Experiencias viajeras

Sin turistas no hay paraíso

Los vuelos comerciales entre Cuba y Estados Unidos enfrentan un desafío enorme para ser rentables mientras se mantengan las disposiciones que prohíben a los estadounidenses viajar libremente hacia tierras cubanas.

Tras la fanfarria inicial, las escenas de vuelos vacíos, sean de ida o de llegada, no son nada anormales a pocas semanas de que se diera el primer viaje de una aerolínea comercial a Cuba en 50 años.

Hace unos días, por ejemplo, decidí darme una “fuga” e irme de fin de semana alargado a Estados Unidos, específicamente hasta Denver, Colorado. Se me ocurrió que la mejor forma de hacerlo era probando las nuevas rutas que las líneas aéreas estadounidenses están operando hacia y desde tierras cubanas, pues los precios son competitivos y la facilidad para hacer las conexiones es muy tentadora.

Así que me monté en un vuelo entre las ciudades de Varadero y Miami de la aerolínea American Airlines para llegar hasta Colorado. Salí desde Varadero porque los vuelos desde la capital de Cuba, La Habana, inician en diciembre y el aeropuerto de este polo turístico cubano queda a más o menos una hora y media de camino en carro, por lo que no es nada complicado llegar. Es como ir de Ponce a San Juan en el caso de Puerto Rico.

Llegué a Varadero, tras el viaje por carretera, cuando eran un poco más de las 5:30 de la madrugada. De momento, me pasó por la cabeza la idea de que algo había ocurrido. El aeropuerto estaba oscuro y sólo dos personas estaban en las afueras del edificio. Pensé que me había equivocado de día o de vuelo.

Confirme que la información del viaje era la correcta y entré al área de salidas. Casi todo estaba a oscuras y una empleada muy amable me indicó dónde estaba el mostrador de American Airlines. Allí, dos empleados muy atentos me recibieron, revisaron mis documentos y me dieron los boletos de abordaje.

Aproveché la oportunidad para indagar cómo iban las cosas con los vuelos desde Varadero hacia Miami. Las caras de los empleados disimularon como pudieron su pesimismo y uno de ellos me respondió sonriente que “estamos empezando. Todavía la gente no conoce bien cómo funcionan los vuelos y se creen que son charters. Además, tenemos el problema de que de Estados Unidos no pueden viajar acá sólo por turismo y ese es el problema más grande que hay”.

“¿Por qué no hay nadie en el aeropuerto?”, pregunté.

“Porque es el único vuelo ahora y tenemos registrados sólo dos pasajeros”, me respondió el simpático empleado con su recio acento cubano.

“¿Dos pasajeros?”, casi grité, con mi sonrisa impertinente como preludio.

“Sí, sólo dos”, dijo el empleado, al cual dejé tranquilo para no meterlo en más problemas.

Pasé por Inmigración y allí el oficial de turno –usualmente estos señores tienden a ser muy serios- me dijo en el usual tono sarcástico de los cubanos: “entonces ustedes van en su jet privado”.

Me reí sonoramente de la broma y pasé a Aduanas, donde inexplicablemente me revisaron todo el equipaje de mano. ¿Me habrán registrado porque el otro pasajero no llevó equipaje de ningún tipo y había que revisar a alguien para ganarse el pan? ¡Vaya usted a saber! Luego de vaciar maletas, los oficiales pidieron disculpas por la incomodidad, pusieron todo en su lugar y me fui al gate.

Allí unos pocos empleados tomaban café y chismeaban de no sé quién, que había hecho no sé qué. El chisme estaba buenísimo, pues cuchicheaban y se reían sin parar. Frustrado por no enterarme de los pormenores del bochinche, entré a la única tienda de obsequios que había vacía para comprar unos cigarros Romeo y Julieta, los cuales son perfectos para regalar.

La empleada, muy atenta ella, me contó que su hija vivía en Miami, que esperaba que ahora con los vuelos pudiera venir a Cuba más a menudo y que estaba preocupada de que los cancelaran porque casi nadie estaba viajando en esos aviones. “Bien poquita gente está viajando. Los vuelos están llegando casi vacíos”, me comentó.

La charla se interrumpió cuando dos miembros de la tripulación de American Airlines entraron a la tienda a comprar tabaco cubano. Bombardearon a la dependiente con preguntas y ella, en correcto inglés, les respondía. Yo los dejé tranquilos, pero miraba el espectáculo un tanto incrédulo, pues ver a dos tripulantes de una aerolínea estadounidense comprando tabaco en Cuba era tan impensable hace dos años que simplemente la escena me parecía surrealista.

