Dramas

La mortadela y el último adiós

"Muerte por asfixia", certificó el médico forense. El cuerpo de Katia Esther apareció colgado en la terraza de la casa de sus suegros. Lo encontró el marido, pasadas las siete de la mañana del sábado 19 de noviembre.

Tiempo atrás, la mujer había intentado suicidarse dándose candela. Ahora una delgada cuerda de tender la ropa consiguió lo que no pudieron las llamas. Tenía 35 años. En prisión queda el hermano; enferma la madre; y deja dos hijos huérfanos, uno de 16 años, otro de 14, frutos de un hogar deshecho por el divorcio, las carencias propias y las ajenas. Su sueño era tener una casa, al menos una casita; pero terminó quitándose la vida bajo un techo que no era suyo.

Se veía bonita Katia en el ataúd. Le habían pintado los labios de rojo. El pueblo estaba consternado y la funeraria permanecía repleta. Muchos fueron a despedir a la que se iba para siempre.

La funeraria también es el sitio donde los locos y los desperdigados van a saciar su hambre a cuenta de los muertos; pero esa noche no. La cafetería era un rectángulo desierto.

-No tenemos nada que vender -dijo una empleada.

-Podemos mandar a hacer pan, si ustedes consiguen con qué hacer bocaditos -dijo otra al padre de la difunta.

En busca de mortadela, queso, jamón o lo que apareciera, salieron algunos dolientes a corretear por la ciudad. Las horas de velatorio transcurren lentas, y es de incivilizados mantener a los asistentes con los estómagos vacíos.

-No tenemos nada -dijeron en un establecimiento.

-Tenemos jamón -anuncian en otro.

-¿A cuánto?

-A 36 pesos la libra.

El hombre compara la funeraria repleta de personas con la estrechez de su bolsillo.

-Es muy caro.

Cuando da la espalda, el dependiente murmura:

-También nosotros, sin nada que vender, o vendiendo tan caro, terminaremos por ahorcarnos.

Al fin, en el otro extremo de la ciudad, en el hotel Villa Azul (a Puerto Padre lo llaman la Villa Azul de Cuba), uno de los dolientes consiguió cuatro libras de mortadela. Era lo único que había en el hotel.

El primo hermano de la difunta, que poco antes dijera por teléfono con la voz quebrada por el llanto a un primo en Miami: ¡Se nos mató Katy!, regresó a la funeraria como quien ha encontrado un tesoro. Y no era para menos. Quienes velaban el cadáver de su ser querido, y los asistentes al funeral, ya no pasarían la noche con el estómago vacío.

Frente a un diploma que proclama que esa funeraria es la mejor de la nación, alguien comenzó a comer mortadela, mientras en la capilla tributaban el último adiós al cadáver de Katia Esther.

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