Educación

En una escuela en el campo

Recuerdos de un becario

Como alumno de séptimo grado, en septiembre de 1975 inicié estudios en una Escuela Secundaria Básica Urbana (ESBU). Pero tanto me gustaba el uniforme azul de las escuelas en el campo (ESBEC) que, en el segundo mes del curso, decidí trasladarme para una escuela de este tipo, de régimen interno.

En estas escuelas, con matrícula aproximada de 600 estudiantes, los alumnos debían permanecer albergados todo el curso. Generalmente recibían un pase quincenal. Al tiempo que alejaban a los jóvenes de las ciudades, se aseguraban una fuerza de trabajo gratuita.

La ESBEC a la que fui asignado se llamaba "Combate de Ceja del Negro", y estaba enclavada en una granja citrícola estatal en el municipio Sandino, a más de 100 kilómetros de mi casa. El nombre de la escuela, que recordaba al quizás más encarnizado de los combates librados por los cubanos en su lucha contra el colonialismo español, resultó toda una alegoría para mí. Amén de unas letras y unos números, allí conocí el más brutal desamparo. Abusos de todo género y condiciones de vida peores que las de una barraca mambisa.

Pese a que la escuela tenía apenas tres años de construida, sus instalaciones estaban muy deterioradas. Por todos lados faltaban persianas y cristales. De las puertas sólo quedaban los marcos. En los albergues de varones muchas camas carecían de colchón. Todas de sábanas. Colchas no tenía casi nadie. Los baños estaban podridos.

En aquellos albergues conocí lo que luego vería en todas las instancias sociales del experimento comunista cubano: el poder se le confería a los más fuertes. El jefe del albergue era el más forzudo de los alumnos de décimo grado. El segundo jefe era el segundo más forzudo, y así sucesivamente.

Como había alumnos desde séptimo hasta décimo grado, los abusos en contra de los más pequeños eran algo cotidiano. El verbo "güesear" (trajinar, maltratar, abusar) era la diversión de los mayores en contra de los más débiles. La dirección y el claustro de la escuela fingían no ver nada, y jamás intervenían.

La falta de disciplina anulaba toda posibilidad de higiene. El cepillo, la pasta dental, el jabón y el desodorante eran objeto de robo constante. Cuando el almacén de la escuela suministraba artículos de aseo personal, los jefes de albergue lo acaparaban todo para ellos y su camarilla.

Casi nunca se limpiaba el albergue porque, entre otras razones, no había instrumentos de limpieza. Si alguna vez se limpiaban aquellos baños inmundos, obviamente le tocaba hacerlo a los más chicos.

La alimentación era poca, mala y pésimamente elaborada. Una magra ración de arroz mal cocinado, chícharos aguados y pescado hervido constituían el invariable menú. A veces, en lugar de arroz, preparaban harina de maíz. El desayuno -leche y pan con mantequilla- era lo mejor, pero frecuentemente la leche se ahumaba.

Pese al déficit alimentario, los alumnos debíamos ir a trabajar al campo diariamente. Los niveles que recibían clases por la mañana realizaban labores agrícolas por la tarde, y viceversa. Los estudiantes de noveno y décimo grados, de alrededor de 17 y 18 años, se negaban a trabajar, y de hecho hacían muy poco. Pero los de séptimo -yo, por ejemplo, tenía 13 años- éramos obligados a cumplir normas de chapeo, guataquea, poda, recolección, muy superiores a nuestras posibilidades físicas.

Sucios, malolientes, cansados, hambreados, y a veces enfermos, cuando llegábamos a las aulas éramos bombardeados con mucha metralla ideológica. Según se nos adoctrinaba en cada asignatura, vivíamos en la más perfecta de las sociedades posibles -la marxista-fidelista- y debíamos considerarnos, gracias a la revolución del 59, unos privilegiados.

Sin lugar a dudas constituiríamos el hombre nuevo anunciado por Che Guevara y pregonado cada mañana a las seis por una canción de Silvio Rodríguez.

Cuando recuerdo mi séptimo grado en aquella escuela en el campo, algo me duele en el pecho. Lamentablemente, mi caso no fue excepcional. Pese a la bruma del tiempo que lo desdibuja y a la benigna nostalgia con que suele mirarse el pasado, miles de mis contemporáneos todavía pueden evocar el frío, el hambre, los maltratos y la mala educación que recibieron dentro del recinto de una ESBEC.

Lázaro Raúl González (www.cubanet.org) - Febrero de 2003

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