
Eres esclavo de tus palabras y dueño de tu silencio.
¿Anónimo?
Primero fue el golpe seco.
Sentí la proa de mi auto elevarse por un momento y luego un estruendo atroz al volver al pavimento. Luego pasó lo mismo pero en la popa y yo sin saber a qué se debía el repentino mal tiempo, hasta que, mirando en el retrovisor distinguí el cuerpo partido en dos que se retorcía sobre el pavimento en medio de una creciente marea roja. Fue en ese momento cuando pisé por primera vez el pedal de freno.
Debió ser al revés. Debía advertir la cercanía del paso de peatones, distinguir al transeúnte que pretendía cruzar despreocupado la calle, debí frenar a tiempo ante la raya y una vez en esa posición quedarme alelado viendo pasar aquella hermosa mujer, cuya belleza merecía mi atención. Pero no, ella me robó la vista y sucedió todo al revés.
En otras circunstancias, en Cuba por ejemplo, habrían surgido gritos por doquier, la gente se arremolinaría junto al accidentado y a mí me habrían sacado por la ventana del auto y linchado en medio de la vía pública. Aquí la imagen se mantiene congelada. Los testigos permanecen en la acera. Algunos me miran con expresión fría, otros hacen una repentina llamada telefónica desde sus móviles. Imagino que al 112, porque de repente y antes de que yo logre romper el shock, aparecen a lo lejos luces intermitentes, azules.
- ¿Qué he hecho?
Fuera del auto, los millones de miradas que me siguen se me antojan un reflector que sigue al protagonista de una obra teatral o peor, una tragedia. Ese soy yo, a quien le faltan las palabras, quien pide una oportunidad al tiempo de regresar atrás, sólo un par de minutos nada más… ¡por favor!
¿Qué se hace en estos casos? ¿Cómo saberlo?
Dos islas, dos amasijos de ropas rasgadas, piel chamuscada y huesos rotos flotan en un océano rojo. No puedo respirar, tengo la sensación que sus olas llegan a mí y tratan de ahogarme en este líquido oscuro, denso, pegajoso. Distingo sus ojos y él distingue los míos en quizás uno de sus últimas contorsiones. Luego el mar se congela, justo antes de que los paramédicos lo cubran todo con sábanas blancas.
- ¿Qué he hecho?
Es mi vecino, me ha dado tiempo a reconocerlo. Aún tengo en mi memoria su imagen: Irritado, las venas del cuello pugnando por reventar, amenazante el puño. Fue ayer. Sí, fue ayer cuando no pude más y subí a su casa a decirle que callara a su perro que no dejaba dormir mis muchachos con sus alaridos o lo mataría y él ha llamado a la policía. Trabajo me costó convencerlos a él y al policía de que me refería al Can. Pero eso no me salvó de que me pusieran una multa por presuntas amenazas. Un perro es un perro, pero también tiene derechos.
- Tenga cuidado con lo que dice señor, uno nunca sabe… - dijo el guardia ayer antes de marcharse.
Aquí llega el patrullero. Imagino que ahora empiece un largo proceso de preguntas, control de alcoholemia, abogados…
- ¿Quiere explicarme cómo pasó todo? – me dice el mismo policía que ayer tomó nota de mis amenazas.