Deportes

La pelota en Cuba

Un deporte que corre por las venas

El béisbol, ese pasatiempo encadenado al corazón de los cubanos, fue el acontecimiento mayor de la Cuba republicana. Ningún suceso nacional o internacional penetró más hondo en todas las clases sociales del país; ninguna institución nacida con el siglo tuvo una relevancia tan amplia, con antecedentes de torneos desde 1878 y las espectaculares conquistas deportivas de 1946-1956, la bien conocida ''década dorada'' de la pelota cubana.

El juego de pelota llegó a Cuba procedente de Estados Unidos en una etapa no definida, alrededor de la Guerra de los 10 Años (1868-1878), sin que nadie se haya atribuido la paternidad de su introducción. Varios analistas consideran que alrededor de 1865 algunos norteamericanos dieron clases beisboleras en La Habana, mientras que otros estudiosos lo vinculan con jóvenes adinerados quienes fueron enviados al país vecino del Norte para estudiar o escapar de las acciones bélicas y, a su regreso, improvisaron juegos en un área donde años después crecería la ostentosa barriada de El Vedado.

Al poco tiempo, el 27 de diciembre de 1874, se efectuó el primer desafío organizado entre los equipos Habana BBC y Matanzas BBC, en los terrenos donde hoy languidece el estadio Palmar del Junco en Matanzas. Cuatro años más tarde, un 29 de diciembre, se inauguró el Primer Campeonato Profesional en los terrenos ubicados en El Cerro, otra barriada habanera.

Estrenada la República ya se habían realizado 19 torneos, casi siempre con equipos que llevaban los nombres de Habana, Almendares, Fe, San Francisco, Santa Clara y después Marianao y Cienfuegos. Se jugó básicamente en cuatro campos deportivos habaneros. Durante mucho tiempo fue en el Almendares Park, que dio paso en 1919 al segundo estadio del mismo nombre. En 1929 se trasladó al estadio La Tropical y en 1946 abrió sus puertas el moderno Gran Stadium de La Habana, con capacidad para 35,000 personas, escenario de 16 contiendas por donde desfilaron verdaderas luminarias cubanas, estadounidenses y de otros países del área.

Entre 1902 y 1961 los principales actores de nuestro pasatiempo nacional no sólo militaron en las contiendas cubanas, sino que se esparcieron por varias naciones y exactamente 61 de ellos lograron vestir las franelas de las Grandes Ligas, una cifra que los atletas foráneos jamás habían conseguido en el béisbol de Estados Unidos.

Primer inning

No resulta difícil configurar un listado de leyendas del béisbol cubano en Grandes Ligas.

''Una relación pequeña pudieran encabezarla el colosal pitcher Adolfo Luque y (el receptor) Miguel Angel González, así como el estelarísimo Orestes Miñoso. También Camilo Pascual, otro formidable lanzador. Todos dejaron un legado de calidad extraordinaria para su época'', opinó Angel Torres, un conocido comentarista e historiador deportivo cubano que labora para la cadena Fox Sports en Español.

Fueron ellos los primeros latinoamericanos en casi todos los departamentos relacionados con el béisbol élite en ese medio siglo.

Luque ganó 27 juegos en una temporada, fue el mejor pitcher en efectividad en la Liga Nacional con 1,93; y tomó parte en dos Series Mundiales.

Miguel Angel fue el primer latino coach y manager interino en las Mayores, después de haber jugado como receptor varias campañas.

Miñoso, una liebre en las bases, debutó en 1949, terminó 8 veces por encima de la marca de los 300, obtuvo el liderato de bases robadas en 1951 y 1952 y junto al venezolano Alfonso Carrasquel fue primero en participar en un Juego de Estrellas, evento para el que sería elegido ocho veces. El ídolo de Perico, pueblo matancero, se inició con el Marianao de la Liga Cubana y jugó ante sus coterráneos por varios años, alternando con su periplo veraniego en las Mayores.

Conrado Marrero, toda una leyenda, también fue elegido para un Juego de Estrellas, aunque no participó en el desafío. Sandalio Consuegra se llevó el liderato de pitcheo en 1954. Pascual debutó en 1954, ganó hasta 1961 un total de 72 juegos, y fue primero en más juegos lanzados (1959) y más blanqueadas (1959), además de llegar a varios Juegos de Estrellas.

Entre 1902-1961, numerosos equipos de Ligas Mayores liaron bártulos y se fueron a La Habana, unos antes del comienzo de la temporada estadounidense, otros a su término. Entre todos aquellos viajes, también acudieron selecciones de privilegio --verdaderos ''trabucos'' pletóricos de sobresalientes figuras-- que ganaron, pero que también perdieron en innumerables ocasiones ante los modestos peloteros cubanos.

Sería de mucho contar los triunfos obtenidos por el ebánico tirador José de la Caridad Méndez y su brazo de oro y del no menos admirable Eustaquio ''Bombín'' Pedrozo, así como por Juanito Decall, quien con un elenco amateur se echó en el bolsillo al famosísimo Medias Rojas de Boston de 1941, repleto de ases.

En tres y dos

Durante ese ciclo no sólo brillaron los jugadores que llegaron a la Gran Carpa, sino también una impresionante constelación que por diferentes motivos no lo lograron, principalmente por la exclusión a los peloteros de piel oscura. Sin embargo, infinidad de cubanos de la raza negra derrocharon clase por arrobas en las poderosas Ligas Negras, que en ocasiones y en reciprocidad aceptaron a nuestros peloteros blancos.