Llegó el momento de abordar y el empleado que me recibió en el mostrador dijo por el altavoz: “todos los pasajeros del vuelo a American Airlines a Miami favor de abordar por la puerta…”. Yo me reía sin parar, el empleado también y Don Rigoberto, mi acompañante de periplo, pues caminaba a su ritmo. “¡Casa llena!”, escuché que bromeó a los lejos una empleada con el humor burlón que caracteriza a los caribeños.

Ya en el avión sorprendía ver que había solo dos sillas ocupadas. Don Rigoberto estaba en la fila 9, al igual que yo, sólo que en lados opuestos del pasillo. La tripulación cumplió con todos los rigores como si el vuelo estuviera lleno y despegamos.

Don Rigoberto y yo nos quedamos dormidos. Unos 20 minutos después el capitán anunciaba que comenzaba el descenso a Miami. A nuestro lado había una bolsa de papitas, una botella de agua y la forma clásica de Aduanas, todo dejado allí por los asistentes de vuelo. Aterrizamos y Don Rigo y yo hablamos un poco, sobre todo, por lo corto del viaje –de apenas 40 minutos- y de la experiencia de haber tenido un “jet privado” para los dos.

Cuando llegamos al gate, los asistentes de vuelo nos esperaban sonrientes en la puerta del avión y uno me dijo con pinta de comediante: “¡Trabajo duro!”, en clara alusión a que no hizo mucho durante el viaje.

Esperé a Don Rigo, que viaja solo y sin nada de equipaje, pues tiene de todo en casa de sus hijos, a los cuales visita regularmente desde Cuba. Llegamos al área de inmigración y allí nos separamos, pues los cubanos pasan por una fila especial en el aeropuerto de Miami.

Una empleada de Inmigración me dijo, sin yo decirle ni una palabra, que “estos vuelos van a mejorar. Son sólo los primeros, por eso no hay mucha gente, pero van a mejorar”.

Le comenté que mientras exista el bloqueo o embargo, eso sería muy complicado, y ella me respondió que “el embargo ese se va a caer pronto. Bienvenido de vuelta a los Estados Unidos de América”.

Pasé por la ventanilla de Inmigración. El oficial ni se inmutó, no me preguntó nada, ni siquiera si había adquirido tabaco o ron, una pregunta clásica al tocar suelo americano procedente de Cuba. Lo mismo en Aduanas, pasé sin una sola pregunta, lo cual me sorprendió.

Me fui a tomar mi conexión a Colorado. En el camino veía gates que anunciaban vuelos a Holguín, Cienfuegos, Camagüey y Santa Clara. Se veía poca gente esperando para abordar y yo me preguntaba cómo se sostendrán estos viajes si no hay flujo de pasajeros para sostenerlos.

Pensé que quizás el caso de mi viaje fue excepcional, así que enfilé a Colorado a pasar mi fin de semana. Cuando tomé el vuelo de regreso a Cuba vía Varadero el escenario no era distinto, sólo que éramos como una decena de personas.

Me hice la misma pregunta: ¿cómo sobrevivirán los vuelos?

Imagino, me dije al responderme mi pregunta retórica, que esta es una apuesta, que seguirán volando a suelo cubano para evitar quedarse fuera del baile y que comenzarán a rentabilizar la operación cuando los viajes a La Habana arranquen en diciembre. Es claro que por ahí van los truenos, pero aún así me mantengo incrédulo de que los vuelos a Cuba serán rentables mientras el bloqueo o embargo esté metido en el medio.

No deja de parecerme tonto que se siga coartando el derecho de los ciudadanos americanos a viajar libremente a donde les plazca y menos cuando se trata de un destino al cual toma llegar menos de 45 minutos si se vuela desde el sur de la Florida.

Esta iniciativa bilateral necesita urgente de un flujo de pasajeros estable para hacerse rentable. Para ello, es crítico que se eliminen las prohibiciones que el Congreso de Estados Unidos mantiene de forma unilateral. Es tiempo de cambios, no sólo en Cuba, sino también en Estados Unidos, porque para que las aerolíneas estadounidenses sean exitosas en su plan cubano requieren de viajeros que sean turistas, porque sin turistas, no hay paraíso.

Benjamín Morales Meléndez

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