
Marisela me tenía prohibido que hablara delante de su marido de lo que hacíamos cada mañana. Si alguna vez yo llegaba y estaba el tipo en casa, tenía que hacerme el loco y salir echando después de inventar cualquier tontería. Yo la complacía, por eso de que el cliente siempre tiene la razón. Porque en esa casa, en casa del diplomático, dejaba yo buena parte de mi mercancía diaria. En los años de la barbarie, a principio de los noventa, poca gente podía pagar al contado las chernas o las colas de langosta, o comprar medio saco de leche en polvo como lo hacía ella.
Con el tiempo hasta me encargaba las cosas y yo venía a tiro hecho. La mercancía pasaba de una mano a la otra sin sobresaltos, yo le daba lo suyo y ella me daba lo mío.
Marisela no era una mujer mala, lo que pasa es que la gente le tenía envidia porque nació con estrella. Algunos dicen que trabajaba en las noches en la acera de Monte y Cienfuegos antes de que esto se llenara de gallegos, pero para ese entonces se enamoró de un guajirito comuñanga recién llegado a la capital y con él se casó e hizo familia. -¡Ahora si se volvió loca!- Decían las viejas del barrio, pero Marisela sabía lo que hacía. El tal guajirito estaba tan bien conectado que a los pocos meses y estando ella embarazada, le regalaron el puesto de ministro a Robaina y el salto que dio la Marisela, el guajiro y el espíritu santo, dejó a más de una con la boca abierta.
Yo la conocí en su época de oro. Dejé encargos en su casa por espacio de casi dos años, hasta que un desgraciado día, me anunció que mandaban al marido a trabajar en un consulado allá “en el hielo”, por espacio de cinco años y con él se iba toda la familia. Poco podía disimular la alegría que se desbordaba por sus ojos.
Se marcharon en enero, en medio de uno de esos frentes fríos que cierran a cal y canto todas las puertas de La Habana. Sólo yo la vi partir. – ¡Nos vemos! Me dijo guiñando un ojo mientras el marido acomodaba a su niña pequeña en el asiento trasero del taxi.
De esto hace ya muchos años. La Coca Cola del olvido le hizo un daño del carajo, nunca escribió ni vino de vacaciones a Cuba. Supe que el marido venía por asuntos de trabajo a Cuba, pero ella nunca lo acompañó.
El tiempo pasó, y pasó también la época de las vacas gordas, y llegó un nuevo ministro repartiendo pijamas para su predecesor y su red de amigos, familiares, tracatanes y guatacones. Dicen que mandaron a buscar al guajiro y esa fue la primera vez que no vino él, sino la Marisela.
Llegó en medio de un frente frío, de esos que cierran a cal y canto las puertas de La Habana. Sólo yo la vi bajarse del taxi. Pasó por mi lado sin saludarme, quizás no me reconoció, pues por esa época ya yo estaba más muerto que vivo. Entró directamente en casa de Mamita la santera y permaneció allí toda la mañana. Salió cuando el taxista gritó su nombre en la punta del pasillo.
Fue la última vez que la vi, fue la última vez que pisó Cuba. Nadie me lo dijo, pero al ver tanto misterio, yo fui el primero en saber que el guajiro había desertado.