El inmortal Martín Dihigo, maravilloso de los spikes a la gorra, y José de la Caridad Méndez fueron nuestras dos eminencias principales, seguidos de Cristóbal Torriente, Alejandro Oms, 'Bombín' Pedrozo, Pelayo Chacón, Luis 'Anguilla' Bustamante, José María Fernández, Bienvenido Jiménez, Valentín Dreke, Ramón Bragaña, Santos Amaro, Pedro Formental y Silvio García, entre otros, reunieron arte y calidad suficientes para triunfar en las Grandes Ligas, según Richard Sotolongo, un erudito beisbolero que se desempeña como comentarista deportivo en la radio de Miami.

''Silvio García fue un talentoso torpedero, con cualidades enormes, y tantas tenía que le hicieron proposiciones antes que a Jackie Robinson para intentar romper la barrera racista en Grandes Ligas'', recordó Sotolongo.

El fin de la ominosa ''línea de color'' entre jugadores blancos y negros se produciría el 15 de abril de 1947, poco después de que García rechazara la oferta de Branch Rickey, un sobresaliente y habilidoso magnate, propietario de los Dodgers de Brooklyn.

Rickey se le acercó al cubano y le preguntó:

--¿Serías capaz de aceptar diferentes vejámenes de otros peloteros o del público para tratar de ser el primer negro en entrar en las Mayores?

García que era muy noble pero enérgico y de recio temperamento, le dijo al traductor: --¿Qué debo aguantar...?

``Por ejemplo --le respondió Rickey--, tendrás que aceptar que te escupan el rostro y otras cosas... A lo que el cubano contestó rápidamente: ``¿Qué dices...? Al que me escupa, le parto la cara de un trompón''.

Imposible a la hora del recuento olvidar el pasaje que me comenta Sotolongo. En 1920, Babe Ruth, el rey de la estaca, compareció al Almendares Park. Todo el mundo tenía la vista fija en su bate para ver si lograba algunos de sus enormes jonrones, pero fue el moreno Cristóbal Torriente, un ''bate caliente'' de aquella etapa quien disparó tres pelotas para la calle. El Babe, también un excelente pitcher, incrédulo ante lo que había visto, se encaramó en la lomita en la cuarta vez al bate del cubano, quien ni corto ni perezozo, le enganchó un envío y le disparó una soberana línea de tubey.

Respecto al escabroso tema del color de la piel, todo indica que en nuestros campeonatos profesionales no ocurrió tal injusticia. Negros y blancos, blancos y negros mantuvieron una estrecha relación y siempre salieron unidos a darlo todo en defensa de sus elencos. Sin embargo, la Unión Atlética de Béisbol Amateur, organización fundada en 1914, impidió durante 45 años la entrada de clubes de Sociedades para Negros y sus peloteros tenían que insertarse en otros certámenes de menor fuerza como la Liga Popular y la Liga de Quivicán o la de Inter Centrales Azucareros en el interior del país. La Unión Atlética agrupó a conjuntos de la capital pertenecientes a Sociedades de Recreo para Blancos y fue suministro principal del profesionalismo durante su existencia.

Este espinoso tema --oculto por años-- quizás fue la única página gris de la pelota cubana en ese ciclo histórico.

''Fue en 1956 que practiqué con el conjunto Liceo de Regla, dirigido por Evelio Castellanos, quien envió una carta a la Dirección de la Unión Atlética para solicitarle se permitiera a la novena de la Sociedad de Negros Juan Gualberto Gómez, también de Regla, que tomara parte en el torneo'', reveló el ex jugador Orlando Valdés, un conocido árbitro de la pelota cubana exiliado en Miami.

Pero la Unión Atlética les negó la entrada, por lo que el alto mando reglano tomó la decisión de retirarse de la justa y sus miembros tuvieron que incluirse en otros conjuntos.

Las décadas de oro

La popularidad de la pelota rentada arribó a su máximo apogeo en las décadas de los 40 y 50, y llegó un momento en que los jugadores de la Liga Cubana eran los personajes más famosos en toda la isla. Entre aquellos ídolos figuraron Roberto Ortiz, un bateador de largo alcance, el legendario Conrado Marrero y Willie Miranda, un fabuloso short stop que poseía un rifle por brazo y era genial con el guante. De igual forma algunos jugadores norteamericanos incursionaron en nuestras lides, como fueron los casos de Dick Sisler, Lou Klein y Rockie Nelson, toleteros de alto rango, y de los serpentineros zurdos Max Lanier y Wilmer ''Vinagre'' Mizell, dos eminencias del montículo.

Sabiamente el béisbol cubano enderezó sus pasos al insertarse en la pelota norteña a través del seleccionado Habana Cubans (1946), que compitió en la Liga de la Florida y más tarde se empinó hasta la Triple A con los Cuban Sugar Kings, a sólo un paso de escalar las Mayores.

Extrainnings

Poco después de llegar al poder, Fidel Castro inmovilizó el béisbol rentado que feneció por un decreto para abolir el deporte profesional en 1961.

Pero a pesar de todas las retricciones y persecuciones, desde entonces, más de 70 cubanos han trepado a las Ligas Mayores en una demostración de talento y perseverancia heredados de esa poderosa tradición beisbolera que certifica nuestra identidad nacional.

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