Sé por qué estás aquí.
Sé lo que has estado haciendo.
Sé por qué apenas duermes, por qué vives solo
y por qué, noche tras noche te sientas ante tu ordenador.
Le buscas a él. Lo sé porque una vez yo estuve buscando lo mismo
y cuando él me encontró me dijo que en realidad no le buscaba a él
lo que buscaba era una respuesta. Es la pregunta, la que nos impulsa.
Es la pregunta la que te ha traído aquí. Conoces la pregunta igual que yo.
The Matrix Trilogy.
De más está decir que lo primero que hice al llegar a la oficina fue preguntar por Lucy…— ¿Quién? Nadie la ha visto. Su descripción no coincide con la de ninguna mujer de la compañía y, en la oficina de personal, las secretarias no han encontrado su nombre en ninguna de las sucursales de Europa o América. Simplemente nunca existió.
No me dejé convencer aunque callara y continuara mis pesquisas lejos de las burlas de los que ya me tildaban de loco. Estoy seguro de que ella era real, tanto que no pude evitar que la búsqueda se convirtiese para mí en una obsesión.
En las noches, en la soledad de mi apartamento, lejos de sentir pavor con la evocación de su extraña huida, comencé lentamente a regodearme en su belleza, en sus palabras serenas que aún resonaban en mi memoria y en la risa, más erótica mientras más lejana.
Durante el siguiente invierno escudriñé cada día el bosque desde el autobús, en la mañana y en la tarde. Y puede que haya alcanzado a ver alguna silueta alguna vez; pero no puedo estar seguro en un país donde la neblina parece ser parte del decorado de los bosques. Comparé su imagen con cada cara en la multitud agolpaba en los conciertos de Rock Gótico y visité con frecuencia el Gothic Café, un espacio reservado para los más pintorescos atuendos de la ciudad y donde yo, vestido con un simple jeans y camiseta era poco menos que un objeto anacrónico. Los momentos que no dedicaba a su búsqueda los pasaba leyendo historias que la acercaran a mí. Compré mapas, fotos e incluso llegué a visitar los fines de semana ruinas de castillos medievales. Lucy se convirtió en la sombra que perseguía a todas partes, aún en mis sueños. Hasta que, sin darme cuenta, acabé por amarla en secreto
De vuelta a la realidad, los meses siguientes continuaron llenos de viajes. A mi santo no parecía importarle mucho el olvido al que le había relegado pues los clientes de habla hispana eran cada vez más numerosos haciendo así mi posición dentro de la empresa más sólida. O eso pensaba yo…
Cuando vuelas dos veces por semanas, los viajes pierden su encanto y se convierten en un trámite más amoldado a la rutina. Te sientas y enseguida hundes la cabeza en las páginas de los diarios que has tomado a la entrada y no pasas de emitir un sonido gutural sin significado aparente cuando sientes que alguien ha decidido sentarse a tu lado. Ese día, como tantos otros, habría viajado montado en el diario de no ser por la mano adornada con uñas de color negro que se dejó ver por debajo de las hojas del periódico.
— ¡Hola!
Mi lectura se trastocó entonces en deseo de una amena conversación con mi vecina de asiento y ella tuvo a bien explicarme con lujo de detalles la cosmología tras su negra vestimenta y nuestras palabras se trenzaron de tal manera que, para el momento del aterrizaje, le invitaba yo –si no tenía reparo- a cenar y así tener la oportunidad de continuar tan animada charla.
Había escogido un lugar donde se dan cita gente de clase media alta para impresionar. Llegué con tiempo suficiente para escoger la mesa, ir al baño, pedir un trago y frotarme las manos como el adolescente que espera con un ramo de flores en su primera cita. Fantaseé con besos, aunque hablar de besos a esas alturas era demasiado prematuro, me inventé una historia de amor mientras la esperaba y la idea se acomodó en mi silla turca a ve cómo se desenvolvían los acontecimientos. Todo estaba previsto. Ella llegó en sus pretendidas ropas raídas y yo lejos de sentir vergüenza sentí orgullo de ser a quien ella dedicara una sonrisa desde la puerta. El camino hacia mí tardó un siglo en el que, nó quedó mirada en el local que no se volviese hacía ella y cada uno de los agujeros de su ropa. En el momento en que le separé la silla para que se sentara frente a mí, capitulaban mis santos .
Para hacer el cuento corto: llegamos desnudos a la habitación. Desvestirla era cosa de tirar de cada agujero y completar la obra que su modisto había dejado sin terminar. Su pálida desnudez me alumbrabó en la oscuridad mientras yo me besaba sus pies y me ofrecía voluntario para ser su esclavo. Cuando aquella belleza de mujer me lanzó sobre la cama lanzando rugidos que debieron oírse en la calle frente al Hotel, ya la vida nada me importaba: ofrecí mi cuello feliz para que lo desgarrara. Todavía no sé de donde saqué fuerzas para mantenerme vivo las siguientes veinte y cuatro horas en las que se apoderó de mí y me hizo renunciar alegremente a los clientes que me esperaban, a mis compromisos con la empresa y al futuro por el que había trabajado.
Mucho tiempo después, pasada la euforia de la novedad, creí que esta había sido la venganza de mi Elegguá por dejarlo sólo y olvidado y casi me arrepiento de mi estupidez. Pero ella me hizo sentir –o creer- que esta era la solución que su santo había pactado con el mío. Y debe ser verdad, porque hasta hoy hemos vivido juntos, ella ruge cada noche para darme caza, mi Elegguá holgazán bajo el sillón se llena la panza de caramelos mientras yo, devenido escritor, me devano los sesos buscando un buen argumento para un thriller.

Yoyo:
Nice, bro, nice!!!
IDP
Muy acertado Yoyo.
?Como escoges las palabras para que peguen tan bien?
Saludos
Al Godar.