Experiencias viajeras

Una visita al Acuario Nacional

Cuando le pregunté a la muchacha que servía de guía e indicaba los caminos a tomar por qué todo estaba tan abandonado, me respondió:

-Es por el bloqueo que sufre Cuba por culpa de Estados Unidos.

Observé los canteros y los amplios jardines, sin atención alguna, y pensé que con un simple machete y un poco de cariño se verían mejor.

-¿Ese descuido también es culpa del bloqueo? -pregunté.

La joven me miró y no pudo responder.

La chapucería y la suciedad reinan en el Acuario Nacional. La prensa publicó hace unos meses que Fidel Castro había visitado el lugar, después de sobrevivir a varias cirugías, y dicen que se emocionó mucho porque recordó el día que lo había inaugurado. Comentaron los periodistas que le agradaron los delfines, y que pasó una tarde encantadora.

Pero, me pregunto: ¿Qué habrá sentido cuando, como yo, descubrió que en vez de peces, donde estaban los cristales de las peceras hoy sólo se ven paneles de cartón donde malos pintores han dibujado montones de feos peces, para evitar que alguien se recueste y sufra un accidente?

¿Habrá ido a los baños, prácticamente en ruinas, o visto las piscinas junto al mar y sobre todo, los equipos de luces, desmantelados y sin mantenimiento desde hace años?

En medio de tanta destrucción, falta de iniciativa y amor al trabajo por parte de los empleados de este centro, los delfines se portaron como lo que son: animales dulces e inteligentes capaces de aprender a bailar, jugar con pelotas, aplaudir al público y ofrecer saltos mortales que sorprendieron a todos. "El Acuario Nacional de Cuba es un lugar triste y deprimente", comentó un señor a mi lado.

Los cubanos tienen que pagar los productos de la cafetería en moneda convertible, moneda que no recibe la gran mayoría de los trabajadores del país y que vale 25 veces más que el peso con que les pagan. Por ejemplo, un refresco enlatado puede costar el equivalente a un día de sueldo.

Cuando entramos al baño de las mujeres, las tres tazas sanitarias estaban clausuradas por falta de agua y la empleada que cuidaba el lugar arreglaba las uñas a dos muchachas a un metro de las tazas.

No había que preguntarle por qué hacía ese trabajo de manicure en un espacio tan reducido, con tan mal olor a su alrededor, y escondidas. Para cualquier cubano era muy fácil comprender lo que ocurría allí. Era la forma de ganar algo más, fuera de su miserable salario, sin que los jefes le llamaran la atención. Pensé que el Acuario es simplemente una muestra, a menor escala, de todo nuestro país.

Cuando salíamos escuché a un hombre decir al portero:

-¿Por qué no cuidan del lugar? ¿Por qué todo es tan feo?

El empleado sonrió entre triste y apenado, y le dio las gracias por su visita.

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