El camino a mi oficina es bastante pintoresco. Después de atravesar la ciudad hasta la última estación de la línea del metro, debo cambiar a un autobús que en sólo seis minutos cubre la distancia entre este punto y el lugar donde paso al menos ocho horas diarias; o de lo contrario cruzar a pie un bosquecillo en algo más de un cuarto de hora.
En días como hoy, en los que el sol brilla y la tierra ha abandonado el insistente hielo que la cubre, no pocos empleados preferimos dar el paseo a través de la espesura y con suerte, si es temprano en la mañana, ver algún ciervo desaparecer a la velocidad del rayo en la lejanía.
Hoy ha sido mi turno: Alcancé la parada del bus cuando este ya se había puesto en marcha y, en este jodío lugar, todos los servicios son esclavos del reloj. Había llegado tras Lucy, una colega que conozco de haber compartido a veces el limitado espacio del ascensor y, como demandan las buenas costumbres europeas, siempre he pretendido ignorarla. Sin embargo, aquí entre nosotros, he amasado la vigorosa imagen de sus nalgas reflejadas en el espejo tras ella, como demandan las buenas costumbres cubanas.
Describir a Lucy como un ángel caído del cielo es repetir lo que diría de todas y cada una de las mujeres que me alegran la vista en la compañía. Lástima de caracteres, porque por lo demás podían hacer competencia a cualquier deidad antigua, moderna o por venir. Pero lo que hace a Lucy especial es su belleza gótica, su eterno vestir de negro, sus uñas azabache y su maquillaje de colores sombríos -púrpuras y negros- que emblanquecen, si es posible, aún más su piel. Muchas son las leyendas urbanas que se entretejen con la vida de esta gente, algunos llegan a afirmar que utilizan ataúdes por cama. Detallando a esta maravilla de mujer no creo que me importe compartir su sarcófago, cerrar la tapa y dormir el sueño eterno con ella, aunque no sé si pueda concentrarme en mi muerte porque señores, Lucy levanta a un muerto.
Lo dicho, marchaba tras ella por razones obvias; aún a sabiendas que perdería el bus; cuando, de repente, ella giró sus ojos rodeados en negro hacia mí y me invitó a cruzar juntos el bosque.
En el camino hablamos de cosas triviales: del tiempo aquí, de las nieves que le vieron crecer y cuando llegó el turno al sol de La Habana me dijo que no soportaría tanta luz, que en otra vida ella debió haber sido vampiro. Entonces la vi reír cuando le receté tomar Vampisol. ¿Necesito decir cómo fue el efecto de su risa?
Sus botas militares y su andar rápido, parecen estar hechos para atravesar la maleza. Un tronco caído nos salió al encuentro y ella, sin esperar mi ayuda saltó con ligereza, sin importar dejar al descubierto un poco de la blanquísima piel de su entre muslo a través de una pretendida rotura en sus agujereadas pantys. Pocas veces he tenido la oportunidad de sentirme lobo feroz. Me imaginaba de pronto devorándola centímetro a centímetro.
Habría estado caminando a su lado, riendo y haciéndola reír por el resto del día, pero hay que trabajar. No queda otro remedio, sin embargo me llamó la atención de que a pesar de llevar un paso bastante rápido mi reloj marcaba cuarenta y cinco minutos desde que habíamos dejado la parada del autobús. Según mi cuenta ya deberíamos estar en las oficinas y en el punto donde nos encontrábamos no se veía rastro alguno de obra humana. Así se lo hice saber, pero ella no pareció darle importancia. Siguió adelante con el mismo ímpetu. ¿Qué raro? He atravesado este bosquecillo tantas veces y es tan pequeño que no hay posibilidad de perderse. Sin embargo, mi reloj y me memoria me decían que ya podría haber ido y regresado por el mismo camino.
Algunas nubes oscuras se dieron cita por sobre la copa de los árboles, la temperatura descendía a ojos vistas y eso me hizo cerrarme el abrigo, sin embargo mi acompañante, parecía no sentir molestia alguna. Su piel seguía brillando, pálida al viento.
- Oye, mejor volvemos sobre nuestros pasos, porque al parecer nos hemos perdido…
Comencé a decirle tomándola del brazo, pero la fría superficie me hizo saltar de dolor. Después del primer impacto y de examinar las yemas de mis dedos quemadas me volví hacia el lugar donde debía estar ella y la ola fría me hizo perder el habla. ¿Para qué gritar? Estaba absolutamente sólo…
Continúa…