Dramas

¿Qué comerá Alfredo este mes?

Alfredo es mi vecino. Trabaja en la empresa de gastronomía y servicio. Su puesto de trabajo es el de auxiliar de limpieza. Gana por ello 100 pesos mensuales. Vive con su esposa, que es ama de casa, y con su hijastra. Antes de la campaña contra el Aedes aegiptys criaba algunos cerdos para aumentar los ingresos familiares. Cuando se prohibió la crianza de cochinos sus finanzas decrecieron hasta el magro salario que devenga como empleado público.

Pero como las desgracias nunca vienen solas, las desgraciadas desgracias la han cogido con Alfredo. El lunes 27 de enero, víspera del 150 aniversario del Apóstol, aquel buen hombre que "con los pobres de la tierra" quería echar su suerte, apenas amaneció y mientras su esposa limpiaba la casa, recibió la visita de los inspectores de Salud Pública que velan porque el vector del dengue y otras molestias no prolifere.

Marthica, escoba en mano, que acá no hay aspiradoras ni otras sofistificaciones que, de haberlas, ella tampoco podría utilizar, recibió con la mejor de sus sonrisas a los intrusos que vinieron a interrumpir su faena porque, eso sí, Marthica siempre tiene una sonrisa dispuesta. Los mandó pasar, permitió que registraran patio, cocina, baños y cuartos. La inspectora, linterna en ristre, revisó los bidones donde cada cubano, de los que no vivimos en Miramar ni Nuevo Vedado, almacenamos el agua, preguntó si la taza del inodoro no tenía salideros, si no tenían otros recipientes con "el preciado líquido", si no había malanguitas en el agua, si tenía vasos para sus muertos queridos, todo al jan, quiero decir, okey, vaya, sin lío.

¡Ah, pero la dichosa jicoteíta! Esa que, según la tradición popular, trae buena suerte y no deja entrar malos ojos, ni zarabandas, ni polvitos, ni malas intenciones, y que cualquier cubano cría en un plato, una palanganita, un tambuche cualquiera, cohabitaba con tres o cuatro larvas del mosquito de marras. Ahí mismo se armó el huelemelachaqueta. La inspectora puso cara de policía de tránsito y con severidad amonestó a la pobre Marthica que, deshecha en explicaciones, no logró que la inflexible agente -transmisora de otras inflexibilidades dañisísimas- cejara en su empeño de "echarla p'adelante" como un carrito de helados. La inspectora llevó una muestra del agua contaminada (un poco menos contaminada que los albañales que desembocan en la costa, justo detrás de los edificios donde vivimos Alfredo, Marthica y yo) dizque al laboratorio y, sin juicio ni apelación, por la tarde, anocheciendo ya, se apareció otra inspectora, con guardaespaldas y todo, talonario dispuesto y bolígrafo regalado, para imponerle una multa de nada más y nada menos que cien pesos. La misma cantidad que gana Alfredo por todo un mes de trabajo, ¿recuerdan?

Bien, pues le impusieron la multa que, según dijo la multadora (¿se dirá así?) podía ascender hasta los 300 pesos, pero que ella era condescendiente y no los iba a llevar tan recio.

Fin de la historia. Marthica cogió un berrinche de ampanga, a Alfredo se le subió la presión arterial, yo me enteré de casualidad del suceso, y desde entonces me pregunto: ¿A dónde se podría ir a reclamar?

Pero peor aún, me pregunto: ¿Con qué come Alfredo este mes? ¿Las multicas no pudieran ser más simbólicas, vaya, más educativas? Total, si aquí vivimos del cuento de los símbolos y de la educación.

Martes, 13 de Mayo del 2003

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