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La mujer más bella del mundo (III)

Posted on Jueves 17 Julio 2008

2001

La luz cambió a rojo y me acerqué con precaución a la línea.

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Un hombre vestido de payaso yace acostado en medio de la vía mientras su compañero hace como que llora. Una improvisada obra de teatro callejero, cuyos entreactos maneja con mano férrea el semáforo. Y antes de que la luz verde corra la cortina, ambos pasan corriendo entre los autos recogiendo alguna propina y la protesta de los cláxones. ¡La vida es dura para los sin papeles! 

El título de ilegal me cayó del cielo. No había ley que no violáramos: las cubanas, las españolas, las de la unión europea, las de Dios. 
Nadie creerá a estas alturas que la nuestra era una brigada de solidaridad con los gallegos, esto era un negocio puro y duro en el que todos se mojaban: el gobierno cubano cobraba el alquiler de los especialistas, los empresarios españoles se ahorraban una pasta en seguridad social mientras a nosotros de entrada nos quitaron el pasaporte y ni se acordaron de que la Visa vencía. “No va a pasar nada” nos dijeron. Nos dieron un salario de 8000 pesetas a la semana. ¡Ah y un teléfono móvil, que no debíamos apagar, para en caso de que llegaran los inspectores de Hacienda salir por el primer hueco de la cerca y perdernos en el gentío de la playa!
No se es más o menos ilegal. ¡Se es ilegal y punto! Por eso la segunda vez que salté la valla de la obra me perdí entre el gentío de la playa y no regresé jamás.
¡Qué tiempos aquellos!

El rugido de un auto deportivo me devuelve de mis recuerdos. Ella viste traje oscuro y camisa de rayas muy finas sobre fondo blanco. Apuesto que a su lado o en el asiento trasero le acompaña un ordenador portátil. Me lanza una sonrisa y acelera sin piedad con peligro de aplastar a los artistas callejeros. Jugar con la muerte es cosa de todos los días para ellos.

Le doy alcance. En el próximo semáforo quedo a centímetros del trasero del auto rentado por la empresa (como el mío). Acelera nuevamente y sigo el juego de tratar de alcanzarla. Una veces está a mi izquierda, otras la tomo por la derecha. Una veces salta sobre mí, otras veces abajo o de espaldas… cuando se va en la mañana me doy cuenta que no le pregunté su nombre. ¡Da igual! Tampoco recordaré su olor, pues no conozco las marcas de desodorante vaginal y de su sudor ni hablar, creo que tampoco tenía poros.

Durante el desayuno leo en el periódico que las guerras y las crisis están cada vez más lejos de mí. Me he propuesto perderlas de vista y ya lo estoy logrando. Paso la vista a mi alrededor mientras sorbo el último sorbo de café y veo sólo caballeros de corbata y periódico, señoras que mantienen a raya los gritos de los niños y afuera chóferes que esperan con paciencia salomónica ¡Todo es perfecto, o al menos como lo soñé!

Casi no oigo al mesero que me da las gracias por la propina, no tengo tiempo para más. En el semáforo, continúa la misma puesta en escena mientras otro mercedes ruge a mi lado…

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