilaterales a los que subyugan a Cuba".

Finalmente nos comprometimos a continuar apoyando la creciente resistencia cívica en Cuba y a "ayudar a la reconstrucción de la isla donde nacimos, pero solo cuando los cubanos puedan gozar de la plena libertad que nosotros disfrutamos y que ellos se merecen".

Con orgullo podríamos decirle a Aldo Baroni que hay compatriotas dentro y fuera de Cuba que no han perdido la memoria ni la dignidad.

Néstor Carbonell Cortina es exvicepresidente de PepsiCo para las Relaciones Internacionales.

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