Cuando apagué la luz para salir de la habitación, su vocecita me detuvo. Me imploraba que le contara alguna historia para dormir. Nada de caperucitas o viejas brujas con manzanas sino de historias reales donde reconocerse.
— Había una vez una princesa tan bella que cada noche, cuando salía al jardín de palacio, las estrellas se disputaban el honor de tocarlas con sus rayos…
— Papá te pedí una historia de verdad…

…Bajó confundido de la azotea. Su madre nunca entendió qué encontraba de especial escudriñar desde arriba una Habana cayéndose a pedazos y mástiles oxidados de barcos abandonados en el puerto. Nunca le dijo que subía a hablar con el sol y que a él le contaba escondido entre los tanques de agua y las antenas, sus broncas en la escuela y hasta le recitaba los poemas caseros que dedicaba a las chiquitas del aula por las que suspiraba. Y el sol oía todos sus fracasos.
Ese día le pidió que le hablara del futuro porque tenía la impresión de que vivían en un eterno presente. Los días todos eran una copia del anterior hasta llegar al aburrimiento. Nada cambiaba, como si estuviesen atrapados en un círculo temporal. Pero el sol que todo lo sabe, le había dado aliento en la diaria conversación. Le dijo que no se preocupara porque en aquel reino nada cambiara, que una vez que él se hiciera al camino, viajaría tanto que el mundo le parecería pequeño y un día se cazaría con una princesa de esas de las que los espejos miran con envidia…
Cuentan que con el tiempo nuestro héroe, convertido en rey de un reino sin sol pero con princesas, viaja de país en país sin tiempo para conversar nuevamente con su amigo el sol. Y también cuentan que, su reino se ha reducido a su hogar, donde pasa los días viendo a través del cristal de la ventana, la lluvia fría del mes de julio…
— Hasta mañana, mi niño…