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La mujer más bella del mundo (I)

Posted on Martes 15 Julio 2008

1988

Ella es de las que roba todas las miradas, de las que tiene buena hasta la ortografía. No hay ocasión en que pase por mi lado que yo no me vea obligado a detener todo, hasta la respiración, para reverenciar su presencia. Pero hasta hoy ha pasado sin mirarme´y yo me quedo flotando. Porque su belleza es sólo comparable con la frialdad de su mundo. No puedo decir su nombre, aún no la conozco, sólo sé que es la mujer más hermosa del mundo.

 

ascensor.jpg

 

Llegué a las siete de la mañana, demasiado temprano para las prácticas de laboratorio. Mejor así a tener que enfrentar la furia del viejo catedrático. Mis ganas de perderme en la letanía de fórmulas y experimentos son tan pocas que habría permanecido dentro de la guagua para siempre, lejos de la fría lluvia que hace estragos en las ropas de los transeúntes pero ver su imagen descender por la puerta trasera, desorientada en medio del tropel de estudiantes que corrían a buscar refugio bajo el minúsculo techo de la parada, me hizo cambiar repentinamente de idea. Tomé el paraguas y me lancé afuera a su encuuentro. Todo menos dejar escapar la oportunidad de abordarla. Cuando llegué a ella, el viento viajaba por dentro de sus vestidos y erizaba su piel, la lluvia empapaba sus ropas haciendo públicos sus secretos y yo… yo quedé sin habla con el paraguas en la mano, ignorando el diluvio que se derramaba sobre nuestras cabezas.

Caminamos juntos, apretados bajo nuestra diminuta protección. Ella deseando llegar pronto, yo pidiendo a Dios que me concediera unos metros más. Una vez bajo techo, ella me dio las gracias con su acostumbrada frialdad e intentó dejarme con ganas de saber su nombre. Pero yo rompí mi lista de prioridades y corrí tras ella.

Cuando el ascensor abrió sus puertas, entré empujado por mi instinto, aunque aún no tenía claro cómo iba a abordarla. Sin embargo, tan pronto como quedamos solos un silencio abrumador nos separó millas de distancia uno de otro y me dí cuenta del ridículo que hacía. Ella marcó su piso y yo el mío, yo quise iniciar una conversación preguntándole la hora o hablando del clima, pero ella conectó su piloto automático y me multiplicó por cero.

Al llegar al primer piso, la puerta se abrió. Nadie. Sólo el frío aire de lluvia que se colaba por una ventana rota penetró en el pequeño vagón elevando sus pezones al cielo. Estoy seguro de que advirtió mi indiscreción pues cerró su documento y cruzando los brazos sobre él, aplastó el documento contra su pecho.

— En La Cujae siempre hace frío ¿no?— fue lo único que se me ocurrió antes de que llegara el apagón.

¡Dios existe!

Cuatro horas más tarde, cuando repusieron el servicio eléctrico, yo era héroe que calmó su claustrofobia, apoyada su cabeza en mi hombro.

Continúa…

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