Experiencias viajeras

El turismo imposible

En busca del turismo 'imposible': cubanos en los hoteles de lujo... de su país

El sector gana clientes entre los cubanos, el segmento de mercado más pujante, junto con EEUU, desde 2015. El hecho ilustra los profundos cambios producidos por la reforma económica

Sentado ante una mesa repleta de latas de cerveza y platos con entremeses de pollo, Alexander Oliva es la viva estampa de la satisfacción. Tiene motivos para que así sea. Disfruta de una semana de descanso en uno de los principales balnearios de Cuba y lo hace acompañado de su novia -veinte años menor que él-, quien mientras conversamos, nada en la piscina del Hotel Club Amigo Atlántico Guardalavaca, varias decenas de kilómetros al norte de la oriental ciudad de Holguín

Alexander es criador de cerdos en una de las provincias del centro de la Isla. Así ha hecho su fortuna. “Tengo un convenio porcino que me da más de 100.000 pesos al mes [poco menos de 4.000 euros]. Aunque lleva mucho trabajo, vale la pena”, dice sin dejar de insistir en que pruebe algo de lo que ofertan en la mesa bufé, pues “aquí todo está pagado y tú andas conmigo”.

Esta no es la primera vez que se convierte en 'extranjero' por unos días. Desde que en 2008 el presidente Raúl Castro derogó la prohibición que impedía a los cubanos visitar los centros recreativos destinados al turismo internacional, Alexander ha conocido hoteles de todo el país. Al menos un par de veces por año viaja a Varadero o a los cayos de la Costa Norte, sus preferidos, acompañado casi siempre por los hijos que tuvo en su primer matrimonio y hasta algún que otro familiar.

Son experiencias que nunca le resultan baratas. Incluso durante la temporada baja, en cualquier alojamiento de mediano 'standing' las habitaciones rondan precios de 50 euros por noche. Si a eso suma otros gastos complementarios y el traslado hasta el lugar de destino, las cuentas pueden crecer hasta superar fácilmente los 1.000 euros, toda una fortuna en términos de la economía local.

Alexander lo sabe de primera mano. En su negocio de engorde de cerdos él paga salarios que se ubican muy por encima de la media nacional, y ofrece incentivos adicionales que van desde la entrega de alimentos hasta artículos electrodomésticos. “Ninguno de los 15 hombres que están conmigo cierra el mes con menos de 3.000 o 4.000 pesos [entre 100 y 150 euros]”, explica orgulloso. “¿Que si con ese dinero pueden venir a hoteles? No sé. Cada cual hace lo que puede con lo suyo”.

Desde la mesa contigua Juan Miguel Vega lo secunda con una expresión jocosa. Tras marcharse del país en 1999, gracias al sorteo de visas que realizaba la entonces Sección de Intereses de los Estados Unidos, ha retornado año tras año en viajes que se han convertido en una tradición. Aquí tiene dos de sus hijos y varios nietos a los que ayuda a mantener con sus remesas. “Antes podía alojarme en los hoteles, pero mi familia no. Por suerte, la ley cambió cuando Raúl [Castro] se hizo presidente. Es verdad que todo el mundo no puede darse un gustazo de estos, pero la vida es así. Al menos existe la posibilidad; peor era antes, cuando los cubanos éramos discriminados en nuestra propia tierra”.

La otra temporada alta

Si bien en sus comienzos el mercado turístico nacional era considerado poco menos que como una curiosidad, su peso dentro de la cartera de ingresos del sector ha crecido hasta niveles que nadie hubiera podido augurar, reconoce Abdiel Suárez Herrera, un funcionario del Ministerio de Turismo. Si bien La Habana evita brindar mayor publicidad a las cifras sobre el tema, datos revelados por sus instituciones ubican a los clientes nacionales como uno de los grupos más numerosos entre los que vacacionan en la Isla, solo superado por grandes emisores históricos como Canadá y Alemania.

“Pero lo más importante no es eso, sino que su presencia en nuestra red hotelera se concentra sobre todo en los meses estivales, precisamente la etapa del año en la que antes afrontábamos una disminución notable de los niveles de ocupación”, explica Suárez Herrera. Sin la posibilidad de asumir clientes del mercado norteamericano, esa condición estacional ha sido desde siempre la espada de Damocles pendiente sobre la llamada locomotora de la economía cubana.

“Antes había un 'boom' de noviembre a marzo o abril, pero el resto del tiempo los hoteles quedaban medio vacíos y algunos hasta tenían que cerrar. Eso terminó gracias a los cubanos -de aquí y de afuera– que prefieren descansar entre junio y septiembre”, cuenta Misladys Horta, una arrendataria en divisas residente en la playa de Santa Lucía, cerca de 600 kilómetros al este de la capital.

Las casas de renta fueron por mucho tiempo una de las opciones más socorridas por los cubanos para acceder a balnearios que de otra forma les estaban vedados. Su amplio número las sigue confirmando como una opción atractiva para no pocos clientes, pues según acota Misladys, “hay mucha demanda sin cubrir”. Su juicio es compartido por cadenas como Iberostar, la cual desde hace algunos meses lanzó una gran campaña orientada a los clientes nacionales. A juicio Alexei Torres Velázquez, ejecutivo de Marketing de esa empresa española en Cuba, se trata de “una apuesta por un gran mercado que tiene todavía mucho por crecer, tanto en el ámbito hotelero como el del entretenimiento”. Su objetivo es “estar ahí para acompañarlo”.

Traducido al lenguaje de lo cuantificable el asunto cobra una connotación incuestionable: durante los últimos cinco años los turistas cubanos han representado -como promedio- entre un 5 y un 10% de todo el mercado del sector en la Isla, con niveles de consumo que en muchos casos superan a los de los propios visitantes extranjeros y perspectivas de desarrollo ante las que resulta difícil permanecer impasible.

No por gusto el empresariado norteamericano considera a la industria del ocio como uno de sus principales objetivos de inversión en el escenario local. La apertura este martes del primer hotel regentado por una cadena norteña en la Isla desde 1959, así lo ilustra. “Estamos muy contentos por esta oportunidad que se abre para la colaboración entre ambas naciones”, apuntó un portavoz de la cadena Starwood Hotels & Resorts Worwilde, que asumió la instalación de cinco estrellas en la lujosa barriada habanera de Miramar y tan pronto como finales de agosto pudiera tener bajo su control el emblemático Hotel Inglaterra, junto al Parque Central de La Habana.

“Es una realidad que llegó para quedarse, y digo más, afianzarse”, piensa Dania Cuesta, una turoperadora vinculada a varias agencias europeas. En 2014 formó parte de la primera experiencia de viajes de cubanos al Viejo Continente, conducida por la estatal corporación Havanatur y las italianas Blue Panorama y Blue Vacations. Aquellos paquetes incluían recorridos por diferentes ciudades del País de la Bota y naciones como Holanda y Francia, a un precio de hasta 3 000 euros por persona. Y tuvieron demanda. “Nadie sabe las potencialidades reales de la demanda nacional”, asegura. “Es un contexto muy cambiante que tiene su mejor muestra ahora mismo en los balnearios de todo el país. Es difícil imaginar lo que sucederá en un par de años”.

Por Ignacio Isla

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